También se da el caso del artista al que la edad transforma en convidado de piedra, cuyos ojos vacíos auguran el abismo negro de la muerte. Pero a nosotros hoy nos interesa la juventud de la senectud, esos creadores que se mantienen activos en una burbuja de tiempo insondable. También podría incluir en esta lista nombres de actores, de cineastas, ahí tenemos a Woody Allen con más de setenta años y con su nueva película de rigor anual.
Esa es la nueva juventud. La gran aspiración del próximo milenio. El artista entregado y apasionado que muere mientras teclea, o interpreta su último acorde, o declama la última frase, o mientras recibe una de esas medallas que a los artistas de cierta edad les ofrecen instituciones y personalidades. Así quiere morir un servidor, en pie, con las manos llenas de pinceles, libros o durante una recepción, y así culminar la vida con un acto dadaísta y desestabilizador de primer orden. Mucho más atractiva se presenta a mis ojos esta permanencia de la creatividad sobre el tiempo que la juventud eterna o el cadáver hermoso, que, al cabo, no durará mucho tiempo.
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