Raúl Herrero

Generación.Net


En este mundo traidor donde nada es verdad ni es mentira, las autoridades y los que portan sombreros puntiagudos (frigios) de mandamases han considerado lo conveniente que resulta la potenciación de dos enormes virtudes: la colectividad y el individualismo, que es como estar en misa y repicando, o como enarbolar la bandera de un país impresa sobre la de otro, o como servir a dos amos, o como cantar y eructar al tiempo.

¿Por qué el individualismo? Su implantación permite al sistema que los hombres se crean “libres” y, al tiempo, se desentiendan de los problemas y de la onda expansiva de las calamidades que su triunfo, a costa de todo, puede acarrear. Se potencia el beneficio individual por encima del colectivo. Esta “filosofía” sólo viene a transformar en prión, en género “chico”, el macro concepto de multinacionales y de “holdings” empresariales donde destaca “el beneficio empresarial” por encima de todo. Por supuesto, ese todo no es un eufemismo, sino una realidad. En EE.UU. (entérense mis queridos hermanos) los socios de un “holding” podrían procesar  al director del mismo si sospecharan que ha antepuesto intereses de cualquier tipo (medioambientales, humanitarios, razonables, sentido común, inteligencia, bondad, caridad, escrúpulos, pánico a la sangre…) al beneficio económico. La individualidad, que nos amamanta en televisión y en películas, en libros y en mensajes que algunas personas repiten de forma diaria sin saber lo que en verdad rezan sus boquitas, no debe sorprendernos, puesto que funciona como reflejo de la “invidualidad” de una empresa contra el mundo. Pisoteé a todos con una única excepción: usted mismo. En definitiva, un mundo sin ética, por no hablar ya de la moral, que se ha transmutado en unas normas a seguir y que sostienen una buena imagen “social”.

 

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¿Por qué la colectividad? No se pueda adocenar a toda la humanidad con un mismo patrón. Aquí entra el sentido de grupo. Para que una empresa a nivel individual “machaque” a todo Cristo viviente, o moliente, precisa de la ayuda y socorro de sus accesorios. En este caso nada mejor que la mística y exaltación deportiva para alcanzar tal  propósito. Desde parterres y terrazas se insiste en zafarnos la vista e insultar nuestra inteligencia con deportes “grupales”, donde gana uno u otro equipo, y eso cambia el mundo a diario. Esa conciencia de “equipo” a la que algunas empresas añaden métodos de persuasión: jalear en cenas, creación de equipos de deporte que se enfrentan a los de otras compañías, jornadas de confraternización para que se abracen y embriaguen los miembros de un departamento cual si fueran adolescentes “matones”, por último, las jornadas de puertas cerradas a las que se invita a una figura del deporte para que narre las excelencias del triunfo de un equipo, siempre, por supuesto, con aditivos lacrimógenos sobre el esfuerzo y la gloria.  Si a  esta medida, que roza, si no penetra, los esfuerzos de “lavado de cerebro mental” por parte de la empresa y la sociedad, sumamos los constantes esfuerzos de otros medios sociales para  promocionar el “cretinismo”, el señor “dueño de lo divino y de lo humano” pare un buen grupo de esclavos, con unas pautas previsibles de comportamiento y que participan de la irrealidad, de una “ficción” en la que el individuo forma parte de un grupo, que , a su vez, debe enfrentarse a otro (a otra empresa) y en torno a este asunto se colgarán banderines, premios, medallas, es decir, casi se uniformiza, no sólo las mentes, sino que se adopta un sentido “militar” que comulga con los instintos más bajos del hombre. Ese deseo de superación criminal al que los sofistas de hoy denominan “competitividad”.

 

La competitividad cosifica al ser humano. En nombre de la productividad, que es de donde procede la idea de competencia, por extensión de competición,  al hombre se le reduce a  la función de máquina (y todo esto no es nuevo, porque ya viene siéndolo desde hace más de un siglo. Ver escena de Tiempos Modernos de Chaplin). Es preciso que el individuo ocupe un engranaje, el que más falta le hace a la sociedad, y, por tanto, se le aconseja que emprenda tal o cual estudio o puesto. Todos sabemos, o deberíamos conocer, que toda ideología y sistema que pretende la cosificación de sus ciudadanos va camino  del fascismo, de la tiranía, del comunismo que niega la individualidad porque prima lo colectivo por encima de todo y luego encierra a sus compañeros en granjas donde realizan las funciones de esclavos…

Pero  ¿no dijimos que también se potencia la  individualidad en nuestro sistema? Desde luego, mientras uno forma parte de un equipo y lucha por la causa común debe demostrar su falta de escrúpulos para que sus méritos destaquen y le hagan subir peldaños dentro del grupo, empresa, etc. De este modo la lucha está asegurada tanto dentro como fuera y las posibilidades de “revuelta” se reducen.

A todo esto lo llamamos en el día de hoy trabajo. Incluso muchos sociólogos, de buena fe, continúan buscando sistemas y modelos de producción en esta línea de rebaño.

Yo a todas estas argucias las llamo manipulación. La primera y más bastarda consiste en los filósofos y pensadores que, conscientes de esta trampa, la sostienen con argumentos deleznables y que siempre pasan por la “oscura maldad intrínseca al hombre”. El ejemplo demencial del panadero que gana dinero al tiempo que abastece a la comunidad de pan es una falacia. Porque ese mismo instinto del panadero por obtener beneficios le llevará a procurarse una masa más barata, si es preciso invadiendo un país, luego a eliminar la competencia de otro horno, quizá con un mejor producto aunque en crisis, absorbiéndolo para cerrarlo y, finalmente, reduciendo la calidad de su propia producto para incrementar su beneficio.

 

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La filosofía, el estudio de las humanidades, el pensamiento, el juicio crítico, sólo estos puntos pueden salvarnos del redil. Pero ¿dejará el pastor que su rebaño abandone la noria y se ponga a leer y a preguntarse por sí mismo y su relación con el entorno? No, los hombres de bien trabajan, nada de lecturas, ni de onanismos mentales.

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