La muerte civil
Jueves, junio 25th, 2009En la actualidad la existencia de cenáculos, léase también camarillas, que controlan y disponen de medios de comunicación, organización de eventos, discográficas, premios literarios, publicaciones bendecidas por los auspicios de tal o cual universidad, ejercen esta misma violencia intelectual con cierta impunidad amparados en el “criterio” que se les supone. En los ángulos de la cultura, por donde intenta moverse un servidor a pesar de bozales y correas, puedo afimar con categoridad a mis amados lectores que existe “la muerte civil” a todas luces. La relevancia de una obra de arte, o de un libro, se apunta por una mixtura de valores objetivos y subjetivos. Aquel que pretenda valorar una actividad humana, cualquiera, desde la creencia en una pura e inmaculada objetividad o es un iluso, o un aprendiz de “matarife”. Dando por sentadas tales estructuras, no existe justificación para el silencio que ciertas camarillas imponen en sus fueros a propuestas culturales, autores, o actividades de signo artístico, que objetivamente poseen, al menos, la misma o equivalente importancia que otras a las que se bendice y difunde. Al principio, un observador puede suponer que la diferencia en el volumen del eco de la propuesta estriba en la fortaleza del que ofrece el soporte. Es decir, no es lo mismo una novela publicada por una gran editorial, con su sistema de publicitación, que una editada en una pequeña editorial; no es lo mismo una exposición organizada por una galería en ciernes, que por una sala de prestigio, o con más posibilidades económicas. Aunque este hecho posee su influencia y conviene asumirlo, relativamente, proponiendo formulas imaginativas, en algunas circunstancias los “extraños fenómenos” de linchamiento o de silencio superan esos límites. Todavía recuerdo cómo al comienzo de mi labor editorial, hace más de quince años, un prestigioso crítico, al que le han llovido blasones y glorias, locales claro está, denominó a una propuesta editorial marginal pero digna de “efímera” para justificar que su negativa siquiera a reseñarla. La tal propuesta efímera, ya había publicado por entonces a Fernando Arrabal, Gabino Alejandro Carriedo, Antonio Fernández Molina, una antología de poetas futuristas rusos (inéditos entonces en España), Blaga Dimitrova (una institución de la poesía búlgara), Fernando Mendes Viana (laureado poeta brasileño), etc, etc.
