Raúl Herrero

Generación.Net


Mahatma Gandhi cuenta en su autobiografía: Historia de mis experiencias con la verdad que se impuso no recurrir a la falacia en el ejercicio de  la abogacía. Gandhi, a lo largo de su libro, demuestra una persistencia absolutamente encomiable en la defensa de sus principios: como el vegetarianismo o la no-violencia. Igualmente, en relación con su profesión de abogado, Gandhi detalla ejemplos de casos judiciales en los que triunfó gracias a su determinación “anti convencional”. En los  casos menos  afortunados  su fidelidad a la verdad redujo sensiblemente la condena de sus clientes. De este modo, Gandhi nos relata que sólo los inocentes terminaron por acercarse a su despacho. Por tanto las personas de dudosa legalidad terminaron por renunciar a solicitar sus servicios. También describe en su libro  el caso  de un amigo íntimo,  culpable de  contrabando, al que le salvó de la cárcel a cambio de una cuantiosa multa. En todo caso,  la pena impuesta por el tribunal fue benigna en relación con las falladas en casos similares a otros culpables.

En el mundo actual estos apuntes de Gandhi resultan incomprensibles para los cuerpos que forman parte del sistema. Todo abogado de hoy sonreirá ante los anhelos de Gandhi y tomará su empeño por una excentricidad  o juzgará, en el mejor de los casos, que esta conducta no arruinó la vida de Gandhi gracias a la casualidad o a un milagro.

La impostura,  el convencimiento de que cualquier medio justifica el fin, la renuncia a unos mínimos valores morales y éticos universales en el ejercicio de algunas profesiones; todos estos horrores se dan por sentado como insalvables para sobrevivir y actuar en nuestro mundo tan civilizado y, según algunos, producto del perfeccionamiento social. ¿Se puede considerar en serio que existe progreso en una sociedad que encumbra y defiende a una profesión que sostiene la mentira como modus vivendi?

Los sofistas griegos enseñaban y practicaban el arte de la dialéctica para defender de una acusación ante la polis al ciudadano. Estos “sabios” además obtenían una retribución económica de sus alumnos por enseñarles este arte. Estos filósofos, antecedentes del sistema de la abogacía actual,  se burlaron de Sócrates cuando supieron que éste repartía sus conocimientos de manera gratuita.

La situación actual nos sitúa varios peldaños por debajo en ese descenso a los infiernos  A los infiernos de la mediocridad del ser humano como tal. Cuando se propaga cierto sonsonete, que todos los cretinos repiten para justificar su propia estulticia, e invocan que la responsabilidad de un cargo se encuentra por encima de criterios morales, incluso de la verdad y de la justicia, ¿qué se está diciendo realmente? ¿Acaso podemos esperar algún bien común ante tal actitud? ¿Puede esperarse de una sociedad mayor decadencia? ¿Esos criterios no suponen a largo plazo el beneficio de unos pocos por encima de una mayoría? ¿Cómo confiar en  una persona que ocupa un puesto de responsabilidad, de cualquier tipo, cuando antepone las obligaciones de su cargo por encima de criterios morales o éticos básicos? ¿A qué obligaciones de cargo nos estamos refiriendo? ¿A destruir injustamente la vida de varias familias procurando despedirles con el mínimo dinero posible sin importarle la situación familiar de la víctima y a sabiendas de que se incurre en un delito? ¿A poner por encima de cualquier otro dilema moral el beneficio empresarial, que suele coincidir con el propio? ¿No se convierte ante tal panorama la injusticia , el abuso de una minoría, en algo innato a  las funciones  de un puesto de gestión, ya sea privado o público? Si los que ostentan tales cargos se conducen de este modo, ¿qué ejemplo ofrecen al resto? ¿Cómo se conducirá el paria al que se le trata injustamente y que se tiene que aceptar los criterios caprichosos de un superior? ¿Acaso no obrará con la misma inmoralidad cuando tenga ocasión?

Los escándalos de corrupción, de los que nos hablan los medios de comunicación, relacionados con la política o el mundo empresarial, no deberían sorprender a nadie, salvo a los hipócritas. Cuando se educa a varias generaciones en la competitividad, en la necesidad de triunfar materialmente por encima de todo dilema o querencia, cuando ciertas organizaciones, que se consideran religiosas o ligadas a ciertos credos, se transforman en corpúsculos que aspiran al poder económico y , en definitiva, a la imposición “sectaria” de unos ideales; cuando alguien defiende que las obligaciones de su cargo están por encima de valores morales, en verdad nos dice que “vendería a su padre como a un mulo en un mercado de tercera” si con eso lograra su objetivo, o el del grupo que representa. Esos razonamientos  sirvan al mequetrefe para aliviarle de su mala conciencia.

Estas posturas beben, no nos engañemos, de algunas de las grandes falacias de hoy: el trabajo como condición ineludible para convertirse en un hombre de bien, léase trabajo como objeto de explotación donde la producción manda, además de la renuncia somarda y aborregada a todo cuestionamiento de los sofismas que la sociedad nos impone respecto a la libertad individual, que no es otra que la esclavitud virtual. Todo ese espíritu manso se transforma con el tiempo en  carcoma que, por un lado, corrompe todos los fundamentos e instituciones de la sociedad y,  por otro, destruye los ideales de los que aspiran a  un mundo mejor, por tanto, más justo.

¿Dónde ha quedado la antigua ley propuesta por la fe judía en la que todo pobre tenía derecho a tomar de un campo todo lo que precisara para sustentarse sin que el dueño tuviera derecho a  reclamar nada? ¿O la normativa legal del Talmud que pone  límites a los intereses  que uno puede obtener a cambio de prestar dinero? Esas normativas morales, o éticas, básicas en la mayoría de las fes religiosas son olvidadas por los mismos beatos que se arrodillan, o se golpean el cráneo hasta desangrarse en las fiestas devocionales. La religión ha quedado en forma, pero del fondo, ¿para qué ocuparse? Por encima de las creencias religiosas de cada uno debemos admitir que esas normas imponían unas maneras de comportamiento infinitamente más justas que las actuales. ¿Dónde está el progreso?

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