Raúl Herrero

Generación.Net


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Hace 30 años, un 13 de diciembre, la pianista Pilar Bayona moría atropellada por un automóvil. Podríamos acostarnos sobre las abundantes páginas que podríamos escribir sobre la pianista como la miel que rezuma de los labios, pero no es cosa de abotargar al lector. En los textos sobre su vida insisten en su condición de autodidacta, lo que tampoco es decir mucho, pues poco o nada aprehenderá aquél que ignore las herramientas para adentrase en sí mismo y, sin dar ese paso en falso de los tobillos torturados por las aceras, autoinsuflarse el conocimiento a mares. Queda claro, por tanto, que Pilar Bayona poseyó talento, energía y curiosidad en tamaño suficiente para adentrarse en su época hasta los huesos, no sólo en el aspecto musical, sino también en el artístico en general… De lo siguiente se deduce que también debió ser una conversadora inteligente, ¿cómo sino hubiera encandilado a gentes como Cirlot, Camón Aznar o Ravel?

Durante su trayectoria estrenó obras como el Concierto Valenciano de Lopéz Chavarri (en 1928) , el Cuarteto nº 2 para piano y cuerda de Turina, o la Fantasía Homenaje a Walt Disney de Jesús Guridi que, por cierto, me acompaña en mis viajes encaramada a las tripas de mi reproductor ipod. En sus conciertos abundaron composiciones de autores contemporáneos, tanto españoles como extranjeros. Por otra parte huyó de las obras convencionales para piano de su tiempo, lo que no implica que incluyera a músicos de reconocido prestigio Así, con las premisas referidas, toda una generación escuchó por vez primera ciertas piezas de Ravel, Debussy, Granados, Falla, Esplá, Mompou, Tchaikowsky, Brahms, Balakireff, Moussorgsky, etc, de los dedos de Pilar Bayona.  Por ejemplo Joaquín Achucarro reconoce en su artículo en el libro Piar Bayona. 30 miradas: “La primera vez que oí Ondine de Ravel fue en el piano de casa, de manos de Pilar Bayona”.

El compromiso de Pilar Bayona, que viene a ser lo mismo que decir el amor de Pilar Bayona, por la música, queda patente en el amplio repertorio que elaboró durante su carrera. Por supuesto, como suele ocurrir en estos casos, tal virtud fue en ocasiones empleada por malintencionados con el propósito de trocarla en defecto. Y, claro está, este tipo de de objeciones proceden, a menudo, de los que carecen de esa facilidad para el arte que viene acompañada por una constante entrega al trabajo y al esfuerzo. Si bien es cierto, que la técnica y el empeño pueden poca cosa sino se integran en el oficio, es decir, “si ambas cosas no se transforman en algo tan sencillo para el artista como el respirar”,  Josep Soler dixit.

Pilar Bayona participó en ambientes artísticos tanto en Zaragoza como en el resto de España y en buena parte de Europa. Tabló amistad con Federico García Lorca, Juan Eduardo Cirlot, Luis Buñuel, Pepín Bello,  Luis García Abrines, Honoroy García Condoy (que realizaría un busto de la pianista), Mariano Esquillor y muchos otros. El libro ya referido, publicado con motivo del aniversario de la defunción de la pianista, Pilar Bayona 30 miradas, agrupa retratos y caricaturas que Julián Gómez, del Archivo Pilar Bayona, ha tenido la paciencia de recopilar con acertado tesón. Por otro lado, el volumen se completa con artículos de familiares, amigos y estudiosos.

Pilar Bayona también destacó como catalizadora de ensueños y pasiones, más o menos alteradas por lo sentimental. Lo dicho queda ejemplificado en la abundancia de obras que le dedicaron. En el terreno literario sabemos de poemas de Jardiel Poncela, Tomás Seral y Casas  y Juan Eduardo Cirlot. Este último durante su servicio militar en Zaragoza, le dedicaría un breve poemario completo “Pájaros tristes”, inspirado en la interpretación de la  pianista de la obra homónima de Ravel. O, en el terreno de la música, la “Sonata de Castilla” que le dedicó el maestro Rodrigo. O el dibujo de Benjamin Palencia…

Cuando nació Pilar Bayona, en 1897, por cierto, un año antes que Federico García Lorca, Zaragoza era una ciudad provinciana, bueno, no seamos excesivamente severos, digamos muy provinciana. En tales circunstancias todavía sorprende más que a una joven pianista los ojos se le abrieran, casi se le desgarraran, para reconocer y defender un tipo de música que para muchos oídos de la época resultaría como mínimo desconcertante. Ahora Zaragoza, es otra cosa. Es una ciudad provinciana a medias, depende de la mula que  baile esa noche en la plaza.  Pero lo mejor del caso es que si hoy continuara con nosotros Pilar Bayona, o un trasunto de su persona, y, por tanto, integrara en su repertorio obras de autores contemporáneos equiparables a las de su tiempo, muchos ciudadanos volverían su rostro con despreciativa actitud. Confieso que me hubiera gustado asistir a una de las conversaciones entre la pianista y Cirlot sobre Scriabin, o a una hipotética interpretación de la pieza de Josep Soler Coronación de espinas. Y también me hubiera gustado bucear de su mano por detalles de algunas de sus obras favoritas. O preguntarle por qué no le entusiasmaba demasiado Liszt.

Pilar Bayona fue música andante. ¿Es preciso recordar sus cursos en Jaca junto a Viajó y vivió para la música.  Fue una persona de verdad.

 

Para más información: http://pilarbayona.es/castellano.htm

El esforzado catedrático y poeta y dramaturgo, especialista en la obra de Fernando Arrabal, Paco Torres me invitó a Murcia a participar en unas actividades poéticas. Entre los presentes se encontraba mi amigo, miembro de la “liga de poetas”, además de  brillante editor, Juan Carlos Valera. De su boca escuché, por vez primera, el nombre del que más tarde sería mi amigo, dentro de una duda incuestionable: “¿Cómo? ¿Pero no conoces a Martín Marcos?” La “Liga de poetas”, recién llegada de uno de sus viajes con Fernando Arrabal, en un periplo por EE.UU. y, en concreto, por Chicago, se encontraba en uno de sus puntos álgidos. Varela me comentó: “ Es increíble. Vive en un pueblecito cercano a Burgos y  tiene un mucho talento”.

No recuerdo el momento, ni el lugar, ni el año  de mi primer encuentro con Martín Marcos, pero mi memoria mantiene viva la  extrañeza, que no rechazo, que me produjo. Me resultaba una persona enigmática, al tiempo  que  cercana. Sí recuerdo que entonces, como en tantos encuentros posteriores, le acompañaba José Rivela, “el trotaparnasos”. Mi curiosidad aumentó cuando en un momento de la confabulación gastronómica,  probablemente junto a uno de esos grandes del mundo académico o de los “grandes  xenios de España”, tan diminutos en espíritu al lado de mi nuevo amigo, Martín Marcos elevó su voz, a petición del propio Arrabal, para recitar dos de sus sonetos. Esta escena la vería repetida en diversos momentos y en los lugares más inverosímiles a lo largo de los siguientes años. Los poemas de Martín Marcos despertaron la admiración de grandes artistas, legos y nobles del mundo entero.

Siempre que tuve ocasión, desde ese instante, me procuré la compañía y conversación de mi nuevo amigo. Supe que contactó con Arrabal por correo electrónico, que les unía, además de la amistad, el arte y la literatura, pero, sobre todo, el profundo amor que ambos sentían por el ajedrez. En más de una ocasión participé, cual convidado de piedra, en conversaciones entre ambos donde surgían, como flotadores tras un naufragio, los nombres de ajedrecistas de los que no había oído hablar en mi vida (lo que en mi caso no es extraño, puesto que soy un neófito en tales asuntos). Con el tiempo Martín me instruyó en tales menesteres y llegué, incluso, a seguir con atención las peregrinaciones de ambos amigos por los mundos del tablero.

Jamás hablé a Martín de un autor que él no conociera. En cambió él sí me descubrió a mí algunos. Cuando me inicié en  la lectura de Ernst Jünger, él lo había hecho hacía mucho tiempo. Le comenté a Martín mi deseo de encontrar un libro del autor alemán donde describía sus experiencias con el LSD y su creador Albert Hofmann: Acercamientos: drogas y ebriedad. En nuestro siguiente encuentro me regaló su ejemplar de la obra. No quería  aceptarlo porque se trata de un libro de difícil localización, pero Martín me replicó que él lo había leído hacía tiempo y que, en vistas de mi interés, no le importaba desprenderse de él. Acepté la propuesta, pero le pedí  que me lo dedicara. Así lo hizo. Además incluyó en la primera página del libro uno de sus sonetos de propina. Desde entonces tuve cuidado de no revelarle si tenía tal o cual libro, porque si se encontraba en su poder se empeñaba en regalármelo. Poseía por tanto la más elevada cualidad del sabio: la generosidad.

Martín Marcos encontró el modelo de la  patafísica (ciencia que estudia las excepciones fundada por Alfred Jarry) en su pueblo Vilviestre del Pinar y, en concreto, en el llamado pino-roble. No estoy seguro si era el roble el que contenía al pino, o el pino el que contenía al roble, pero, en cualquier caso, ambos troncos convivían en un mismo espacio como el canguro y su cría. Ese descubrimiento le llenaba de orgullo.  Invitaba a presenciar ese descubrimiento patafísico a todo el que se encontraba en su camino. Nos llevó a muchos. Entre ellos al escritor Michel Houellebecq.

En cierta ocasión, me contó el propio Martín que abandonó la universidad en segundo de Historia porque una cierta necesidad vital le llevó a volver a su pueblo, trabajar en las ocupaciones que pudiera encontrar y dedicar el resto del tiempo a la lectura, el estudio de partidas de ajedrez y, en fin,  al amplio mundo de las artes y la cultura que tanto le fascinaban y que cultivaba a conciencia. El  mundo universitario le ahogaba.

Desde entonces vivió en una casa que heredó de sus padres rodeado de miles de libros (no es una hipérbole), de películas y de su gato. Durante uno de sus periodos de paro laboral  se acercó a un pueblo próximo porque, a cierta hora, los señores se asomaban a la plaza para elegir a los peones que trabajarían ese día para ellos (sí, esto sucede en pleno siglo XXI en España). Una vez en el pueblo  se sentó junto a una fuente para leer un libro mientras daba tiempo al tiempo. Llegada la hora de presentarse a la exhibición de podencos para el trabajo se dio cuenta que le quedaban unas monedas para tomar un café y prefirió pasar el día sumergido en la lectura. No se lleve el lector por esta anécdota  una impresión equivocada. Martín Marcos era un infatigable trabajador, me describió algunos de sus duros trabajos y doy testimonio de ello, pero poseía ese don de la libertad que en nuestro mundo civilizado se va perdiendo en nombre de la producción, ahora de la crisis, eso si no se apela a estancias más altas como la responsabilidad, la madurez y otra serie de tópicos que nada significan para los mismos que los pronuncian para evitar la palabra “esclavo”.

Martín Marcos ahorraba de sus escasos ingresos para acompañar a su amigo Fernando Arrabal en sus viajes. Si no tenía dinero para pagarse una pensión era capaz de dormir al raso en cualquier ciudad, pueblo o lugar del mundo. Y lo hacía sin resignación ni amargura, sino como algo natural. Así vivió Martín Marcos, con naturalidad y elegancia, como un dandy silvestre (ambos términos en el sentido más  positivo). Escribió poemas que se merecen reconocimiento y difusión. Fernando Arrabal en el recuerdo le dedicó en el diario  “El país” hace dos semanas  escribió “será reconocido como el gran poeta de su generación”.

Martín Marcos perdió la vida hace dos semanas con 47 años en un accidente de trabajo. Un quebranto lamentable para el mundo, para la cultura, para la literatura y para los pocos representantes de la dignidad humana que en el mundo quedan. Él me enseñó mucho tanto de la literatura como de la propia vida. Sin duda, sus amigos lo mantendremos en el aire por el que deambulan los dioses. Ahora es urgente recopilar todo lo que escribió para que no desaparezca y se esfume como el humo de una hoguera magnífica. No porque el mundo se merezca sus poemas, sino porque sus poemas y su figura ayudarán a otros  a soportar el mundo.

Hasta que nos veamos de nuevo, amigo.

Miss Morgue

3-Septiembre-2009

En Ciudad Rodrigo, durante la XII feria de teatro de Castilla y León, tuve la oportunidad de asistir a la representación de la obra Miss Morgue de Zanguango Teatro. Y, al revés y de revés a lo que suele hacerse en estos casos, comenzaré este texto por el desenlace o la conclusión: la pieza me resultó muy interesante y me satisfizo tanto la obra, creación colectiva de los miembros de la compañía, como la resolución de la misma.

Mis Morgue una fábula sobre la soledad, la oposición entre muerte y vida, así como una reflexión sobre el significado “profundo” de tales palabras. Mas en escena asistimos tanto a la muerte como a la resurrección, pero a una resurrección alejada de lo dogmático, de Cristo, de Osiris, de los mitos solares, al  menos en principio; una resurrección cercana a los cadáveres desenterrados y reconstruidos cachito a cachito (mío, pedazo de cielo que Dios creó…) del doctor Frankenstein. Durante la primera parte de la obra se escucha la banda sonora del film Frankenstein (1931) de James Whale . No sé si también han introducido algún extracto de La novia de Frankenstein (1935), pero no lo descarto. Así cuando se nos presenta un sujeto en un depósito de cadáveres y la llegada de nuevos cuerpos. a luz de los extractos auditivos del film mencionado, la imaginación de cada espectador añade a lo que sucede sobre las tablas su propia cosecha de miedos y premoniciones. La interrelación sonora con la acción es sobresaliente y la música original del montaje a cargo de Oscar García Villegas resulta soberbia.

El acercamiento a la muerte que propone Zanguango Teatro constituye una osadía necesaria. Vivimos en una sociedad de sublimación científica que esteriliza la muerte al tiempo que la transforma en un tabú, en algo que atemoriza al individuo más que en cualquier otra época. La juventud, la lozanía perpetua, como la cárcel ídem, se ofrecen como ideal estético. Incluso empieza a trasladarse el temor y el silencio sobre la muerte a la vejez. En la vida cotidiana aumentan los detalles que promueven una falsa precaución ante el hecho de la senectud que ocultan vergüenza y temor.

También desde un punto de vista antropológico se evita toda mención a la muerte. Así la gente palidece por miedo o aprensión cuando en una reunión social se habla de la hermosa costumbre de algunos pueblos de la práctica del canibalismo ritual de los cuerpos de  familiares fallecidos, o de su momificación y exposición permanente como miembros del grupo… La muerte y todo lo que la rodea se emparenta con personas morbosas, como si al establecer cualquier vinculación con algo común a todos los mortales, se cometiera un atropello o un gesto de mal gusto.

Con una elaborada dramaturgia en Miss Morgue se ofrece una lección de la pantomima –en el mejor sentido del término, en el que tanto defendió, por ejemplo, para su cine mudo Charlie Chaplin— a través de la piel de tres estupendos actores: Raúl Camino, Begoña Martín Treviño y Miguel Garcés.

La escena de pesadilla donde se recrean los males de la “vida” y las tensiones a las que nuestra sociedad somete a un individuo recrean una narración vital y con abundantes logros plásticos. Las sombras de la locura que desprende este fragmento de la pieza también resultan muy acertadas. En la plasticidad reside otro de los puntos fuertes del montaje con elementos que van desde los ambientes que me recuerdan a Alicia en el país de las maravillas (como el extraordinario acierto del hombre cerdo) hasta delirios propios de una película underground, etc.

Desde mi butaca pensaba en la novia cadáver, en la de Tim Burton y en la de Espronceda; en el romanticismo más desgarrador, en la novela gótica, en las pinturas de Gutiérrez Solana y de Anglada Camarasa, en las danzas de la muerte de la peste negra, en la fiesta de los muertos de México, en los libros de la buena muerte medievales, etc.

El final rotundo de la pieza, a mi juicio, rasga el velo de la tensión y muestra el sentido de festividad que ciertas culturas y grupos sociales encuentran en la muerte: desde los fanáticos religiosos hasta los evangelistas más raciales, o los hermosos entierros bajo el palio de jazz de Nueva Orleáns… Y no pude evitar que repicara en mi cabeza el aforismos de Raimundo Lulio: “Toda muerte que procura la vida, es buena muerte”.

En definitiva un servidor recomienda a Miss Morgue como la próxima miss España. ¿Tal vez la gripe A nos ayude a todos?

Lectura, ¿qué es eso?

17-Julio-2009

PICT5039 “El 40% de los españoles no lee ni por asomo”. Este titular lo encuentro en varios periódicos. Y aunque a mí me parece una noticia excelente resulta que la prensa lo comenta como un hecho terrible. ¿Sólo el 40 por ciento no humedece sus ojos en las letras? ¡Tantos leen! A juzgar por la situación del mundo, las ventas de los libros y la desidia cultural que reblandece al propio calor, un servidor creía que los no lectores ascenderían no a los cielos sino al 99 % y no de los españoles, sino de la raza humana.

Recuerdo, es un decir, porque un servidor no tiene nociones de su existencia por aquel entonces, a los vates que recitaban de memoria poemas, gestas y avatares de un pueblo, de una civilización… Recuerdo a ese ciego en la acrópolis de Atenas con la espalda algo encorvada en sentido inverso, es decir, en dirección al cielo, mientras su boca pespuntaba la ira de Aquiles, los viajes de Ulises, los amores de dioses, hombres y de los elementos… Los que escuchaban tales historias, los que conversaron con filósofos como Antístenes, Platón, Sócrates  o Diógenes se encontraban más próximos a la raíz de lo que llamamos cultura o conocimiento que la mayoría de los indígenas que hoy pululan por universidades y otros lugares de esparcimiento público.

Y otra cosa, ¿qué leen los que no forman parte del 40 por ciento? Porque uno puede dedicarse a rumiar la prensa, a dormitar con el best-seller de turno, a sentirse acompañado en el retrete con una revista del corazón, o a morir en vida con una de esas tediosas lecturas obligatorias de instituto que incrementan (o hinchan) las ventas de algunos autores hasta que la enfermedad, o la hinchazón, alcanza tal purulencia que la enfermedad se extiende por la sociedad y el susodicho autor venden los libros por impulso de los propios lectores. ¡Todo apoyado en la muleta de la publicidad literaria y aerostática si fuera menester!

Y es que, claro, primero en la vida uno tiene que formarse, que estudiar (¿es preciso que les hable del analfabeto latente que se oculta tras todo licenciado –vidriera- ?) , tras el esfuerzo conviene divertirse con la televisión o, mejor aún, con las desternillantes lucecitas de los garitos; además está el trabajo que ocupa el 80 por ciento del tiempo de muchas personas, luego es preciso dormir; con el calor, desde luego, de lecturas ni hablar, o, en todo caso, cosas ligeritas, como la ropa… Y en invierno, con todas las obligaciones, ¡para leer estamos…! Y además, que uno se duerme cuando se recuesta con un libro entre otras cosas porque está acostumbrado a las imágenes de una extrema violencia (me refiero a la velocidad de las mismas). Por otro lado que pensarían nuestros vecinos si nos encontraran acostados con un libro, luego vienen las murmuraciones y los cotilleos. Y, ¿quién va a leer algo en esas condiciones? Por otra parte el deporte es muy sano y tiene una ventaja: no es preciso saber leer para practicarlo.

Un editor  ha tenido una gran idea según supe por la prensa. Ha publicado un libro en un rollo de papel higiénico. ¡Eso sí! La leyenda de Jack Kerouac nos cuenta que él escribió el manuscrito de On the Road en tal soporte. No lean señores, ¿para qué? Así se evitarán problemas de pensamiento, palabra y obra. Ser idiota no puede ser tan malo, sino miren a su alrededor. Ya lo dijo un no-amigo mío. Pero ¡si se puede ser feliz sin leer! Lo que me suscitó la siguiente duda: si se la vida consiste en ser feliz, ¿por qué no nos sometemos en masa a una trepanación cerebral y asunto resuelto?

Ramón

4-Julio-2009

ramon_gomez_de_la_sernaSe ha abusado en manuales de la frase “su obra equivale a toda una literatura”, pero pocas ocasiones tendremos de emplearla con tanta justicia como en el caso de Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 3 de julio de 1888–Buenos Aires, 13 de enero de 1963).

Hijo de un jurista, la personalidad, la vida de Ramón constituye un ejemplo de lo poco que puede hacerse cuando la vocación literaria y poética retumba en un alma.

Publicó Ramón con 17 años según algunas biografías, con 15 según refiere el mismo autor en el prólogo de su libro Pombo,  el título Entrando en fuego. Se ocupó él mismo de su distribución por Madrid. Cuando pasado un tiempo prudencial volvió a las librerías para sumar o restar las ventas del título descubrió que, en la mayoría de los comercios, ¡ni siquiera habían desempaquetado los ejemplares! (Esa misma hermosa experiencia, aunque ahora no venga a cuento y sin querer uno situarse uno a la altura del gran Ramón, la sufrió quien este escribe en sus cárnicas carnes. También coincidimos ambos en la edad: él con quince o dieciséis y un servidor con diecisiete.)

En 1910 bajo pecunia paterna, es decir, que tras la tortura constante del hijo con vocación de escritor sobre un padre agotado, amanece la revista Prometeo bajo las órdenes de Ramón. Según Miguel Pérez  Ferrero: “En esa revista nace la Greguería”.

El intento de clasificar y definir al género de la greguería ha ocupado miles de páginas, tanto del propio autor, como de sus contemporáneos y de los inevitables forjadores de la ortodoxia que alcanza la categoría de materia de estudio. Por mi parte prefiero señalar un par de ejemplos de las mismas: “El rebuzno es un suspiro frenético” y “Los pájaros de pico largo parece que se están fumando el cigarro de su pico”. No piense el lector que he buscado a conciencia los ejemplos, sino que he preferido seleccionarlos bajo el método tan dadaísta de abrir al azar las páginas de un libro donde se incluían una agrupación de las mismas. Con el tiempo esta forma de expresión se convertiría en la máxima representación del autor para los manuales y a los lectores de prensa. El sistema de la greguería lo llevó también a la novela y así “inventó” esa forma suya de novelar donde la acción y los personajes avanzan a golpe de greguería. Véase por ejemplo las novelas El torero caracho o El hombre perdido.

Cuando la editorial Circulo de lectores/Galaxia Gutenberg se propuso, en los años 90 del siglo pasado, la publicación de la Obra Completa de Gómez de la Serna muchos, incluso algunos de los que supervisaban la obra, sonrieron con indulgencia… Ramón escribió tanto y en tan variados soportes, incluso en las revistas más inverosímiles, que la idea de agrupar los escritos “completos” resulta más una aspiración que una realidad. Ramón fue una máquina de escribir.

El humor que demostró en mucha de su literatura, un humor dulzón, o negro, o blanco o de cualquier otro signo, desde ingenio, a la armazón poética más pura, convirtió a Ramón en maestro de la generación del humorismo (no confundir con intrascendencia) que pasó por Edgar Neville, Tono, Jardiel Poncela, y que eclosionó, después de la guerra civil, en la revista “La Codorniz”. Pero, al tiempo, la influencia de Ramón también fue notoria en el grupo del 27: prosistas, periodistas y, por supuesto, en los poetas. En una de las algunas rencillas entre algunos ellos hubo quien manifestó que cierto poemario no era otra cosa que un catálogo de frases que imitaban a las greguerías de Gómez de la Serna.

Ramón fundó la famosa tertulia del Café Pombo donde se dieron cita grandes personalidades literarias de España y también del mundo. Por allí pasaron Eugenio D’ors, Salvador Dalí, Federico García Lorca, Rafael Cansinos-Assens, Tomás Borrás, José Ortega  y Gasset, Miguel de Unamuno, José Bergamín, Jorge Luis Borges, Luis Buñuel, etc, etc.

La tertulia del Pombo fue inmortalizada por uno de los pintores favoritos del propio Ramón: José Gutiérrez Solana, al que le dedicaría un libro.

Y ése es otro asunto. Porque Ramón no sólo se ocupó de la novela, sino que escribió libros sobre temas de cualquier índole, incluidas  biografías,  la mayoría pueden incluirse en la denominación del ensayo pero otros… Francisco Umbral, que tanto bebió del Ramón periodista, le dedicó un libro monográfico donde afirmó: “Escritor sin género, Ramón es el creador de todos los géneros fingidos, hasta que se encuentra a sí mismo en el ramonismo y en sus biografías (que también son biografías fingidas). Sus grandes libros son los inclasificables: El circo, Senos, Pombo, Elucidario de Madrid, El alba, El Rastro, que no son historia ni erudición ni crónica ni reflexión ni ensayo, sino todo eso  y algo más, o sea el ramonismo. Y su Automoribundia, claro, que se inscribe en el género de las memorias, pues las memorias y los diarios íntimos suelen ser los géneros-refugio del escritor sin género”.

La curiosidad, la imaginación y la desenvoltura de Ramón le llevaron a interesarse por las vanguardias artísticas que nacían con el siglo XX y que eclosionaban en el mundo. Y, por esta causa, ha pasado por el introductor de la vanguardia en España.  Se ocupó de la publicación del “Manifiesto del Futurismo” de Marinetti al que incluyó un prólogo, por ejemplo. A pesar de su casticismo y de las anclas madrileñas de su literatura, su personalidad, al tiempo, soplaba como un torbellino que arrastró tras de sí a la entonces llamada “literatura garbancera” y a los restos de un decadente “modernismo”. ¿Una paradoja? También fue uno de los primeros literatos en interesarse por el cine, al que dedicó entre otros el libro Cinelandia. Pero además, en algunos de sus escritos se ocupa de los nuevos héroes, los de la pantalla, como Charlie Chaplin. Ese mismo interés le llevó a participar como actor en las películas de Ernesto Giménez Caballero “Esencia de verbena” y “Noticias de cineclub”, ambas de 1930. También se puede ver a Ramón en el cortometraje rodado por Feliciano Vitores de 1928 “El orador”. Entre lo más curioso de su obra  se citan un nutrido y curioso grupo de guiones cinematográficos.

Además fue un apasionado del circo, lo que le llevó a pronunciar una conferencia a lomos de un elefante o sentado sobre un trapecio… Algo que entonces, como hoy, escandalizaría a los serios y estirados literatos. Entonces las “liendres literatas” lo deploraron porque lo consideraron una extravagancia, ahora los hijos de esas liendres simplemente dirán, de alguien que se proponga tal o cual acción poco “académica”, que eso ya lo hizo Gómez de la Serna y, así, entre tanto, los inmovilistas continúan con sus escrituras perfumadas de decrepitud (a las que disimulan bajo el apelativo de comprensible, de novela tradicional y que, hace unos años, también se perpetraron bajo el epígrafe de “literatura social”).

El día en que Gómez de la Serna se topó por las calles de Madrid con el peculiar poeta y sablista Pedro Luis de Gálvez con dos pistolas al cinto, el bueno de Ramón comprendió que a la mínima le pegarían dos tiros. Y, por este motivo, antes del inicio de la contienda, se exilió a Argentina, a Buenos Aires junto a su esposa Luisa Sofovich. Y continuó con su maratoniano trabajo.

Algunos refieren que al alejarse de Madrid Ramón perdió algo de su chispa, de su “duende”, hubiera escrito Lorca. Sin embargo, un servidor no comparte tal opinión. Lo que ocurrió sucede es que las circunstancias transforman al escritor y, en su caso, le dotaron de unas características tal vez menos “festivas”. Pero no se puede exigir a un autor que el dolor del exilio no se refleje en su obra. A esto cabría sumar su interés por el misticismo y la religión que aflora en sus últimas obras.

Antonio Fernández Molina nos revela en un artículo Mosaico ramoniano: “Por mi trato epistolar con Luisa Sofovich pude conseguir un pequeño libro de Ramón: Caprichos inéditos, para la colección “La esquina”, de Antonio Beneyto. Cuando después se hizo una colección con este título en la editorial Picazo facilité mi ejemplar de El incongruente para que editase ese libro y la nueva edición también apareció con cubierta dibujada por mí, como el anterior. Ramón vivió el arte con entusiasmo de poeta y además de cultivarlo como dibujante, dedicó muchas páginas lúcidas apasionadas al tema. Al arte avanzado de su época y al arte vivo del pasado que actualizara con sus inspirados y audaces comentarios. Bien digno de ser leído por cuantos se interesan por el arte hoy, sin embargo un libro tan famoso e imprescindible como su Ismos no parece que se haya leído con cierta atención por algunos de quienes era de esperar lo hicieran suficientemente bien. Me refiero al artista catalán J, Batllé Planas, quien residió durante muchos años en Argentina (fue profesor de pintura de la gran poeta Alejandra Pizarnik). (…) Posteriormente esa relación epistolar Luisa Sofovich facilitó la publicación de “Mi vida con Ramón”, donde la que fuera esposa del escritor da rienda suelta a sus recuerdos y a la convivencia con el gran Ramón.”

El libro se publicó en Ediciones Libertarias en el año 1994 en edición de Antonio Beneyto.

La influencia de Ramón se mantiene en el grupo del “realismo mágico”, de la “generación del 51” y del Postismo, incluso en el “movimiento pánico” y en la obra de Fernando Arrabal.

Ernesto Giménez Caballero en su libro Retratos españoles recordaba así la última visita de Ramón a España tras la guerra civil: “Ramón volvió en 1949 acompañado de su esposa, la escritora argentina Luisa Sofovich. Le recibió Franco, dimos su nombre a la calle donde nació, la calle de las Rejas, cerca del Palacio de Oriente. Le ofrecimos un banquete en el Ritz y celebró las últimas reuniones de Pombo…” Una leyenda, o un rumor, aseguraban que Franco le preguntó al escritor porque no se quedaba en España, a lo que Ramón replicó: “No soportaría escuchar en las calles de Madrid a los que hablan mal de su excelencia”.

Muchas cosas me dejo en la tinta, en el tintero y en el mutis de las teclas como la pasión por el dibujo de Ramón, algunos de sus libros y artículos más sorprendentes (como aquel en el que relataba su paseo por el Museo del Prado una noche a golpe de linterna), el último de sus libros que al parecer quedó incompleto y que estaba dedicado, como era de esperar, al pintor Salvador Dalí, las historias de su torreón en la calle Velázquez de Madrid que compartía con una muñeca a tamaño natural, su conferencia en el Concurso de Cante Jondo organizado por Falla y Lorca en Granada en el año 1922, su teatro todavía quizá no lo suficientemente valorado (como Los medio seres), etc. ¿No pretenderán que me pase el resto de la tarde escribiendo para ustedes?

Por cierto, el pasado 3 de julio fue el aniversario de su nacimiento. No se detengan en la lectura de los obituarios y ocúpense de sus obras. Morirán más felices.

La muerte civil

25-Junio-2009

00censura Fueron el comunismo estalinista y el nazismo los que, tal vez, implantaron con mayor éxito lo que se denominó la “muerte civil”. ¿En qué consistía tal práctica? En lugar de programar la eliminación física de todo disidente, por aquello de respetar las formas, y tal vez para evitar que a estos regímenes la sangre les alcanzara hasta las orejas, estos estados se decantaron por sumir en el silencio cualquier forma de participación y presencia en la sociedad de un individuo. Tenemos los casos en nuestra historia reciente de Milan Kundera y Ágnes Heller.

En la práctica, al disidente se le negaban los medios de comunicación del estado para difundir sus actividades, ya fueran artísticas, literarias o de otro signo; si por ventura el individuo se ganaba la vida como profesor se le expulsaba de su puesto, y se le negaba la posibilidad de practicar la enseñanza en cualquier foro, si era escritor se le impedía publicar, incluso si era posible fuera del país, se le cerraban los salones del arte si se dedicaba a al arte…

Sin embargo, esta forma de actuar no la emplearon con exclusividad estados totalitarios, sino que también se dio en gobiernos supuestamente democráticos. El ejemplo más aberrante lo constatamos en las listas negras o caza de brujas de la década de los años 50 del pasado siglo en EE.UU.

Tal vez ustedes, mis amados lectores, en un arranque de ingenuidad piensen que la “muerte civil” forma parte del pasado, al menos en países democráticos… pero no es así. En la actualidad la existencia de cenáculos, léase también camarillas, que controlan y disponen de medios de comunicación, organización de eventos, discográficas, premios literarios, publicaciones bendecidas por los auspicios de tal o cual universidad, ejercen esta misma violencia intelectual con cierta impunidad amparados en el “criterio” que se les supone. En los ángulos de la cultura, por donde intenta moverse un servidor a pesar de bozales y correas, puedo afimar con categoridad a mis amados lectores que existe “la muerte civil” a todas luces. La relevancia de una obra de arte, o de un libro, se apunta por una mixtura de valores objetivos y subjetivos. Aquel que pretenda valorar una actividad humana, cualquiera, desde la creencia en una pura e inmaculada objetividad o es un iluso, o un aprendiz de “matarife”. Dando por sentadas tales estructuras, no existe justificación para el silencio que ciertas camarillas imponen en sus fueros a propuestas culturales, autores, o actividades de signo artístico, que objetivamente poseen, al menos, la misma o equivalente importancia que otras a las que se bendice y difunde. Al principio, un observador puede suponer que la diferencia en el volumen del eco de la propuesta estriba en la fortaleza del que ofrece el soporte. Es decir, no es lo mismo una novela publicada por una gran editorial, con su sistema de publicitación, que una editada en una pequeña editorial; no es lo mismo una exposición organizada por una galería en ciernes, que por una sala de prestigio, o con más posibilidades económicas. Aunque este hecho posee su influencia y conviene asumirlo, relativamente, proponiendo formulas imaginativas, en algunas circunstancias los “extraños fenómenos” de linchamiento o de silencio superan esos límites.

Todavía recuerdo cómo al comienzo de mi labor editorial, hace más de quince años, un prestigioso crítico, al que le han llovido blasones y glorias, locales claro está, denominó a una propuesta editorial marginal pero digna de “efímera” para justificar que su negativa siquiera a reseñarla. La tal propuesta efímera, ya había publicado por entonces a Fernando Arrabal, Gabino Alejandro Carriedo, Antonio Fernández Molina, una antología de poetas futuristas rusos (inéditos entonces en España), Blaga Dimitrova (una institución de la poesía búlgara), Fernando Mendes Viana (laureado poeta brasileño), etc, etc.

Al mismo tiempo este literato y periodista blasonado publicaba en su diario hasta las muescas de la mesa que escribía su santísima esposa, una escritora de prestigio y altura. La consorte, para no ser menos que su esforzado esposo en su apoyo a editores y autores noveles, en cierta ocasión espetó: “Con una llamada de teléfono puede hacer que alguien no vuelva a publicar en toda su vida”. Por supuesto, las iras de la pareja infernal se originaban cuando uno se negaba a realizar el rito de paso que exigían, el cual, básicamente, consistía en el que se atribuyó a los templarios, (para los que no lo conozcan referiré que, según el tribunal que condenó a la orden, el neófito besaba el trasero al Gran Maestre); como decía, si alguien se resistía a tal comunión se le negaban las puertas a los salones literarios dominados por los citados, lo que, para algunos escritores suponía, por añadidura, la clausura de sus comedores.

Este caso personal no es un incidente aislado.  A veces, la antipatía surge por la negación a participar en el citado rito, otras por simples controversias estéticas o literarias, incluso políticas… Desde luego un periodista o escritor tiene la libertad de hablar, escribir o difundir lo que considere, pero si su función se ampara en un medio de información ese ministerio de censor y de revancha, a mi entender, carece de justificación. Lo mismo diría si el hipotético personaje gestiona dinero público y promueve publicaciones, o exposiciones, o conciertos… Si me propusiera un catálogo pormenorizado de situaciones como las referidas crean, mis amados lectores, que podría entretenerles durante años con un artículo semanal. No podemos achacar ciertos silencios y omisiones a la falta de interés de los medios, ni al despiste, tampoco a la idiotez imperante . Existen individuos concretos, sentados en lugares específicos, que promueven “la muerte civil” y es preciso combatirlos a sangre y fuego.

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El 9 de junio el pato Donald cumplió 75 años. Y, en ese mismo día, me topé con dos lindes extremas del mundo editorial y de los libros.

A primera hora de la mañana un señor, que durante años se ha ocupado de la venta de vinos  o de cualquier otra cosa semejante, ahora metido a editor, me  subastaba un libro interesante que, por algún motivo del extraño destino, ha caído en sus manos para desgracia de la cultura y beneficio de su bolsillo. Está claro que el libro necesita de una industria y que los editores deben velar por el negocio del mismo, con el fin de seguir ejerciendo su función y ganarse la vida. Pero este “negocio” no puede medirse, o mejor dicho, no debe medirse  con los mismos patrones que las churrerías (y no sólo por el aceite y la freidora). Les mencionaré un ejemplo contundente: el mundo no será mejor si existe cierto modelo de coche, o de reproductor de vídeo o de música, o si  una plancha interpreta canción española mientras expulsa sus vapores, en cambio, el mundo y sus habitantes pueden empeorar si se les priva de la posibilidad de la lectura de ciertos libros imprescindibles, o del simple juicio crítico que la lectura despierta.

La decisión de arropar el futuro del libro bajo el palio de las ventas, o en los auspicios del interés personal de “unos elegidos intelectuales”,   resulta equiparable a permitir que otros decidan nuestras lecturas y, por extensión, una parte muy importante de lo que nos acredita como individuos. Si a esto unimos la pereza intelectual que la sociedad fomenta la cretinización resulta evidente. Para romper con esas “doloras” se precisa de editoriales pequeñas y editores que se atrevan a perder dinero, o incluso que se introduzcan en el mundo editorial con “vocación”, una palabra en desuso que tanto significa.

Quienes vociferan que la industria del libro, léase de la música o de cualquier otra forma de arte, debe considerarse como un “negocio más” añaden a nuestro mundo una letra en el fin de “interés general” de  completar la palabra “alienación” en los individuos. Tampoco las ayudas del estado conforman una solución a las posibles pérdidas de editores, puesto que la independencia de la cultura debe primar por encima de todo. La única manera de atajar el problema reside en la educación y en unos medios de comunicación que fomenten el juicio crítico. Probablemente entonces todo libro tenga su lector.

Ese mismo día, el del cumpleaños del pato Donald, tuve la suerte de encontrarme en la preparación de cierto acto con José Luis Orós. Durante nuestra conversación me regaló  un catálogo primorosamente editado y encuadernado. Y resulta que mi amigo lleva un tiempo metido a editor de libros artesanales y tiene , entre sus cometidos, la recuperación de grabados antiguos y de obras de bibliofilia desaparecidas. Los ejemplares los realiza ayudado por su esposa Nieves Francia; ellos encuadernan, preparan el papel, imprimen, se ocupan de tratar los grabados…. Según reza l a portada del catálogo: “Se hacen uno a uno… con ALMA”. Paso las hojas y me encuentro con el increíble libro Monstrorom, con una selección de marcas de impresor, con grabados de una edición de La Celestina…

En posturas como la de mi amigo Orós reside la posible salvación de nuestro mundo decadente.  Desde luego  mi amigo se encuentra en las antípodas de los editores que invierten en títulos como si lo hicieran en la bolsa. La voluntad de esa pequeña editorial “de libros imposibles” nos ennoblece a todos, tales esfuerzos asegura la continuidad de ciertos individuos dignos de serlo.

Todavía recuerdo durante un congreso a un pequeño editor sonriente que aseveraba: “No quiero que mi editorial sea como la de esos poetas que no venden ni un libro”. En ese momento supuse que se refería a Concha Méndez y Manuel Altolaguirre y a su editorial Héroe donde se publicaron buena parte de las obras de la generación del 27; o tal vez lo mencionaba veladamente el editor  a esas colecciones heroicas de la postguerra española donde comenzaron a publicar autores como Ángel Crespo, Gabriel Celaya, Gloria Fuertes, Juan Eduardo Cirlot, Francisco Nieva, Antonio Fernández Molina…, o a las editoras de la primera edición del Ulises de Joyce, o remontándonos algo más, quizá se refería a Juan Boscán que se empeñó en publicar, en una de esas arbitrariedades de poeta, los versos de su amigo Garcilaso de la Vega.

Pero mientras ese pequeño editor se vanagloriaba de su imperioso deseo de lucrarse a toda cosa y menospreciaba a los que con su esfuerzo han inseminado la cultura recordé un tiempo lejano. Un tiempo que rememoro con nostalgia, una época en la que los hombres no hacían ostentación de sus debilidades y, menos todavía, de su mezquindad.

 

Y todo esto sucedía y recordaba durante la onomástica del pato Donald…

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Se nos dice,  se rumorea, se afirma que en el Neolítico, e incluso en tiempos pretéritos,  los individuos se organizaban en grupos, en tribus, lo que facilitaba la supervivencia tanto del sujeto como del grupo. Así mismo, el mayor castigo consistía en ser repudiado por la tribu, ya que las posibilidades de supervivencia decrecían tanto por las amenazas naturales como por la existencia de grupos rivales.  Este mismo comportamiento los antropólogos lo han observado en lugares remotos, de los pocos que todavía quedan, de África o Asia, donde se permite (el fantasma del progreso lo permite) la existencia de tribus a su más o menos libre albedrío. Si bien el referido albedrío, a veces, es perturbado por cámaras de televisión que tienen a bien el mostrarnos las costumbres de estos grupos por desgracia casi extintos.

La existencia y señales de identidad de estas tribus van acompañadas por rituales que reafirman la pertenencia de pleno derecho del individuo al grupo, lo que se ha llamado ritos de paso o de iniciación. Esto nos da una idea del contenido sagrado, del contenido trascendente, que en estas sociedades posee toda actividad cotidiana, y no sólo las extraordinarias como las bodas, o los entierros. Incluso la geografía se trasciende para imbricarla con las historias que de forma tradicional y oral se conservan con el propósito de trasladar unas enseñanzas  que superan lo que ahora definimos como “utilidad inmediata”. A lo largo de la historia ciertos grupos humanos mantuvieron unas costumbres, ideologías y hábitos, aunque se vieran obligados a convivir dentro  de sociedades de otro signo,  y así comenzaron a manifestarse grupos más pequeños dentro de sociedades mayores.

Por algún motivo, probablemente porque así sea, sociólogos y psicólogos de diverso pelaje consideran que esa necesidad de permanencia a un grupo subsiste  en lo que suelen identificar como el “subconsciente colectivo” y que yo definiría como un impulso de origen, en teoría, desconocido que nos identifica  con unos reacciones hasta cierto punto previsibles. La terminología más actual ha transformado esa “ansia” en lo que los psicólogos resumen como “la necesidad de sentirse aceptado en un grupo”. Puesto que las sociedades actuales han crecido de manera alarmante se han originado las camarillas dentro de una masa con la que resulta difícil identificarse. Un ejemplo de esto lo encontramos en las llamadas tribus urbanas, que suponen un  aspecto degradado y caricaturesco de las  tribus auténticas donde el vestuario y las creencias poseían unas orígenes tradicionales y hasta mágicos, que se perdían en la oscuridad celeste.

El deporte y los equipos han fomentado las banderas y signos para recrear, tal vez, la que podemos considera la  versión más decadente de una tribu. Un grupo de personas, en la que el enclave  geográfico ya no es definitivo, aunque todavía se mantiene la correspondencia de un equipo con una ciudad o con un país, cuyo vinculo de unión consiste en el “ansía” de que su equipo triunfe sobre otro. Y es en este punto, donde se fomenta una de las mayores trampas de la sociedad actual, la pertenecía a un grupo sobre todo para “vencer” a otro. El uso de esa “necesidad de pertenencia” también lo han avivado las empresas con sus banderolas, sus colores y sus cifras de ventas. En este aspecto la decadencia llega a su culminación cuando un sujeto pertenece al lugar donde trabaja como identidad y cuyo triunfo se resume en vender más que el oponente. En estas “tribus” se repiten patrones como el héroe, el traidor, incluso el que precisa ser iniciado…

El gancho deportivo fomenta una receptividad hacia una pertenencia “grupal” que cultiva el fanatismo y que se emplea en el marco de la sociedad  con otros objetivos, la productividad y el control social entre ellos,  y cuyo propósito no es otro que la manipulación. Sin duda, el fomento de los valores deportivos en nuestro mundo actual va de la mano de esta tendencia alarmante a la “cretinización”,  que alimenta las bajezas de todo signo. Semejantes parámetros se encuentran en la política, donde prima más la victoria de un grupo que el contenido programático del mismo. Buen ejemplo del resultado antidemocrático, que redunda en oligarquía y en sectarismo, lo tenemos en la llamada disciplina de partido.

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Otras generaciones hubo que combatieron en las trincheras, que fueron solapadas por el pernil de la autoridad, o que se enfrentaron a mil y una incomodidades y obstáculos de todo pelaje, o que, simplemente, decidieron poner flores en el cañón de los fusiles (como ocurrió en los años 60 del pasado siglo). El descontrolado uso de las drogas y la adulteración de las mismas terminaron con esas ínfulas que generaciones de otros tiempos pergeñaron. Posteriormente la creación de un ideal  al que se denominó “éxito” y la necesidad de “aceptación social” se ocuparon de amaestrar a los ciudadanos del bienestar. Pero por si todo eso no fuera suficiente la falsa idea de progreso utilizó el siguiente eslogan: “Fórmese usted (y confórmese) y le aseguramos un porvenir brillante (diamantino y acrisolado)”.

Sin que siempre se diga abiertamente se hizo creer a una generación (o ya a varias generaciones) que la formación les haría libres. Para algunos esa prebenda incluía la aceptación de los desatinos del sistema. De este modo se crearon universidades privadas que, gracias a sus contactos, prometieron que de entre sus fieles todos saldrían “colocados” (es decir con un puesto de trabajo, no me malinterpreten).  Y alguien se hizo rico. Luego, por esas cuestiones de la competitividad, una mente privilegiada esputó: “Es preciso complementar la formación con la especialización en ciertas materias”. Y surgieron los másteres, así los primeros de esa generación tuvieron un lugar donde trabajar y alguien ganó unos dineros”.

Pero, ¡oh dioses del infortunio!, cuando esa generación salió al mundo entre algodones y visillos, cuando descubrieron que había cien millones de “clones” como ellos, cuando comprobaron que desenvolverse en las relaciones laborales no es exactamente lo mismo que el estudio, cuando comprobaron que el talento no se compra con el nombre de la universidad a la que uno pertenece, ni con el papel de un título que puede ponerse con una chincheta en la pared, se levantaron los pilares de una generación de “frustrados”.

Y así, esa sopa que agrupa ingredientes a los que se les prometió todo, a cambio de un canon, y que ahora descubre las orejas del engaño,  ahora regurgita a un buen número de personas cuya profesión se reduce a las aspiraciones esquilmadas, al estudio sin objetivo, a las mieles que se les niega… Porque se les dijo: “Yo tu dios, el sistema, te aseguro que si te sacrificas y aceptas todo te otorgaré la gloria”. Y ese mismo Dios ahora les ha negado a sus siervos la participación del éxito y se encuentran entre los parias, a los que antes repudiaron y a los que miraron por encima del hombro. ¿Y ahora qué?

¿Podrán  esos seres de  mente artificial comprender que el conocimiento es un bien en sí mismo aunque no les conduzca a la gloria “terrenal”?  ¿En algún momento  esas mentes deformadas por “el beneficio inminente y a ser posible pecuniario” comprenderán que sólo la verdad y el placer de la cultura les hará libres? ¿Serán capaces de crearse un juicio crítico? O será esa generación de atrincherados y engolados la que nos lleve al fin de los tiempos…

Moralejas:

  • 1. El talento no se obtiene (y salvo excepciones tampoco se educa).
  • 2. No te creas todo lo que el sistema te promete.

En este mundo traidor donde nada es verdad ni es mentira, las autoridades y los que portan sombreros puntiagudos (frigios) de mandamases han considerado lo conveniente que resulta la potenciación de dos enormes virtudes: la colectividad y el individualismo, que es como estar en misa y repicando, o como enarbolar la bandera de un país impresa sobre la de otro, o como servir a dos amos, o como cantar y eructar al tiempo.

¿Por qué el individualismo? Su implantación permite al sistema que los hombres se crean “libres” y, al tiempo, se desentiendan de los problemas y de la onda expansiva de las calamidades que su triunfo, a costa de todo, puede acarrear. Se potencia el beneficio individual por encima del colectivo. Esta “filosofía” sólo viene a transformar en prión, en género “chico”, el macro concepto de multinacionales y de “holdings” empresariales donde destaca “el beneficio empresarial” por encima de todo. Por supuesto, ese todo no es un eufemismo, sino una realidad. En EE.UU. (entérense mis queridos hermanos) los socios de un “holding” podrían procesar  al director del mismo si sospecharan que ha antepuesto intereses de cualquier tipo (medioambientales, humanitarios, razonables, sentido común, inteligencia, bondad, caridad, escrúpulos, pánico a la sangre…) al beneficio económico. La individualidad, que nos amamanta en televisión y en películas, en libros y en mensajes que algunas personas repiten de forma diaria sin saber lo que en verdad rezan sus boquitas, no debe sorprendernos, puesto que funciona como reflejo de la “invidualidad” de una empresa contra el mundo. Pisoteé a todos con una única excepción: usted mismo. En definitiva, un mundo sin ética, por no hablar ya de la moral, que se ha transmutado en unas normas a seguir y que sostienen una buena imagen “social”.

 

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¿Por qué la colectividad? No se pueda adocenar a toda la humanidad con un mismo patrón. Aquí entra el sentido de grupo. Para que una empresa a nivel individual “machaque” a todo Cristo viviente, o moliente, precisa de la ayuda y socorro de sus accesorios. En este caso nada mejor que la mística y exaltación deportiva para alcanzar tal  propósito. Desde parterres y terrazas se insiste en zafarnos la vista e insultar nuestra inteligencia con deportes “grupales”, donde gana uno u otro equipo, y eso cambia el mundo a diario. Esa conciencia de “equipo” a la que algunas empresas añaden métodos de persuasión: jalear en cenas, creación de equipos de deporte que se enfrentan a los de otras compañías, jornadas de confraternización para que se abracen y embriaguen los miembros de un departamento cual si fueran adolescentes “matones”, por último, las jornadas de puertas cerradas a las que se invita a una figura del deporte para que narre las excelencias del triunfo de un equipo, siempre, por supuesto, con aditivos lacrimógenos sobre el esfuerzo y la gloria.  Si a  esta medida, que roza, si no penetra, los esfuerzos de “lavado de cerebro mental” por parte de la empresa y la sociedad, sumamos los constantes esfuerzos de otros medios sociales para  promocionar el “cretinismo”, el señor “dueño de lo divino y de lo humano” pare un buen grupo de esclavos, con unas pautas previsibles de comportamiento y que participan de la irrealidad, de una “ficción” en la que el individuo forma parte de un grupo, que , a su vez, debe enfrentarse a otro (a otra empresa) y en torno a este asunto se colgarán banderines, premios, medallas, es decir, casi se uniformiza, no sólo las mentes, sino que se adopta un sentido “militar” que comulga con los instintos más bajos del hombre. Ese deseo de superación criminal al que los sofistas de hoy denominan “competitividad”.

 

La competitividad cosifica al ser humano. En nombre de la productividad, que es de donde procede la idea de competencia, por extensión de competición,  al hombre se le reduce a  la función de máquina (y todo esto no es nuevo, porque ya viene siéndolo desde hace más de un siglo. Ver escena de Tiempos Modernos de Chaplin). Es preciso que el individuo ocupe un engranaje, el que más falta le hace a la sociedad, y, por tanto, se le aconseja que emprenda tal o cual estudio o puesto. Todos sabemos, o deberíamos conocer, que toda ideología y sistema que pretende la cosificación de sus ciudadanos va camino  del fascismo, de la tiranía, del comunismo que niega la individualidad porque prima lo colectivo por encima de todo y luego encierra a sus compañeros en granjas donde realizan las funciones de esclavos…

Pero  ¿no dijimos que también se potencia la  individualidad en nuestro sistema? Desde luego, mientras uno forma parte de un equipo y lucha por la causa común debe demostrar su falta de escrúpulos para que sus méritos destaquen y le hagan subir peldaños dentro del grupo, empresa, etc. De este modo la lucha está asegurada tanto dentro como fuera y las posibilidades de “revuelta” se reducen.

A todo esto lo llamamos en el día de hoy trabajo. Incluso muchos sociólogos, de buena fe, continúan buscando sistemas y modelos de producción en esta línea de rebaño.

Yo a todas estas argucias las llamo manipulación. La primera y más bastarda consiste en los filósofos y pensadores que, conscientes de esta trampa, la sostienen con argumentos deleznables y que siempre pasan por la “oscura maldad intrínseca al hombre”. El ejemplo demencial del panadero que gana dinero al tiempo que abastece a la comunidad de pan es una falacia. Porque ese mismo instinto del panadero por obtener beneficios le llevará a procurarse una masa más barata, si es preciso invadiendo un país, luego a eliminar la competencia de otro horno, quizá con un mejor producto aunque en crisis, absorbiéndolo para cerrarlo y, finalmente, reduciendo la calidad de su propia producto para incrementar su beneficio.

 

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La filosofía, el estudio de las humanidades, el pensamiento, el juicio crítico, sólo estos puntos pueden salvarnos del redil. Pero ¿dejará el pastor que su rebaño abandone la noria y se ponga a leer y a preguntarse por sí mismo y su relación con el entorno? No, los hombres de bien trabajan, nada de lecturas, ni de onanismos mentales.