Atrapado en un serial
9-diciembre-2009Desde hace dos
años, aproximadamente, mi vida se conduce entre tirios y troyanos, entre Pinto y Valdemoro, de Pascuas a Ramos, pero, con una nota novedosa, e inquietante, en ocasiones mi vida oscila de la lumbre de un serial. ¡Sí, señores, damas y caballeros, grandes y pequeños! El serial, cual si fuera una correcta y vespertina producción televisiva del Conde de Montecristo, comenzó a pergeñarse hará unos cinco años, o tal vez algo más. Puesto que la escritura, como me ha recordado recientemente Ramón Gómez de la Serna en la lectura de su Automoribundia: “…no es un medio de comer, pero hay que ir comiendo mientras se escribe la literatura”. Se rumorea que algunos viven de ella y, tal vez, incluso con ella, ignoro si amancebados o en habitaciones estancas. Pero no quisiera adentrarme en este tema, puesto que me desviaría del principal, que no es otro que mi “serial”.
Siguiendo con el problema planteado por Ramón Gómez de la Serna y con el propósito de sacar algunos cuartos de mi cuerpo serrano, sin caer en el vicio ni en lo ilícito, acepté hacerme cargo de una oficina de un Servicio de Prevención cuyo propietario, amigo de mi padre, parecía hombre de buena planta, limpio y decente. ¡Primer error! No es coprófago todo lo que reluce, pero el que reluce, no lo piensen más, ¡es coprófago! Y, en efecto, el muchacho a los cinco años de mi estancia en aquella oficina, que no era tenebrosa porque la había creado casi a mi imagen y semejanza, comenzó a dar muestras de nerviosismo, de valentía y de cierto coraje. Hasta el momento se había comportado con normalidad, o al menos, de la forma que yo sospecho que los demás entienden por tal, es decir, se manifestaba como un pusilánime.
Como a mi padre la mosca le zumbaba tras la oreja hasta ponérsele rostro de avispa, más que de abeja, decidió fijar una reunión con el sujeto. Y ahora viene la parte farragosa y legalista de mi “serial”. Pero que no les desanime este hecho. El reptil en cuestión, que reptaba hasta el momento y luego se alzó para mostrarse en toda su cretinez, tenía un centro asistencial concertada con la mutua donde mi padre trabajaba y, para postre, el servicio de prevención en el que un servidor prestaba sus servicios. Puesto que mi padre era, hasta hace unos días, responsable del departamento comercial de la zona y era amigo del sujeto en cuestión, comprobó que el muchacho llevaba varios meses, muchos meses, sin realizar los correspondientes pagos a la seguridad social. Que nadie se alarme, todo mutua tiene acceso a estos datos de sus mutualistas. Por orden ministerial de no sé cuántos, de cuyo nombre no puedo acordarme, las mutuas de accidentes deben preocuparse de mantener relaciones comerciales con empresas que se encuentran al día en el pago de la Seguridad Social. Puesto que el sujeto había sacado del tiesto hasta las amígdalas se planteaba un problema. Mi padre una vez reunido con la despierta criatura le puso sobre la mesa el asunto. Pero aquel cuerpecito ligero, tras apelar a su dicharachera familia, e ignoro si también al apóstol Santiago, patrón de España, descubrió para sus faldas que además de lo referido un local, por el que pasaba todos los meses a la mutua citada un alquiler, lo había vendido momentos antes de rubricar dicho contrato y, por consiguiente, se sentía completamente ofendido al comprobar que se le atacaba como a un estafador y que rompía de inmediato su amistad. Digo yo que sería la mala conciencia la que le hizo insuflar el aire de sus pulmones con tales galimatías.
Como el asunto no se resolvía y yo además salí en defensa de una trabajadora a la que la muy querida hermana del individuo, también una lumbrera de alto calado amenazó, como era y es su costumbre, fui sentenciado. Para colmo yo era hijo de mi padre, cosa que luego ha repetido el sujeto en papeles y a través de otras voces hasta la saciedad, y eso era inadmisible. El “mentecato”, como diría mi amigo José María de Montells, aprovechóse de una baja por catarro, que terminó en crisis depresiva al apercibirme por enésima vez de la estulticia humana, para despedirme de manera improcedente.
Tras la catástrofe que suponía para la mutua mantenerse en línea con semejante fábrica de bellotas y, como supuse que no sería suficiente este problema para ellos, entregué a mi padre mi currículo por si querían mis servicios. Cosa que luego ha sido comentada, puesto que esta no parece ser una práctica habitual. Al parecer era usual en el Madrid del pasado siglo entregar tal documento a los serenos, la policía montada, los amaestradores de pulgas a o la guardia civil. Pero jamás a un familiar. Yo, que desconocía este proceder, tuve la osadía de hacerlo y en la mutua en cuestión cometieron la imprudencia de contratarme. ¡Virgen Santa!, qué barbaridad. Por este hecho me excuso y prometo que si vuelve a plantearse tal situación entregaré mis miserables papeles a las señoras que van a la compra en el mercado sito frente a mi casa, a las bandas de bomberos cuando se encaminan a apagar un fuego o incluso, a la mismísima mula Francis, si por algún azar del destino, la encuentro por mi ciudad.
Tras dos meses de trabajos forzados -con esto vengo a decir que acometo trabajos por dinero no por masoquismo-, un grupo nos topamos con una demanda por lo penal firmada por el mentecato, incluidos mi padre y yo. Por lo que a mí respecta diré que se me imputaba en el asunto el escaqueo de un disco duro, del que no tenía noticia, días después de ser despedido y en un centro de trabajo situado a varios kilómetros del mío. Con este ejemplo el lector comprenderá lo despierto de la criaturita que interponía la demanda.
Este acontecimiento vino precedido por una misteriosa exclamación de la guardia civil según la cual mi padre se había dedicado a llamar a la santa madre del sujeto para amenazarla de muerte. En otra ocasión, la santa esposa del elemento sintió esos mismas llamadas fantasmales y, para no ser que menos que su suegra, se animó también a realizar la pertinente denuncia. Como no existía ningún dato de llamada de ninguna clase, la cosa y el caso de las telefonistas quedó en nada.
En cambio el muchacho, el antiguo amigo de mi padre, alquilador de inmuebles y pagador de peras, tras romperse el contrato con la mutua de accidentes pues insitía tercamente en no pagar a la seguridad social, y llevado tal vez por un ardor guerrero, o por la inspección de hacienda, dio por perdido un disco duro, acusó a algunos de los despedidos hacía unos meses del robo y reprochó a la mutua de recibir información que ésta utilizó para notificar a las empresas de la zona la ruptura de relaciones con el centro del caballerete. Y el caso es que ese mostrenco, descarriado y ya medio loca, encontró voceros.
Consiguió el vándalo que la prensa publique los nombres y apellidos de los imputados en el asunto. Alborota a los enemigos que uno siempre tiene bajo la axila y la justicia acompaña en el baile: queda claro que una mutua tiene que robar información para saber los datos de sus mutualistas (sic) y que un servidor se dedicó a levantar información varios días después de su despedido, en un local al que no tenía acceso y ¡a la vista de todos! Por un momento me siento como Lupin, el robador de Europa y un trasunto del inspector Clouseau. Pero claro, esto tiene una doble lectura.
Lo comprendí cuando me vi ante un juez manifestando que si en mi antigua empresa perdían clientes tal vez sería porque eran idiotas y que nunca jamás tuve acceso a un objeto que no conocía, en un tiempo en que no estuve allí y menos en un local al que no tenía acceso. La criatura reconoce durante los preeliminares justicieros que pidió a la mutua, como condición para negociar, ¿para negociar el qué me pregunto?, que despidieran a mi padre, a mi pareja, no sé si a mí también y sospecho que, de paso, también les pediría a los contertulios que abonasen la cuenta del café que se tomaban. Ignoro si los asistentes a esa reunión sintieron la pérdida de su cartera.
Pero mi culebrón alcance el cénit cuando tras un cambio en la directiva de la mutua el nuevo gerente expresa a mi padre que el ministerio quiere despojarle de todo tangible y lo intangibl,e porque está metido en un asunto gravísimo, y saca a relucir el paño del muchacho. Las mutuas trabajan con dinero público y se someten a los designios de lo publico, ahora según parece también al mandato del mismo.
La cosa empieza a semejarse a un serial radiofónico. Uno se pregunta por qué nadie reclamó a la inocente criatura que pagara a la seguridad social, salvo la mutua, ni en que artículo se amparaba para recibir todos los meses un alquiler por un inmueble que había vendido, ni por qué desaparece un aparato de un ordenador en el momento delicado en que una inspección posa su mirada en tal dechado de virtudes.
Al parecer, según ciertos rumores, el actual secretario de Estado posee unas grandes relaciones con una asociación de Servicios de Prevención, la misma a la que nuesetro interesado amigo ha elevado sus plegarias para que se solucione la tamaña injusticia a la que se le ha sometido. Supongo que este rumor será uno de esos datos falsarios que circulan por el mundo. Al fin y al cabo vivimos en una sociedad libre de corrupción, donde el ciudadano honrado no tiene nada que temer y cuya ley le ampara sin fisuras. ¿O no?



“El 40% de los españoles no lee ni por asomo”. Este titular lo encuentro en varios periódicos. Y aunque a mí me parece una noticia excelente resulta que la prensa lo comenta como un hecho terrible. ¿Sólo el 40 por ciento no humedece sus ojos en las letras? ¡Tantos leen! A juzgar por la situación del mundo, las ventas de los libros y la desidia cultural que reblandece al propio calor, un servidor creía que los no lectores ascenderían no a los cielos sino al 99 % y no de los españoles, sino de la raza humana.
Se ha abusado en manuales de la frase “su obra equivale a toda una literatura”, pero pocas ocasiones tendremos de emplearla con tanta justicia como en el caso de Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 3 de julio de 1888–Buenos Aires, 13 de enero de 1963).
Fueron el comunismo estalinista y el nazismo los que, tal vez, implantaron con mayor éxito lo que se denominó la “muerte civil”. ¿En qué consistía tal práctica? En lugar de programar la eliminación física de todo disidente, por aquello de respetar las formas, y tal vez para evitar que a estos regímenes la sangre les alcanzara hasta las orejas, estos estados se decantaron por sumir en el silencio cualquier forma de participación y presencia en la sociedad de un individuo. Tenemos los casos en nuestra historia reciente de Milan Kundera y Ágnes Heller.

