
El 9 de junio el pato Donald cumplió 75 años. Y, en ese mismo día, me topé con dos lindes extremas del mundo editorial y de los libros.
A primera hora de la mañana un señor, que durante años se ha ocupado de la venta de vinos o de cualquier otra cosa semejante, ahora metido a editor, me subastaba un libro interesante que, por algún motivo del extraño destino, ha caído en sus manos para desgracia de la cultura y beneficio de su bolsillo. Está claro que el libro necesita de una industria y que los editores deben velar por el negocio del mismo, con el fin de seguir ejerciendo su función y ganarse la vida. Pero este “negocio” no puede medirse, o mejor dicho, no debe medirse con los mismos patrones que las churrerías (y no sólo por el aceite y la freidora). Les mencionaré un ejemplo contundente: el mundo no será mejor si existe cierto modelo de coche, o de reproductor de vídeo o de música, o si una plancha interpreta canción española mientras expulsa sus vapores, en cambio, el mundo y sus habitantes pueden empeorar si se les priva de la posibilidad de la lectura de ciertos libros imprescindibles, o del simple juicio crítico que la lectura despierta.
La decisión de arropar el futuro del libro bajo el palio de las ventas, o en los auspicios del interés personal de “unos elegidos intelectuales”, resulta equiparable a permitir que otros decidan nuestras lecturas y, por extensión, una parte muy importante de lo que nos acredita como individuos. Si a esto unimos la pereza intelectual que la sociedad fomenta la cretinización resulta evidente. Para romper con esas “doloras” se precisa de editoriales pequeñas y editores que se atrevan a perder dinero, o incluso que se introduzcan en el mundo editorial con “vocación”, una palabra en desuso que tanto significa.
Quienes vociferan que la industria del libro, léase de la música o de cualquier otra forma de arte, debe considerarse como un “negocio más” añaden a nuestro mundo una letra en el fin de “interés general” de completar la palabra “alienación” en los individuos. Tampoco las ayudas del estado conforman una solución a las posibles pérdidas de editores, puesto que la independencia de la cultura debe primar por encima de todo. La única manera de atajar el problema reside en la educación y en unos medios de comunicación que fomenten el juicio crítico. Probablemente entonces todo libro tenga su lector.
Ese mismo día, el del cumpleaños del pato Donald, tuve la suerte de encontrarme en la preparación de cierto acto con José Luis Orós. Durante nuestra conversación me regaló un catálogo primorosamente editado y encuadernado. Y resulta que mi amigo lleva un tiempo metido a editor de libros artesanales y tiene , entre sus cometidos, la recuperación de grabados antiguos y de obras de bibliofilia desaparecidas. Los ejemplares los realiza ayudado por su esposa Nieves Francia; ellos encuadernan, preparan el papel, imprimen, se ocupan de tratar los grabados…. Según reza l a portada del catálogo: “Se hacen uno a uno… con ALMA”. Paso las hojas y me encuentro con el increíble libro Monstrorom, con una selección de marcas de impresor, con grabados de una edición de La Celestina…
En posturas como la de mi amigo Orós reside la posible salvación de nuestro mundo decadente. Desde luego mi amigo se encuentra en las antípodas de los editores que invierten en títulos como si lo hicieran en la bolsa. La voluntad de esa pequeña editorial “de libros imposibles” nos ennoblece a todos, tales esfuerzos asegura la continuidad de ciertos individuos dignos de serlo.
Todavía recuerdo durante un congreso a un pequeño editor sonriente que aseveraba: “No quiero que mi editorial sea como la de esos poetas que no venden ni un libro”. En ese momento supuse que se refería a Concha Méndez y Manuel Altolaguirre y a su editorial Héroe donde se publicaron buena parte de las obras de la generación del 27; o tal vez lo mencionaba veladamente el editor a esas colecciones heroicas de la postguerra española donde comenzaron a publicar autores como Ángel Crespo, Gabriel Celaya, Gloria Fuertes, Juan Eduardo Cirlot, Francisco Nieva, Antonio Fernández Molina…, o a las editoras de la primera edición del Ulises de Joyce, o remontándonos algo más, quizá se refería a Juan Boscán que se empeñó en publicar, en una de esas arbitrariedades de poeta, los versos de su amigo Garcilaso de la Vega.
Pero mientras ese pequeño editor se vanagloriaba de su imperioso deseo de lucrarse a toda cosa y menospreciaba a los que con su esfuerzo han inseminado la cultura recordé un tiempo lejano. Un tiempo que rememoro con nostalgia, una época en la que los hombres no hacían ostentación de sus debilidades y, menos todavía, de su mezquindad.
Y todo esto sucedía y recordaba durante la onomástica del pato Donald…

La verdad que es difícil objetar algo al artículo de hoy.
Acaso añadir un enlace para complementar lo dicho:
En el mejor blog en español, en mi opinión, se viene advirtiendo, desde hace tiempo, como quien predica en el desierto, contra las Mafias Filantrópicas.
Armando
Junio 17th, 2009
El verdadero disfraz del Pato Donald
http://www.xakux.com/archivos/2009/12/el-verdadero-disfraz-del-pato-donald/
xAkux.com
Abril 14th, 2010