Mi admiración por el compositor se inició cuando leí algunos de sus escritos, se amplió cuando supe de los temas de sus óperas, once entonces, ahora ya trece: Agamemnon, La Tentation de Saint Antoin, Edipo y Yocasta, Jesús de Nazaret, Nerón, Murillo, La Bella y la Bestia, Macbeth, El sueño de una noche de Verano, Frankenstein, El Mayor Monstro los Celos, Faust, El Jardí de les Delícies; a las que sumo las óperas de cámara: El misterio de San Francisco, Die Blinde, Les noces d’Hérodiade, Mystère.
Las notas del músico sobre sus óperas (Nuevos escritos y poemas, Libros del Innombrable, Zaragoza, 2003) no sólo nos adentran en la estructura y la lectura de su pensamiento, sino que al tiempo conforman una breve historia del pensamiento. Gracias a la generosidad del compositor tuve la fortuna de acercarme a su ópera Edipo y Yocasta (en una grabación realizada en el Palau de la música en 1974), con libreto auspiciado por la tragedia Edipo de Séneca. La audición me sumió en la misma perplejidad y sorpresa (por lo novedoso que a mi pabellón auditivo le resultaba el magma sonoro) de la primera sesión ante el Concierto para violín op. 36 de Schönberg, los Cuartetos de cuerda de Bela Bartok, el Don Giovanni de Mozart o la Misa para difuntos de Victoria, por citar obras de distintas épocas.
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