Raúl Herrero

Generación.Net


La muerte civil

25-Junio-2009

00censura Fueron el comunismo estalinista y el nazismo los que, tal vez, implantaron con mayor éxito lo que se denominó la “muerte civil”. ¿En qué consistía tal práctica? En lugar de programar la eliminación física de todo disidente, por aquello de respetar las formas, y tal vez para evitar que a estos regímenes la sangre les alcanzara hasta las orejas, estos estados se decantaron por sumir en el silencio cualquier forma de participación y presencia en la sociedad de un individuo. Tenemos los casos en nuestra historia reciente de Milan Kundera y Ágnes Heller.

En la práctica, al disidente se le negaban los medios de comunicación del estado para difundir sus actividades, ya fueran artísticas, literarias o de otro signo; si por ventura el individuo se ganaba la vida como profesor se le expulsaba de su puesto, y se le negaba la posibilidad de practicar la enseñanza en cualquier foro, si era escritor se le impedía publicar, incluso si era posible fuera del país, se le cerraban los salones del arte si se dedicaba a al arte…

Sin embargo, esta forma de actuar no la emplearon con exclusividad estados totalitarios, sino que también se dio en gobiernos supuestamente democráticos. El ejemplo más aberrante lo constatamos en las listas negras o caza de brujas de la década de los años 50 del pasado siglo en EE.UU.

Tal vez ustedes, mis amados lectores, en un arranque de ingenuidad piensen que la “muerte civil” forma parte del pasado, al menos en países democráticos… pero no es así. En la actualidad la existencia de cenáculos, léase también camarillas, que controlan y disponen de medios de comunicación, organización de eventos, discográficas, premios literarios, publicaciones bendecidas por los auspicios de tal o cual universidad, ejercen esta misma violencia intelectual con cierta impunidad amparados en el “criterio” que se les supone. En los ángulos de la cultura, por donde intenta moverse un servidor a pesar de bozales y correas, puedo afimar con categoridad a mis amados lectores que existe “la muerte civil” a todas luces. La relevancia de una obra de arte, o de un libro, se apunta por una mixtura de valores objetivos y subjetivos. Aquel que pretenda valorar una actividad humana, cualquiera, desde la creencia en una pura e inmaculada objetividad o es un iluso, o un aprendiz de “matarife”. Dando por sentadas tales estructuras, no existe justificación para el silencio que ciertas camarillas imponen en sus fueros a propuestas culturales, autores, o actividades de signo artístico, que objetivamente poseen, al menos, la misma o equivalente importancia que otras a las que se bendice y difunde. Al principio, un observador puede suponer que la diferencia en el volumen del eco de la propuesta estriba en la fortaleza del que ofrece el soporte. Es decir, no es lo mismo una novela publicada por una gran editorial, con su sistema de publicitación, que una editada en una pequeña editorial; no es lo mismo una exposición organizada por una galería en ciernes, que por una sala de prestigio, o con más posibilidades económicas. Aunque este hecho posee su influencia y conviene asumirlo, relativamente, proponiendo formulas imaginativas, en algunas circunstancias los “extraños fenómenos” de linchamiento o de silencio superan esos límites.

Todavía recuerdo cómo al comienzo de mi labor editorial, hace más de quince años, un prestigioso crítico, al que le han llovido blasones y glorias, locales claro está, denominó a una propuesta editorial marginal pero digna de “efímera” para justificar que su negativa siquiera a reseñarla. La tal propuesta efímera, ya había publicado por entonces a Fernando Arrabal, Gabino Alejandro Carriedo, Antonio Fernández Molina, una antología de poetas futuristas rusos (inéditos entonces en España), Blaga Dimitrova (una institución de la poesía búlgara), Fernando Mendes Viana (laureado poeta brasileño), etc, etc.

Al mismo tiempo este literato y periodista blasonado publicaba en su diario hasta las muescas de la mesa que escribía su santísima esposa, una escritora de prestigio y altura. La consorte, para no ser menos que su esforzado esposo en su apoyo a editores y autores noveles, en cierta ocasión espetó: “Con una llamada de teléfono puede hacer que alguien no vuelva a publicar en toda su vida”. Por supuesto, las iras de la pareja infernal se originaban cuando uno se negaba a realizar el rito de paso que exigían, el cual, básicamente, consistía en el que se atribuyó a los templarios, (para los que no lo conozcan referiré que, según el tribunal que condenó a la orden, el neófito besaba el trasero al Gran Maestre); como decía, si alguien se resistía a tal comunión se le negaban las puertas a los salones literarios dominados por los citados, lo que, para algunos escritores suponía, por añadidura, la clausura de sus comedores.

Este caso personal no es un incidente aislado.  A veces, la antipatía surge por la negación a participar en el citado rito, otras por simples controversias estéticas o literarias, incluso políticas… Desde luego un periodista o escritor tiene la libertad de hablar, escribir o difundir lo que considere, pero si su función se ampara en un medio de información ese ministerio de censor y de revancha, a mi entender, carece de justificación. Lo mismo diría si el hipotético personaje gestiona dinero público y promueve publicaciones, o exposiciones, o conciertos… Si me propusiera un catálogo pormenorizado de situaciones como las referidas crean, mis amados lectores, que podría entretenerles durante años con un artículo semanal. No podemos achacar ciertos silencios y omisiones a la falta de interés de los medios, ni al despiste, tampoco a la idiotez imperante . Existen individuos concretos, sentados en lugares específicos, que promueven “la muerte civil” y es preciso combatirlos a sangre y fuego.

untitled1

El 9 de junio el pato Donald cumplió 75 años. Y, en ese mismo día, me topé con dos lindes extremas del mundo editorial y de los libros.

A primera hora de la mañana un señor, que durante años se ha ocupado de la venta de vinos  o de cualquier otra cosa semejante, ahora metido a editor, me  subastaba un libro interesante que, por algún motivo del extraño destino, ha caído en sus manos para desgracia de la cultura y beneficio de su bolsillo. Está claro que el libro necesita de una industria y que los editores deben velar por el negocio del mismo, con el fin de seguir ejerciendo su función y ganarse la vida. Pero este “negocio” no puede medirse, o mejor dicho, no debe medirse  con los mismos patrones que las churrerías (y no sólo por el aceite y la freidora). Les mencionaré un ejemplo contundente: el mundo no será mejor si existe cierto modelo de coche, o de reproductor de vídeo o de música, o si  una plancha interpreta canción española mientras expulsa sus vapores, en cambio, el mundo y sus habitantes pueden empeorar si se les priva de la posibilidad de la lectura de ciertos libros imprescindibles, o del simple juicio crítico que la lectura despierta.

La decisión de arropar el futuro del libro bajo el palio de las ventas, o en los auspicios del interés personal de “unos elegidos intelectuales”,   resulta equiparable a permitir que otros decidan nuestras lecturas y, por extensión, una parte muy importante de lo que nos acredita como individuos. Si a esto unimos la pereza intelectual que la sociedad fomenta la cretinización resulta evidente. Para romper con esas “doloras” se precisa de editoriales pequeñas y editores que se atrevan a perder dinero, o incluso que se introduzcan en el mundo editorial con “vocación”, una palabra en desuso que tanto significa.

Quienes vociferan que la industria del libro, léase de la música o de cualquier otra forma de arte, debe considerarse como un “negocio más” añaden a nuestro mundo una letra en el fin de “interés general” de  completar la palabra “alienación” en los individuos. Tampoco las ayudas del estado conforman una solución a las posibles pérdidas de editores, puesto que la independencia de la cultura debe primar por encima de todo. La única manera de atajar el problema reside en la educación y en unos medios de comunicación que fomenten el juicio crítico. Probablemente entonces todo libro tenga su lector.

Ese mismo día, el del cumpleaños del pato Donald, tuve la suerte de encontrarme en la preparación de cierto acto con José Luis Orós. Durante nuestra conversación me regaló  un catálogo primorosamente editado y encuadernado. Y resulta que mi amigo lleva un tiempo metido a editor de libros artesanales y tiene , entre sus cometidos, la recuperación de grabados antiguos y de obras de bibliofilia desaparecidas. Los ejemplares los realiza ayudado por su esposa Nieves Francia; ellos encuadernan, preparan el papel, imprimen, se ocupan de tratar los grabados…. Según reza l a portada del catálogo: “Se hacen uno a uno… con ALMA”. Paso las hojas y me encuentro con el increíble libro Monstrorom, con una selección de marcas de impresor, con grabados de una edición de La Celestina…

En posturas como la de mi amigo Orós reside la posible salvación de nuestro mundo decadente.  Desde luego  mi amigo se encuentra en las antípodas de los editores que invierten en títulos como si lo hicieran en la bolsa. La voluntad de esa pequeña editorial “de libros imposibles” nos ennoblece a todos, tales esfuerzos asegura la continuidad de ciertos individuos dignos de serlo.

Todavía recuerdo durante un congreso a un pequeño editor sonriente que aseveraba: “No quiero que mi editorial sea como la de esos poetas que no venden ni un libro”. En ese momento supuse que se refería a Concha Méndez y Manuel Altolaguirre y a su editorial Héroe donde se publicaron buena parte de las obras de la generación del 27; o tal vez lo mencionaba veladamente el editor  a esas colecciones heroicas de la postguerra española donde comenzaron a publicar autores como Ángel Crespo, Gabriel Celaya, Gloria Fuertes, Juan Eduardo Cirlot, Francisco Nieva, Antonio Fernández Molina…, o a las editoras de la primera edición del Ulises de Joyce, o remontándonos algo más, quizá se refería a Juan Boscán que se empeñó en publicar, en una de esas arbitrariedades de poeta, los versos de su amigo Garcilaso de la Vega.

Pero mientras ese pequeño editor se vanagloriaba de su imperioso deseo de lucrarse a toda cosa y menospreciaba a los que con su esfuerzo han inseminado la cultura recordé un tiempo lejano. Un tiempo que rememoro con nostalgia, una época en la que los hombres no hacían ostentación de sus debilidades y, menos todavía, de su mezquindad.

 

Y todo esto sucedía y recordaba durante la onomástica del pato Donald…

hinchafutbol

Se nos dice,  se rumorea, se afirma que en el Neolítico, e incluso en tiempos pretéritos,  los individuos se organizaban en grupos, en tribus, lo que facilitaba la supervivencia tanto del sujeto como del grupo. Así mismo, el mayor castigo consistía en ser repudiado por la tribu, ya que las posibilidades de supervivencia decrecían tanto por las amenazas naturales como por la existencia de grupos rivales.  Este mismo comportamiento los antropólogos lo han observado en lugares remotos, de los pocos que todavía quedan, de África o Asia, donde se permite (el fantasma del progreso lo permite) la existencia de tribus a su más o menos libre albedrío. Si bien el referido albedrío, a veces, es perturbado por cámaras de televisión que tienen a bien el mostrarnos las costumbres de estos grupos por desgracia casi extintos.

La existencia y señales de identidad de estas tribus van acompañadas por rituales que reafirman la pertenencia de pleno derecho del individuo al grupo, lo que se ha llamado ritos de paso o de iniciación. Esto nos da una idea del contenido sagrado, del contenido trascendente, que en estas sociedades posee toda actividad cotidiana, y no sólo las extraordinarias como las bodas, o los entierros. Incluso la geografía se trasciende para imbricarla con las historias que de forma tradicional y oral se conservan con el propósito de trasladar unas enseñanzas  que superan lo que ahora definimos como “utilidad inmediata”. A lo largo de la historia ciertos grupos humanos mantuvieron unas costumbres, ideologías y hábitos, aunque se vieran obligados a convivir dentro  de sociedades de otro signo,  y así comenzaron a manifestarse grupos más pequeños dentro de sociedades mayores.

Por algún motivo, probablemente porque así sea, sociólogos y psicólogos de diverso pelaje consideran que esa necesidad de permanencia a un grupo subsiste  en lo que suelen identificar como el “subconsciente colectivo” y que yo definiría como un impulso de origen, en teoría, desconocido que nos identifica  con unos reacciones hasta cierto punto previsibles. La terminología más actual ha transformado esa “ansia” en lo que los psicólogos resumen como “la necesidad de sentirse aceptado en un grupo”. Puesto que las sociedades actuales han crecido de manera alarmante se han originado las camarillas dentro de una masa con la que resulta difícil identificarse. Un ejemplo de esto lo encontramos en las llamadas tribus urbanas, que suponen un  aspecto degradado y caricaturesco de las  tribus auténticas donde el vestuario y las creencias poseían unas orígenes tradicionales y hasta mágicos, que se perdían en la oscuridad celeste.

El deporte y los equipos han fomentado las banderas y signos para recrear, tal vez, la que podemos considera la  versión más decadente de una tribu. Un grupo de personas, en la que el enclave  geográfico ya no es definitivo, aunque todavía se mantiene la correspondencia de un equipo con una ciudad o con un país, cuyo vinculo de unión consiste en el “ansía” de que su equipo triunfe sobre otro. Y es en este punto, donde se fomenta una de las mayores trampas de la sociedad actual, la pertenecía a un grupo sobre todo para “vencer” a otro. El uso de esa “necesidad de pertenencia” también lo han avivado las empresas con sus banderolas, sus colores y sus cifras de ventas. En este aspecto la decadencia llega a su culminación cuando un sujeto pertenece al lugar donde trabaja como identidad y cuyo triunfo se resume en vender más que el oponente. En estas “tribus” se repiten patrones como el héroe, el traidor, incluso el que precisa ser iniciado…

El gancho deportivo fomenta una receptividad hacia una pertenencia “grupal” que cultiva el fanatismo y que se emplea en el marco de la sociedad  con otros objetivos, la productividad y el control social entre ellos,  y cuyo propósito no es otro que la manipulación. Sin duda, el fomento de los valores deportivos en nuestro mundo actual va de la mano de esta tendencia alarmante a la “cretinización”,  que alimenta las bajezas de todo signo. Semejantes parámetros se encuentran en la política, donde prima más la victoria de un grupo que el contenido programático del mismo. Buen ejemplo del resultado antidemocrático, que redunda en oligarquía y en sectarismo, lo tenemos en la llamada disciplina de partido.

Baile de tribu

untitled

Otras generaciones hubo que combatieron en las trincheras, que fueron solapadas por el pernil de la autoridad, o que se enfrentaron a mil y una incomodidades y obstáculos de todo pelaje, o que, simplemente, decidieron poner flores en el cañón de los fusiles (como ocurrió en los años 60 del pasado siglo). El descontrolado uso de las drogas y la adulteración de las mismas terminaron con esas ínfulas que generaciones de otros tiempos pergeñaron. Posteriormente la creación de un ideal  al que se denominó “éxito” y la necesidad de “aceptación social” se ocuparon de amaestrar a los ciudadanos del bienestar. Pero por si todo eso no fuera suficiente la falsa idea de progreso utilizó el siguiente eslogan: “Fórmese usted (y confórmese) y le aseguramos un porvenir brillante (diamantino y acrisolado)”.

Sin que siempre se diga abiertamente se hizo creer a una generación (o ya a varias generaciones) que la formación les haría libres. Para algunos esa prebenda incluía la aceptación de los desatinos del sistema. De este modo se crearon universidades privadas que, gracias a sus contactos, prometieron que de entre sus fieles todos saldrían “colocados” (es decir con un puesto de trabajo, no me malinterpreten).  Y alguien se hizo rico. Luego, por esas cuestiones de la competitividad, una mente privilegiada esputó: “Es preciso complementar la formación con la especialización en ciertas materias”. Y surgieron los másteres, así los primeros de esa generación tuvieron un lugar donde trabajar y alguien ganó unos dineros”.

Pero, ¡oh dioses del infortunio!, cuando esa generación salió al mundo entre algodones y visillos, cuando descubrieron que había cien millones de “clones” como ellos, cuando comprobaron que desenvolverse en las relaciones laborales no es exactamente lo mismo que el estudio, cuando comprobaron que el talento no se compra con el nombre de la universidad a la que uno pertenece, ni con el papel de un título que puede ponerse con una chincheta en la pared, se levantaron los pilares de una generación de “frustrados”.

Y así, esa sopa que agrupa ingredientes a los que se les prometió todo, a cambio de un canon, y que ahora descubre las orejas del engaño,  ahora regurgita a un buen número de personas cuya profesión se reduce a las aspiraciones esquilmadas, al estudio sin objetivo, a las mieles que se les niega… Porque se les dijo: “Yo tu dios, el sistema, te aseguro que si te sacrificas y aceptas todo te otorgaré la gloria”. Y ese mismo Dios ahora les ha negado a sus siervos la participación del éxito y se encuentran entre los parias, a los que antes repudiaron y a los que miraron por encima del hombro. ¿Y ahora qué?

¿Podrán  esos seres de  mente artificial comprender que el conocimiento es un bien en sí mismo aunque no les conduzca a la gloria “terrenal”?  ¿En algún momento  esas mentes deformadas por “el beneficio inminente y a ser posible pecuniario” comprenderán que sólo la verdad y el placer de la cultura les hará libres? ¿Serán capaces de crearse un juicio crítico? O será esa generación de atrincherados y engolados la que nos lleve al fin de los tiempos…

Moralejas:

  • 1. El talento no se obtiene (y salvo excepciones tampoco se educa).
  • 2. No te creas todo lo que el sistema te promete.

En este mundo traidor donde nada es verdad ni es mentira, las autoridades y los que portan sombreros puntiagudos (frigios) de mandamases han considerado lo conveniente que resulta la potenciación de dos enormes virtudes: la colectividad y el individualismo, que es como estar en misa y repicando, o como enarbolar la bandera de un país impresa sobre la de otro, o como servir a dos amos, o como cantar y eructar al tiempo.

¿Por qué el individualismo? Su implantación permite al sistema que los hombres se crean “libres” y, al tiempo, se desentiendan de los problemas y de la onda expansiva de las calamidades que su triunfo, a costa de todo, puede acarrear. Se potencia el beneficio individual por encima del colectivo. Esta “filosofía” sólo viene a transformar en prión, en género “chico”, el macro concepto de multinacionales y de “holdings” empresariales donde destaca “el beneficio empresarial” por encima de todo. Por supuesto, ese todo no es un eufemismo, sino una realidad. En EE.UU. (entérense mis queridos hermanos) los socios de un “holding” podrían procesar  al director del mismo si sospecharan que ha antepuesto intereses de cualquier tipo (medioambientales, humanitarios, razonables, sentido común, inteligencia, bondad, caridad, escrúpulos, pánico a la sangre…) al beneficio económico. La individualidad, que nos amamanta en televisión y en películas, en libros y en mensajes que algunas personas repiten de forma diaria sin saber lo que en verdad rezan sus boquitas, no debe sorprendernos, puesto que funciona como reflejo de la “invidualidad” de una empresa contra el mundo. Pisoteé a todos con una única excepción: usted mismo. En definitiva, un mundo sin ética, por no hablar ya de la moral, que se ha transmutado en unas normas a seguir y que sostienen una buena imagen “social”.

 

art_portada

¿Por qué la colectividad? No se pueda adocenar a toda la humanidad con un mismo patrón. Aquí entra el sentido de grupo. Para que una empresa a nivel individual “machaque” a todo Cristo viviente, o moliente, precisa de la ayuda y socorro de sus accesorios. En este caso nada mejor que la mística y exaltación deportiva para alcanzar tal  propósito. Desde parterres y terrazas se insiste en zafarnos la vista e insultar nuestra inteligencia con deportes “grupales”, donde gana uno u otro equipo, y eso cambia el mundo a diario. Esa conciencia de “equipo” a la que algunas empresas añaden métodos de persuasión: jalear en cenas, creación de equipos de deporte que se enfrentan a los de otras compañías, jornadas de confraternización para que se abracen y embriaguen los miembros de un departamento cual si fueran adolescentes “matones”, por último, las jornadas de puertas cerradas a las que se invita a una figura del deporte para que narre las excelencias del triunfo de un equipo, siempre, por supuesto, con aditivos lacrimógenos sobre el esfuerzo y la gloria.  Si a  esta medida, que roza, si no penetra, los esfuerzos de “lavado de cerebro mental” por parte de la empresa y la sociedad, sumamos los constantes esfuerzos de otros medios sociales para  promocionar el “cretinismo”, el señor “dueño de lo divino y de lo humano” pare un buen grupo de esclavos, con unas pautas previsibles de comportamiento y que participan de la irrealidad, de una “ficción” en la que el individuo forma parte de un grupo, que , a su vez, debe enfrentarse a otro (a otra empresa) y en torno a este asunto se colgarán banderines, premios, medallas, es decir, casi se uniformiza, no sólo las mentes, sino que se adopta un sentido “militar” que comulga con los instintos más bajos del hombre. Ese deseo de superación criminal al que los sofistas de hoy denominan “competitividad”.

 

La competitividad cosifica al ser humano. En nombre de la productividad, que es de donde procede la idea de competencia, por extensión de competición,  al hombre se le reduce a  la función de máquina (y todo esto no es nuevo, porque ya viene siéndolo desde hace más de un siglo. Ver escena de Tiempos Modernos de Chaplin). Es preciso que el individuo ocupe un engranaje, el que más falta le hace a la sociedad, y, por tanto, se le aconseja que emprenda tal o cual estudio o puesto. Todos sabemos, o deberíamos conocer, que toda ideología y sistema que pretende la cosificación de sus ciudadanos va camino  del fascismo, de la tiranía, del comunismo que niega la individualidad porque prima lo colectivo por encima de todo y luego encierra a sus compañeros en granjas donde realizan las funciones de esclavos…

Pero  ¿no dijimos que también se potencia la  individualidad en nuestro sistema? Desde luego, mientras uno forma parte de un equipo y lucha por la causa común debe demostrar su falta de escrúpulos para que sus méritos destaquen y le hagan subir peldaños dentro del grupo, empresa, etc. De este modo la lucha está asegurada tanto dentro como fuera y las posibilidades de “revuelta” se reducen.

A todo esto lo llamamos en el día de hoy trabajo. Incluso muchos sociólogos, de buena fe, continúan buscando sistemas y modelos de producción en esta línea de rebaño.

Yo a todas estas argucias las llamo manipulación. La primera y más bastarda consiste en los filósofos y pensadores que, conscientes de esta trampa, la sostienen con argumentos deleznables y que siempre pasan por la “oscura maldad intrínseca al hombre”. El ejemplo demencial del panadero que gana dinero al tiempo que abastece a la comunidad de pan es una falacia. Porque ese mismo instinto del panadero por obtener beneficios le llevará a procurarse una masa más barata, si es preciso invadiendo un país, luego a eliminar la competencia de otro horno, quizá con un mejor producto aunque en crisis, absorbiéndolo para cerrarlo y, finalmente, reduciendo la calidad de su propia producto para incrementar su beneficio.

 

borregos_s_1

La filosofía, el estudio de las humanidades, el pensamiento, el juicio crítico, sólo estos puntos pueden salvarnos del redil. Pero ¿dejará el pastor que su rebaño abandone la noria y se ponga a leer y a preguntarse por sí mismo y su relación con el entorno? No, los hombres de bien trabajan, nada de lecturas, ni de onanismos mentales.

Escena de Luces de la Ciudad

El pasado 16 de abril Charlie Chaplin hubiera cumplido 120 años.  En el primer capítulo de su autobiografía realizó una escalofriante descripción del ambiente de miseria que le rodeó durante su niñez. La aparición de una rata en el hogar, la dulzura de su madre, el entorno opresivo… jamás he olvidado esas primeras páginas que emulan al naturalismo literario más descarnado.

Chaplin era hijo de artistas. Su padre,  un cantante de blues, no soportó las dificultades de su carrera y se dejó embotellar por el alcohol. Su madre sufrió una enfermedad mental, esquizofrenia según algunos, por lo que Charlie y su hermano Sydney pasaron largas temporadas en orfanatos hasta que alcanzaron la mayoría de edad.

En 1908 Chaplin inició su carrera como actor cómico en la compañía de variedades Karno. Se adentra en el cine de la mano de la Keystone Film Company en 1914. Su formación como artista de variedades le otorgó solidez para desenvolverse en las películas que se rodaban, en ocasiones, con una elevada parte de improvisación y con extrema celeridad. Su capacidad para la  mímica, la pantomima, tan necesaria en esos primeros momentos del cine, enseguida hizo que Chaplin resaltara en la pantalla.

Curiosamente la primera vez que su personaje de vagabundo, en España Charlot, apareció en la pantalla, en el corto Kid Auto Races in Venice -“Carreras sofocantes”-, lo hizo como un hombre huraño, desagradable y con rasgos evidentes de crueldad. La evolución del personaje en posteriores cortos y largometrajes transformó al personaje en el peleón, inconformista, pero agradable, cargado de humanidad y, sobre todo, bondadoso, hasta el extremo de poner en peligro su propia supervivencia. “El vagabundo” es el primer personaje cinematográfico que, con una popularidad mundial, perdura durante generaciones. Al público del momento, como al de ahora,  le cautiva esa figura que se enfrenta a los símbolos del poder y de la legalidad, de lo establecido. Fascina ese hombre insignificante que afronta empresas que le sobrepasan (tanto por el tamaño de sus antagonistas como por el cariz de las dificultades a las que se enfrenta). En ciertas actitudes del personaje de  Chaplin encontramos a alguien que actúa como un  “anarquista” por necesidad.

La silueta con el bombín, los zapatones y el bigote se imprimió en tiras cómicas, tazones, cigarrillos, relojes, frutos secos, platos, perfumes, vinos, huchas y, por supuesto, también en juguetes. Aunque su figura sedujo a pintores, escritores, artistas de todo tipo, por supuesto también a los actores y directores –surgieron un buen número de clones del vagabundo en la época del cine mudo– , por algún motivo a los poetas les sirvió de especial inspiración. Sólo en la literatura española encontramos varios poemas de la generación del 27, sobret todo en Lorca y Alberti, donde aparece la figura de Charlot. También  Ramón Gómez de la Serna demostró su interés por el personaje. Sin olvidar a Edgar Neville que fue amigo personal de Chaplin y que participó en una escena de Luces de la ciudad (1931),  por desgracia eliminado en el montaje final.

Con el corto “El inmigrante” (1917) , durante su periodo con la compañía Essanay, Chaplin se ganó las antipatías de los sectores patrióticos conservadores norteamericanos. En la pantalla aparece la estatua de la libertad, a continuación un grupo de policías cerca de forma brusca a los inmigrantes con una cuerda. Por si alguien tenía alguna duda, entre una escena y otra el cineasta imprimó la leyenda: La tierra de la libertad. Las críticas sociales que incluyó en otros films posteriores y que culminarían en el largometraje Tiempos modernos (1936), le llevaron a ser expulsado de EE. UU. en 1952, mientras se encontraba de gira por Europa para la presentación de su película Candilejas (1952). Unos años antes, su crítica al régimen de Hitler en la película El gran dictador (1940) le  sirvió para ser tachado de “comunista”. No olvidemos que, en esos momentos, para ciertos sectores norteamericanos la posibilidad de entrar en guerra con los nazis  se vinculaba con la izquierda más extremista.  Que a Chaplin le negaran la posibilidad de volver a Norteamérica  en 1952 le evitó el contubernio de ser procesado durante la época de la “caza de brujas”.

charliechaplinandgandhi1

Chaplin y Gandhi


Chaplin reaccionó  a su expulsión con la película Un rey en Nueva York (1957), rodada  en Londres. Si bien el resultado se resiente por  la ausencia del equipo habitual, con el que Chaplin trabajó durante los últimos años, Un rey en Nueva York sorprende por varios motivos: la crítica a un sistema dominado por la banalidad comercial, la manipulación de elementos políticos y la crueldad que demuestra el sistema, incluso contra sus propios ciudadanos, si cree en peligro los valores del régimen…  Varias de las escenas, que en su momento resultaban sátiras que exageraban cuestiones como la publicidad, ahora nos incitan a la risa por la situación y las reacciones del personaje, sin embargo comprobamos, con cierta tristeza, que los contextos, entonces delirantes, ahora participan de nuestra “normalidad”.

Chaplin, perfeccionista y obsesivo por conseguir en sus películas lo que se proponía, no sólo fue guionista, interprete y director, sino también compositor. Muchas de sus melodías poseen una cuidada elegancia y las interpretaron cantantes como Nat King Cole o Frank Sinatra. Hoy en día su canción Smile, compuesta para Tiempos Modernos, figura como una pieza standard de muchos músicos de jazz y baladistas.

Chaplin es mucho más que su personaje de vagabundo, que no es poco. Recomiendo la lectura atenta de su autobiografía, una de las más apasionantes que mis ojos han digerido. Y, la recuperación de otro de sus films menos citados y que partió de una idea de Orson Wells, me refiero a Monsieur Verdaux (1947). Quien desee encontrarse con el cineasta más próximo a las vanguardias de su época, como el surrealismo, puede visionar la popularísima La quimera del oro (1925).

Chaplin, deteriorado y enfermo, regresó a EE.UU. en 1971 , durante un breve periodo,  para recibir un oscar honorífico. El 25 de diciembre de 1977 murió en su retiro en Suiza mientras dormía.

cd-soler-gil-bonfill-copia

El texto que constituye el libreto de la ópera de Josep Soler: Jesús de Nazaret,  no sólo proviene de los Evangelios, sino también de El Apocalipsis, de San Pablo y del Maestro Eckart. Casi de manera inmediata a la escritura de este texto conozco la intención del autor de publicar un libro sobre la ópera que incluirá el libreto. Aunque sé de la presencia de largas piezas orquestales, vitales para el desarrollo de la acción y para los fundamentos de la obra, recapacito sobre la selección “textual” . No cabe duda de lo revelador  que resultará una atenta lectura del conjunto del libreto para una mejor comprensión de las ideas del compositor.

En el libro La música de la pasión Angel Medina se refiere a la instrumentación de la ópera en los siguientes términos:

“En la madera encontramos toda la gama propia de una gran orquesta, desde el piccolo al contrafagot, pasando por el saxofón o el raro oboe d’amore, además de los clásicos de esta sección. Las cuerdas y el metal están perfectamente representados y luego hay ese muestrario de instrumentos tan del gusto de nuestro compositor, como el piano, órgano, celesta, arpas, guitarra hawaiana y un fortísimo equipamiento de la percusión, donde no faltan campanas de varios tipos, marimbas, gongs, citófonos, flexaton, armónica de cristal, sirenas, castañuelas, panderetas, máquinas de viento, entre otros más tradicionales de la sección”.

 

También deseo aludir el espectro vocal de los cantantes, desde los habituales barítono y tenor, hasta sopranos aguda y dramática, un contralto que sostiene el papel de María y varios recitadores. El propio personaje de Iesus lo refiere el compositor como recitador, al igual que ocurre en la ópera de Schoenberg Moses y Aaron, con el papel del primero.

También quiero señalar el uso del compositor de la pintura como método de inspiración. En la partitura, en las escenas: La Agonía en el Jardín y La Natividad, Soler  apunta la referencia  de sendos cuadros de William Blake, de ahí que los títulos aparezcan en inglés en la partitura original. Según leo en el libro arriba citado de Ángel Medina estas piezas se han estrenado como Dos poemas para orquesta:

 

“El estreno tuvo lugar en el Liceu, el 2 de noviembre de 1990, a cargo de la Orquesta de la Radio de Berlín dirigida por András Ligeti. Su éxito, por cierto, fue rotundo…”

 

Para aquellos que, en su impaciencia, no puedan resistirse y deseen un audición encontrarán los fragmentos de la ópera: La Natividad, La Transfiguración y La Agonía en el Jardín en el CD Cuatro poemas para orquesta, publicado por Anacrusi en colaboración con la Fundación Música Contemporánea. En estas grabaciones la interpretación la ha desarrollado  la Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín dirigida por András Ligeti. En el mismo soporte el oyente hallará como aperitivo el extracto de la ópera de Soler La tentación de San Antonio: Le Christ dans la Banlieve, en la versión de la Orquesta de la Radio Televisión Española dirigida por Osmo Banska.

De nuevo, gracias a la generosidad del compositor he tenido la oportunidad de escuchar los fragmentos ya referidos de la ópera, además de: Cristo en el monte de las Tentaciones  por la Orquesta Sinfónica y Coro de la RTV dirigido por Christian Badea y con M.V. Fernández como recitante; En el templo, el óbolo de la mujer muy pobre por la Orquesta Sinfónica de Galicia dirigida por M. Valdivieso; Eucaristía por la Orquesta de la JONDE dirigida por J. Pons; el Preludio a la Escena V por la Orquesta Sinfónica de Berlín dirigida por András Ligeti; Via Crucis por la Orquesta Sinfónica de Galicia dirigida por Jerzy Maksymiuk y Pietà y Entierro por la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya dirigida por J. Pons.

En mi opinión, un oyente de música medio puede disfrutar de la audición y hasta apasionarse,  a pesar de no profundizar en los sonidos-símbolo, ni en toda la riqueza de matices que con atención, cuidado y, posiblemente, con la partitura delante, puede disfrutar un especialista.  Admito, en cualquier paso, el matiz de perogrullada que mi afirmación anterior contiene, puesto que lo mismo podría afirmar de las óperas de Mozart, Vivaldi, Monteverdi y, por supuesto, de las de Alban Berg, etc. Téngase en cuenta, para lo anteriormente escrito,   los miedos y  desconfianzas que despierta, muchas veces con motivos, la música contemporánea en una parte del público, o del oyente, o del escuchador.

Algunos pasajes como el de  La Transfiguración, tal vez por auspiciado por la  riqueza  instrumental, pero sin duda, por la propia música, poseen unos matices, unos pasajes, capaces de estremecer a cualquiera que no se haya extirpado el corazón de cuajo. Otras partes, como el adagio En el templo, el óbolo de la mujer muy pobre o la misma Natividad traslucen una serena delicadeza, incluso una capacidad de ternura, que no de sentimentalismo, desde mi punto de vista inédita en la ópera, y me atrevería a decir que en la música, desde la segunda mitad del siglo pasado. Algunas pasajes de Jesús de Nazaret “encarnan”  en música la afirmación que realizó Juan Eduardo Cirlot en su poética para la Antología de poesía Cotidiana (Edición de Antonio Fernández Molina, Alfaguara, Madrid, 1966): 

“El hombre es el hijo del Misterio. (…) Poesía es un arte de conocer el mundo, de tocar una piedra, de respirar una temperatura…”

Me resulta difícil apartar la música de las afirmaciones que el mismo compositor ha vertido por escrito.  En el volumen Música y Ética escribe:

“La obra de arte nunca es nuestra porque ya estaba allí, en nuestro interior, en lo más recóndito del ‘castillo interior’, la recibimos no sabemos cuándo y debemos entregarla en otro momento también desconocido y del que tampoco sabemos cuándo será y ni tan sólo que forma podrá adoptar: es una especie de hijo del que sólo conocemos su esqueleto y, quizá, ciertas entrañas. Pero su alma, su consciencia y su corazón, si lo tiene, esto nos está vedado: ya no es nuestro, ya no es ‘mío’, nunca lo será.”

 

¿Es necesario que señale la correspondencia de estas afirmaciones con la supuesta misión redentora de Cristo, con la visión redentora del artista, que tiene la “obligación” de estructurar, desde el  interior, una obra concreta, tal vez para la que se encuentra destinado? Es decir, de algún modo, el  artista se ve obligado a transigir con su “cáliz”. ¡Cuántas veces expresó el poeta Antonio Fernández Molina esta misma reflexión! Un compositor de la hondura de Josep Soler  ante una  figura como la de Cristo es capaz, a nuestro juicio, de promover la reinvención del “mundo”. Pero el compositor  se expresa con claridad y prudencia en su texto sobre la ópera recogido en Nuevos Escritos y poemas (2003) :

“…sería equivocado ver en esta obra una especulación sobre el choque entre política e idealismo: Jesús de Nazaret fue un galileo, un pueblerino nacido en un paisaje amable y muy distinto de la aridez y dureza del sur de Israel y que, por temperamento y carácter, debía tender a ver el mundo y sus circunstancias de un modo harto diferente del que imponían y aceptaban como único los legalistas y aristocráticos habitantes de Jerusalén”.

 

 

Y describe el final de la ópera del siguiente modo:

 

“El final del oratorio u ópera serán las tres voces de las tres máquinas de viento las que sonarán cada vez más solas para acabar la obra únicamente con los tres instrumentos al descubierto, símbolos del triple Aliento divino: con Él se iniciaron todas las cosas y así el triple viento –la rouah de la Voluntad que todo lo mueve– las concluye y sigue para siempre su operación inacabable, eterna. En otros momentos, el Aliento será simbolizado por tres flexatones que juntarán sus voces a los flatterzunge de las maderas y los metales con sordina para llorar su dolor y su desesperación ante los trágicos sucesos que cierran la vida terrena del Enviado: el llanto de María ante su hijo muerto está acompañado por sus gritos”.

 

Puede que a algún lector considere entusiastas en exceso mis comentarios, pero. en mi opinión, me he mantenido parco en alabanzas en relación con las que la obra merece. Espero que otros, con otra voz, secunden y amplíen mis notas.

 

 

 

 

 

Transcurría el año 1998 cuando el Catedrático de musicología de la Universidad de Oviedo Ángel Medina publicó el libro ejemplar Josep Soler. Música de la pasión (Ediciones del ICCMU, Colección Música Hispana Textos, Madrid, 1998) . El objeto de estudio, es decir, el propio Soler, me comentaba hace unos días la apremiante tercera edición del volumen, en una versión sensiblemente aumentada.

 La noticia me sorprendió. Josep Soler, y  yo mismo, somos escépticos, quizá éste término implique menores sugerencias nocivas que el de “pesimistas”, respecto la cultura y sus desencuentros en el mundo de hoy. Respecto al pesimismo leo la siguiente declaración del cineasta Woody Allen (ABC, Domingo, 26-04-2009, entrevista realizada por Anna Grau) :

“Yo más bien creo que tengo una visión realista del mundo como un sitio trágico –de eso no tengo ninguna duda-, que la gente convierte en un sitio mucho peor aún, donde casi nada es ni funciona como debería…  Entonces no hay que tener miedo de probar soluciones raras o poco familiares, siempre que no hagan daño a nadie… “

En su libro: J.S. Bach. Una estructura del dolor (Scherzo fundación,  Madrid, 2004), Soler incluye la siguiente nota a pie de página. —Ante ella, cualquier persona  inquieta e interesada por  el ser humano y sus posibilidades sufrirá un escalofrío de pavor, ante lo familiares que, por desgracia, le resultarán las siguientes aseveraciones—:

“Que bajo las apariencias de una espléndida aportación de la tecnología  la sociedad oculta un, cada vez más profundo, desprecio para la cultura, desprecio que aumenta cuánta más elevada y compleja, cuanto más importante sea ésta: y las artes, el pensamiento, se resienten cada vez más perdiendo posibilidades y ayudas, y dejando de ser el orgullo de cualquier nación ya que son las actividades más peligrosas para las instituciones y gobiernos: todo se evalúa en cantidad y, aparentando ser los gobiernos más socialistas y democráticos, son, en realidad,  los que más desprecian las masas del pueblo ya que parten de la base que con tal que les guste un espectáculo o una determinada fiesta, cualquier cosa es buena; y la cuerda se rompe siempre por el sitio más delgado: cuanta más cultura-basura se entregue más se exigirá por las masas, que cada día pierden capacidad crítica y que se ven sometidas a una falta de información crítica, precisamente para que no puedan acceder al nivel peligroso, nivel que exigiría muchos cambios igualmente peligrosos”.

¡Con cuanta claridad Soler expresa lo que tantos promotores, gerentes y técnicos de actividades culturales, teatros y otros receptáculos deberían al fin comprender  para oponerse a tanto dislate! En ese caso los responsables de ministerios y corpúsculos políticos demostrarían, ¡al fin!, que se interesan por el bienestar del ciudadano. (No sólo de pan vive el hombre).

La existencia inmediata de una tercera edición del libro de Ángel Medina sobre la obra y la vida de Josep Soler trasluce una atención manifiesta por este compositor, escritor y, en definitiva, pensador en el sentido más clásico y vital del término, aunque hoy, a los artistas que muerden  esa figura, se les destierra a un extrarradio cultural bajo la nomenclatura de  “heterodoxos”.

Nuestro compositor (nacido en Vilafranca del Penedès en 1935)  estudia con Rosa Lara en su ciudad natal y más tarde, en 1960, con  R. Leibowitz en París (amigo de Schönberg y discípulo de A. Webern). En Barcelona trabaja con C. Taltabull, que estudió con Max Reger a comienzos de siglo, en Munich.

Como director del conservatorio de Badalona J. Soler ha ejercido su magisterio sobre toda una generación de instrumentistas, compositores, musicólogos y, en definitiva, de adscritos a las filas de la música. Por tanto, deseo manifestar en esta nota la influencia de su magisterio. Angel Medina, en la obra ya referida, cita entre sus discípulos a:  Albert Sardà, Miquel Roger, Benet Casablancas, Juan José Olives, Agustín Charles, Antonio Muñoz Zuñes. Zobgi, Pere Casas, Lluis Guzmán, Víctor Estapé, Miquel Fernández, etc.

La obra de Soler, según mi juicio humilde, deslumbra porque parte de la honestidad, tamizada por la personalidad –indisoluble de la percepción de lo “real” y espiritual– y posee un elevado matiz de atrevimiento, no se confunda este término último con  la voluntad de esgrimir lo “novedoso a toda costa”– al tiempo que  demuestra una coherencia que propicia en el compositor un idioma propio bajo la etimología de la tradición.  Por este motivo, no he podido abandonar el bosque musical de Soler desde que me interné en las variedades de su flora y fauna.

La lectura de cualquiera de sus ensayos y textos provoca un placer que difícilmente encontrará el lector en otras “literaturas”. Con una facilidad que sólo otorga el conocimiento, Soler anuda la cuerda de un tema con referencias musicales, filosóficas, cinéfilas, científicas…

Las influencias filosóficas y literarias de Josep Soler se adentran en Heidegger, Pseudo Dionisio Areopagita (de cuya obra ha realizado una edición y traducción excepcional), Flaubert, Blake, Rilke, el Maestro Eckart…

 Con firme ímpetu sostengo el convencimiento de la esencialidad, como esencia y esencial, de la obra (entiéndase en este caso tanto la musical, como la literaria, en ambos casos, manifestaciones de su universo) de Josep Soler. Su actividad resulta abrumadora: obra sinfónica, escénica, de cámara: sonatas, cuartetos de cuerda, etc. En su lenguaje musical el “acorde de Tristán”, sobre todo a partir de  mediados de los años 70, las fuentes de la segunda escuela de Viena, Gustav Mahler, del que anuncia que en el futuro sus sinfonías representarán lo que en la actualidad suponen las de Beethoven, Scriabin… Aunque no soy yo la persona más indicada para adentrarme en este terreno, una vez que Medina dedica páginas tan atinadas al estilo musical del maestro.

Mi admiración por el compositor se inició cuando leí algunos de sus escritos, se amplió cuando supe de los temas de sus óperas, once entonces, ahora ya trece: Agamemnon, La Tentation de Saint Antoin, Edipo y Yocasta, Jesús de Nazaret, Nerón, Murillo, La Bella y la Bestia, Macbeth, El sueño de una noche de Verano, Frankenstein, El Mayor Monstro los Celos, Faust, El Jardí de les Delícies; a las que sumo las óperas de cámara: El misterio de San Francisco, Die Blinde, Les noces d’Hérodiade (Mystère). Y mi admiración no dejó de aumentar cuando al fin pude escucharle a viva voz y a viva música.

Las notas del músico sobre sus óperas (Nuevos escritos y poemas, Libros del Innombrable, Zaragoza, 2003)  no sólo nos adentran en la estructura y la lectura de su pensamiento, sino que, al tiempo, conforman una breve historia del pensamiento. Gracias a la generosidad del compositor tuve la fortuna de acercarme a su ópera Edipo y Yocasta (en una grabación realizada en el Palau de la música en 1974), con libreto auspiciado por la tragedia Edipo de Séneca. La audición me sumió en la misma perplejidad y sorpresa (por lo novedoso que a mi pabellón auditivo le resultaba el magma sonoro) que experimenté ante  la  primera sesión ante el Concierto para violín op. 36 de Schoenberg, los Cuartetos de cuerda de Béla Bartok, el Don Giovanni de Mozart o el Officium Defunctorum de Tomás Luis de Victoria, por citar obras de distintas épocas. Con el tiempo supe que el latín en que la obra se enuncia, al igual que ocurre con Agamemnon  y Jesús de Nazaret, un idioma relacionado por la norma católica con lo litúrgico, aumenta prodigiosamente la tensión y el efecto “sagrado” de la “ceremonia” que Soler pone en escena. Para el músico, al igual que ocurre en el movimiento pánico (creado por Arrabal, Jodorowsy y Topor en 1963), aunque guardando la distancias prudentes entre las diversas concepciones artísticas, la escena, la tragedia, como ya anunció Aristóteles, se encuentra revestida de un carácter iniciático, purificador, catárquico,  que transforma la obra en un símbolo de enormes proporciones sustentado por la música y la palabra y que, por eso mismo, posee una ligazón sumaria con el rito.

Como no podía ser de otra manera, entre las obras literarias amasadas por Josep Soler se encuentra el volumen Poemas y Teatro del Antiguo Egipto, lo que confirma la voluntad ceremonial de sus obras para la escena. ¿Es preciso que refiera que tanto el teatro como  la ópera tienen su antepasado en las representaciones litúrgicas del antiguo Egipto, de la antigüedad griega?

Tal vez su obra más ambiciosa sea la ópera-oratorio Jesús de Nazaret (1974-2002) . Obra extensísima –el propio compositor reconoce que se debería dedicar dos días a su representación– y que, tengo el convencimiento que está abocada a convertirse en una pieza fundamental de la historia de la música.

 (Continuará)