La muerte civil
25-Junio-2009
Fueron el comunismo estalinista y el nazismo los que, tal vez, implantaron con mayor éxito lo que se denominó la “muerte civil”. ¿En qué consistía tal práctica? En lugar de programar la eliminación física de todo disidente, por aquello de respetar las formas, y tal vez para evitar que a estos regímenes la sangre les alcanzara hasta las orejas, estos estados se decantaron por sumir en el silencio cualquier forma de participación y presencia en la sociedad de un individuo. Tenemos los casos en nuestra historia reciente de Milan Kundera y Ágnes Heller.
En la práctica, al disidente se le negaban los medios de comunicación del estado para difundir sus actividades, ya fueran artísticas, literarias o de otro signo; si por ventura el individuo se ganaba la vida como profesor se le expulsaba de su puesto, y se le negaba la posibilidad de practicar la enseñanza en cualquier foro, si era escritor se le impedía publicar, incluso si era posible fuera del país, se le cerraban los salones del arte si se dedicaba a al arte…
Sin embargo, esta forma de actuar no la emplearon con exclusividad estados totalitarios, sino que también se dio en gobiernos supuestamente democráticos. El ejemplo más aberrante lo constatamos en las listas negras o caza de brujas de la década de los años 50 del pasado siglo en EE.UU.
Tal vez ustedes, mis amados lectores, en un arranque de ingenuidad piensen que la “muerte civil” forma parte del pasado, al menos en países democráticos… pero no es así. En la actualidad la existencia de cenáculos, léase también camarillas, que controlan y disponen de medios de comunicación, organización de eventos, discográficas, premios literarios, publicaciones bendecidas por los auspicios de tal o cual universidad, ejercen esta misma violencia intelectual con cierta impunidad amparados en el “criterio” que se les supone. En los ángulos de la cultura, por donde intenta moverse un servidor a pesar de bozales y correas, puedo afimar con categoridad a mis amados lectores que existe “la muerte civil” a todas luces. La relevancia de una obra de arte, o de un libro, se apunta por una mixtura de valores objetivos y subjetivos. Aquel que pretenda valorar una actividad humana, cualquiera, desde la creencia en una pura e inmaculada objetividad o es un iluso, o un aprendiz de “matarife”. Dando por sentadas tales estructuras, no existe justificación para el silencio que ciertas camarillas imponen en sus fueros a propuestas culturales, autores, o actividades de signo artístico, que objetivamente poseen, al menos, la misma o equivalente importancia que otras a las que se bendice y difunde. Al principio, un observador puede suponer que la diferencia en el volumen del eco de la propuesta estriba en la fortaleza del que ofrece el soporte. Es decir, no es lo mismo una novela publicada por una gran editorial, con su sistema de publicitación, que una editada en una pequeña editorial; no es lo mismo una exposición organizada por una galería en ciernes, que por una sala de prestigio, o con más posibilidades económicas. Aunque este hecho posee su influencia y conviene asumirlo, relativamente, proponiendo formulas imaginativas, en algunas circunstancias los “extraños fenómenos” de linchamiento o de silencio superan esos límites.
Todavía recuerdo cómo al comienzo de mi labor editorial, hace más de quince años, un prestigioso crítico, al que le han llovido blasones y glorias, locales claro está, denominó a una propuesta editorial marginal pero digna de “efímera” para justificar que su negativa siquiera a reseñarla. La tal propuesta efímera, ya había publicado por entonces a Fernando Arrabal, Gabino Alejandro Carriedo, Antonio Fernández Molina, una antología de poetas futuristas rusos (inéditos entonces en España), Blaga Dimitrova (una institución de la poesía búlgara), Fernando Mendes Viana (laureado poeta brasileño), etc, etc.
Al mismo tiempo este literato y periodista blasonado publicaba en su diario hasta las muescas de la mesa que escribía su santísima esposa, una escritora de prestigio y altura. La consorte, para no ser menos que su esforzado esposo en su apoyo a editores y autores noveles, en cierta ocasión espetó: “Con una llamada de teléfono puede hacer que alguien no vuelva a publicar en toda su vida”. Por supuesto, las iras de la pareja infernal se originaban cuando uno se negaba a realizar el rito de paso que exigían, el cual, básicamente, consistía en el que se atribuyó a los templarios, (para los que no lo conozcan referiré que, según el tribunal que condenó a la orden, el neófito besaba el trasero al Gran Maestre); como decía, si alguien se resistía a tal comunión se le negaban las puertas a los salones literarios dominados por los citados, lo que, para algunos escritores suponía, por añadidura, la clausura de sus comedores.
Este caso personal no es un incidente aislado. A veces, la antipatía surge por la negación a participar en el citado rito, otras por simples controversias estéticas o literarias, incluso políticas… Desde luego un periodista o escritor tiene la libertad de hablar, escribir o difundir lo que considere, pero si su función se ampara en un medio de información ese ministerio de censor y de revancha, a mi entender, carece de justificación. Lo mismo diría si el hipotético personaje gestiona dinero público y promueve publicaciones, o exposiciones, o conciertos… Si me propusiera un catálogo pormenorizado de situaciones como las referidas crean, mis amados lectores, que podría entretenerles durante años con un artículo semanal. No podemos achacar ciertos silencios y omisiones a la falta de interés de los medios, ni al despiste, tampoco a la idiotez imperante . Existen individuos concretos, sentados en lugares específicos, que promueven “la muerte civil” y es preciso combatirlos a sangre y fuego.










