Raúl Herrero

Generación.Net


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Se nos dice,  se rumorea, se afirma que en el Neolítico, e incluso en tiempos pretéritos,  los individuos se organizaban en grupos, en tribus, lo que facilitaba la supervivencia tanto del sujeto como del grupo. Así mismo, el mayor castigo consistía en ser repudiado por la tribu, ya que las posibilidades de supervivencia decrecían tanto por las amenazas naturales como por la existencia de grupos rivales.  Este mismo comportamiento los antropólogos lo han observado en lugares remotos, de los pocos que todavía quedan, de África o Asia, donde se permite (el fantasma del progreso lo permite) la existencia de tribus a su más o menos libre albedrío. Si bien el referido albedrío, a veces, es perturbado por cámaras de televisión que tienen a bien el mostrarnos las costumbres de estos grupos por desgracia casi extintos.

La existencia y señales de identidad de estas tribus van acompañadas por rituales que reafirman la pertenencia de pleno derecho del individuo al grupo, lo que se ha llamado ritos de paso o de iniciación. Esto nos da una idea del contenido sagrado, del contenido trascendente, que en estas sociedades posee toda actividad cotidiana, y no sólo las extraordinarias como las bodas, o los entierros. Incluso la geografía se trasciende para imbricarla con las historias que de forma tradicional y oral se conservan con el propósito de trasladar unas enseñanzas  que superan lo que ahora definimos como “utilidad inmediata”. A lo largo de la historia ciertos grupos humanos mantuvieron unas costumbres, ideologías y hábitos, aunque se vieran obligados a convivir dentro  de sociedades de otro signo,  y así comenzaron a manifestarse grupos más pequeños dentro de sociedades mayores.

Por algún motivo, probablemente porque así sea, sociólogos y psicólogos de diverso pelaje consideran que esa necesidad de permanencia a un grupo subsiste  en lo que suelen identificar como el “subconsciente colectivo” y que yo definiría como un impulso de origen, en teoría, desconocido que nos identifica  con unos reacciones hasta cierto punto previsibles. La terminología más actual ha transformado esa “ansia” en lo que los psicólogos resumen como “la necesidad de sentirse aceptado en un grupo”. Puesto que las sociedades actuales han crecido de manera alarmante se han originado las camarillas dentro de una masa con la que resulta difícil identificarse. Un ejemplo de esto lo encontramos en las llamadas tribus urbanas, que suponen un  aspecto degradado y caricaturesco de las  tribus auténticas donde el vestuario y las creencias poseían unas orígenes tradicionales y hasta mágicos, que se perdían en la oscuridad celeste.

El deporte y los equipos han fomentado las banderas y signos para recrear, tal vez, la que podemos considera la  versión más decadente de una tribu. Un grupo de personas, en la que el enclave  geográfico ya no es definitivo, aunque todavía se mantiene la correspondencia de un equipo con una ciudad o con un país, cuyo vinculo de unión consiste en el “ansía” de que su equipo triunfe sobre otro. Y es en este punto, donde se fomenta una de las mayores trampas de la sociedad actual, la pertenecía a un grupo sobre todo para “vencer” a otro. El uso de esa “necesidad de pertenencia” también lo han avivado las empresas con sus banderolas, sus colores y sus cifras de ventas. En este aspecto la decadencia llega a su culminación cuando un sujeto pertenece al lugar donde trabaja como identidad y cuyo triunfo se resume en vender más que el oponente. En estas “tribus” se repiten patrones como el héroe, el traidor, incluso el que precisa ser iniciado…

El gancho deportivo fomenta una receptividad hacia una pertenencia “grupal” que cultiva el fanatismo y que se emplea en el marco de la sociedad  con otros objetivos, la productividad y el control social entre ellos,  y cuyo propósito no es otro que la manipulación. Sin duda, el fomento de los valores deportivos en nuestro mundo actual va de la mano de esta tendencia alarmante a la “cretinización”,  que alimenta las bajezas de todo signo. Semejantes parámetros se encuentran en la política, donde prima más la victoria de un grupo que el contenido programático del mismo. Buen ejemplo del resultado antidemocrático, que redunda en oligarquía y en sectarismo, lo tenemos en la llamada disciplina de partido.

Baile de tribu

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