
Hace 30 años, un 13 de diciembre, la pianista Pilar Bayona moría atropellada por un automóvil. Podríamos acostarnos sobre las abundantes páginas que podríamos escribir sobre la pianista como la miel que rezuma de los labios, pero no es cosa de abotargar al lector. En los textos sobre su vida insisten en su condición de autodidacta, lo que tampoco es decir mucho, pues poco o nada aprehenderá aquél que ignore las herramientas para adentrase en sí mismo y, sin dar ese paso en falso de los tobillos torturados por las aceras, autoinsuflarse el conocimiento a mares. Queda claro, por tanto, que Pilar Bayona poseyó talento, energía y curiosidad en tamaño suficiente para adentrarse en su época hasta los huesos, no sólo en el aspecto musical, sino también en el artístico en general… De lo siguiente se deduce que también debió ser una conversadora inteligente, ¿cómo sino hubiera encandilado a gentes como Cirlot, Camón Aznar o Ravel?
Durante su trayectoria estrenó obras como el Concierto Valenciano de Lopéz Chavarri (en 1928) , el Cuarteto nº 2 para piano y cuerda de Turina, o la Fantasía Homenaje a Walt Disney de Jesús Guridi que, por cierto, me acompaña en mis viajes encaramada a las tripas de mi reproductor ipod. En sus conciertos abundaron composiciones de autores contemporáneos, tanto españoles como extranjeros. Por otra parte huyó de las obras convencionales para piano de su tiempo, lo que no implica que incluyera a músicos de reconocido prestigio Así, con las premisas referidas, toda una generación escuchó por vez primera ciertas piezas de Ravel, Debussy, Granados, Falla, Esplá, Mompou, Tchaikowsky, Brahms, Balakireff, Moussorgsky, etc, de los dedos de Pilar Bayona. Por ejemplo Joaquín Achucarro reconoce en su artículo en el libro Piar Bayona. 30 miradas: “La primera vez que oí Ondine de Ravel fue en el piano de casa, de manos de Pilar Bayona”.
El compromiso de Pilar Bayona, que viene a ser lo mismo que decir el amor de Pilar Bayona, por la música, queda patente en el amplio repertorio que elaboró durante su carrera. Por supuesto, como suele ocurrir en estos casos, tal virtud fue en ocasiones empleada por malintencionados con el propósito de trocarla en defecto. Y, claro está, este tipo de de objeciones proceden, a menudo, de los que carecen de esa facilidad para el arte que viene acompañada por una constante entrega al trabajo y al esfuerzo. Si bien es cierto, que la técnica y el empeño pueden poca cosa sino se integran en el oficio, es decir, “si ambas cosas no se transforman en algo tan sencillo para el artista como el respirar”, Josep Soler dixit.
Pilar Bayona participó en ambientes artísticos tanto en Zaragoza como en el resto de España y en buena parte de Europa. Tabló amistad con Federico García Lorca, Juan Eduardo Cirlot, Luis Buñuel, Pepín Bello, Luis García Abrines, Honoroy García Condoy (que realizaría un busto de la pianista), Mariano Esquillor y muchos otros. El libro ya referido, publicado con motivo del aniversario de la defunción de la pianista, Pilar Bayona 30 miradas, agrupa retratos y caricaturas que Julián Gómez, del Archivo Pilar Bayona, ha tenido la paciencia de recopilar con acertado tesón. Por otro lado, el volumen se completa con artículos de familiares, amigos y estudiosos.
Pilar Bayona también destacó como catalizadora de ensueños y pasiones, más o menos alteradas por lo sentimental. Lo dicho queda ejemplificado en la abundancia de obras que le dedicaron. En el terreno literario sabemos de poemas de Jardiel Poncela, Tomás Seral y Casas y Juan Eduardo Cirlot. Este último durante su servicio militar en Zaragoza, le dedicaría un breve poemario completo “Pájaros tristes”, inspirado en la interpretación de la pianista de la obra homónima de Ravel. O, en el terreno de la música, la “Sonata de Castilla” que le dedicó el maestro Rodrigo. O el dibujo de Benjamin Palencia…
Cuando nació Pilar Bayona, en 1897, por cierto, un año antes que Federico García Lorca, Zaragoza era una ciudad provinciana, bueno, no seamos excesivamente severos, digamos muy provinciana. En tales circunstancias todavía sorprende más que a una joven pianista los ojos se le abrieran, casi se le desgarraran, para reconocer y defender un tipo de música que para muchos oídos de la época resultaría como mínimo desconcertante. Ahora Zaragoza, es otra cosa. Es una ciudad provinciana a medias, depende de la mula que baile esa noche en la plaza. Pero lo mejor del caso es que si hoy continuara con nosotros Pilar Bayona, o un trasunto de su persona, y, por tanto, integrara en su repertorio obras de autores contemporáneos equiparables a las de su tiempo, muchos ciudadanos volverían su rostro con despreciativa actitud. Confieso que me hubiera gustado asistir a una de las conversaciones entre la pianista y Cirlot sobre Scriabin, o a una hipotética interpretación de la pieza de Josep Soler Coronación de espinas. Y también me hubiera gustado bucear de su mano por detalles de algunas de sus obras favoritas. O preguntarle por qué no le entusiasmaba demasiado Liszt.
Pilar Bayona fue música andante. ¿Es preciso recordar sus cursos en Jaca junto a Viajó y vivió para la música. Fue una persona de verdad.
Para más información: http://pilarbayona.es/castellano.htm

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