Raúl Herrero

Generación.Net


Suicidio y ser

10-Marzo-2010

Vaya por delante que no creo, —¿o sería más apropiado escribir que no confío?— ni en las estadísticas ni en las encuestas. A pesar de tamaña idiosincrasia de un servidor quedéme perplejo al leer, en varios periódicos de  España, que las muertes por suicidio ya superaban a las provocadas por los accidentes de tráfico. Algunos titulares resaltaban el asunto como si insinuaran que se trataba buena noticia. Ese “ya” ceñudo me inquietaba sobremanera. Parecía como si Tristan Tzara, fundador del dadaísmo, hubiera tomado la mano del periodista y pretendiera desautomatizar a los lectores, —léase despertarlos del sopor de lo establecido, convencional y tenido por correcto según la moral artificial imperante—, ya que la ambigüedad misteriosa flotaba sobre la noticia. Me  pareció que, en algunos diarios, la atmósfera de la reseña incluso se aproximaba a la de un buen poema. Pero claro, el asunto se circunscribe a cumplimentar un espacio en una hoja de papel. ¿Y ahora qué?

¿Celebramos que han descendido los accidentes de tráfico? ¿Celebramos que se suicida más gente en España? ¿Ponemos medidas para que el personal no se suicide y nos fastidie el día con molestos funerales? ¿Es apropiado que el estado acometa campañas para evitar el suicidio? En este último caso, ¿qué tipo de publicidad contra el suicidio sería eficaz?

Si de mí dependiera,  ya que la revista generación.net ha cometido la insensata idea de cederme este espacio para que escriba lo que me de la gana, erradicaría esa grosera costumbre del suicidio con el ya antiguo anuncio donde un perro en mitad de la carretera nos recuerda: “Él nunca lo haría”.

Y es cierto. Los suicidios en otras espacies se encuentran por debajo de la media humana. Además, la cautividad suele ser una circunstancia habitual entre los animales no humanos que deciden quitarse la vida. Las ratas de laboratorio incluso se muerden a sí mismas. Lástima que no ocurra lo mismo con las ratas financieras y otras especies semejantes.

¿La cautividad? Tal vez ese sea el asunto. Las conductas y valores sociales imperantes que se inculcan desde la cuna a la mortaja: la competitividad, el aplastamiento de cráneo del adversario para alcanzar un éxito definido por violentos adoctrinadores del libre mercado (diríase del libre enriquecimiento ilícito o de la libre explotación), el incremento de una serie de productos subartísticos, la exoneración de ciertas actitudes necias o chulescas en la política, la instauración de una plebe de honrados y obedientes ciudadanos… esas pequeñas manchas que, lentamente, con paso firme pero sincero en su estulticia, se aceptan como parte de la “normalidad”, constituyen los candados de nuestra prisión.  Nos encontramos cautivos en esa red que mezcla la imbecilidad con la ausencia de ética, de valores y ¿por qué no añadirlo? de cultura.

La imposición de una asignatura de economía en todos los bachilleratos, ya sean de letras o de ciencias, es un ejemplo de adoctrinamiento, de intento de conformar un orden y un modelo por encima de otras maneras de entender no sólo la propia economía, sino la cultura humana. El arrinconamiento de carreras y materias de letras y bellas artes, salvo derecho y otras profesiones de gentes de mal vivir, puede calificarse de auténtico terrorismo intelectual.

Las recomendaciones a los alumnos de supuestos “orientadores” hacia las carreras que ellos denominan como “de mayor salida profesional” cosifican al individuo, lo transforman en objeto,  lo reducen a parte de un engranaje en un sistema del que no se vislumbra horizonte, lo distancian de su humanidad como ser pensante y con  una posible vocación. Negar el talento y la vocación es negar la existencia de los grandes artistas y científicios y pensadores de la historia. Porque no sólo de trabajo vive el hombre, sino también del talento, del gusto, de la vocación que uno alberga en su mente salerosa.

Las aberraciones descritas se cometen en nuestros días con total impunidad. Ninguna organización agrupa a  profesores, por ejemplo, de latín, griego clásico y filosofía como víctimas de esta cretinización; ninguna organización convoca manifestaciones por el derecho a SER y a SER libres. Esa es nuestra cautividad, de la que hoy casi nadie desea escaparse, pero que tiene su precio. En todo caso debería ser la filosofía la que se incluyera como asignatura obligatoria en todos los planes de estudios para así dotar al ciudadano de la herramientos para la duda, el cuestionamiento, el pensamiento, la búsqueda incesante de la verdad y, por tanto, de la libertad.

Al día siguiente de la noticia suicida, en la prensa me encontré con otra estadística. Se apreciaba un incremento en el género femenino del instinto maternal . Y, ahí, mis queridos lectores, en la conjunción entre los suicidios y el aumento de la pasión por la maternidad, les dejo para que extraigan sus propias conclusiones…

Un tópico de los ideólogos del capitalismo afirma que un panadero espoleado por la codicia se ocupará de ganar dinero pero indirectamente nutrirá de pan a la comunidad.

Ahora mismo no recuerdo, ni me apetece buscarlo porque hallar la cita entre mis libros sería casi milagroso, la procedencia, pero me he tropezado con este ejemplo en diversos ensayos defensores del orden capitalista más “radical”, por extensión menos justo.

Los que cantaron esa loa de sirena olvidaron los desordenes que pueden acompañar al deseo pecuniario del panadero. No sería extraño que la codicia impulsara al horneador a buscar procedimientos para aumentar sus ganancias. En una sociedad sin otros valores que el mercado y el enriquecimiento, el comerciante podría optar por métodos tan dudosos como introducir virutas de madera, o de otra sustancia igual de barata y sana, en el pan, para incrementar su porcentaje de ganancias por barra. Y, entonces, el acicate de la “justicia” capitalismo se transforma en detonante de un problema de salud. No me digan que nunca oyeran una historia semejante.

Por esta reflexión siempre me ha parecido pueril el ejemplo del amador de riqueza tornado en buen samaritano sin saberlo. La actual crisis y las terribles injusticias cometidas en nombre y defensa del capitalismo, en otros tiempos por oposición al sistema socialista-estalinista, nos enseñan que de una sociedad sostenida por la codicia nada bueno puede esperarse. Es evidente que la exaltación de la ganancia, por encima de cualquier valor, puede instigar a muchos a superarse, pero en cinismo y en ausencia de escrúpulos. Me sorprenden e inquietan las voces que se manifiesten escandalizadas por delitos fiscales, por los abusos de multinacionales, por la explotación de los desfavorecidos, las desigualdades sociales, las asesinatos por dos euros, etc, etc. ¿Qué otra puede esperarse de un sistema que exalta la codicia? ¿Alguien puede plantearse seriamente que el bien común brote entre perlas de egoísmo de mercaderes?

No deseo proponer como contrapunto al capitalismo el sistema de las desaparecidas repúblicas soviéticas, aunque tal vez sí podríamos aprender algo del modelo nórdico, que logró extraer de un país con altos niveles de pobreza, como era Suecia a finales del siglo XIX, una de las sociedades menos imperfectas de las conocidas durante el pasado festín sanguinolento que fue el siglo XX. Por desgracia, el modelo sueco se desarma entre maremotos norteamericanos. El norteamericano: ese modelo tan perfecto que carece de sanidad pública y que, entre otras cosas, niega una atención sanitaria digna para aquel que no pueda pagarla.

La presente situación económica se emplea como arma para proponer que el bienestar no es posible. Ahora ya no sirve el uso del látigo para reducir a la esclavitud a ciudadanos acostumbrados no a ser libres, pero sí a creer que lo son y a consumir para mantener la rueda de la fortuna capitalista. Para esa involución se precisaba un desastre como el que nos asiste. Gracias al apocalipsis financiero los propietarios de grandes fortunas y vigías políticos de capitalismo bárbaro lograrán lo siguiente: 1º la comprensión popular a la reducción de sueldos y de ventura, 2º la merma del dinero destinado a la cultura que, al final y cabo, se trata de una cosa peligrosa que tiende a instalar ideas extrañas en las mentes de los ciudadanos ejemplares y 3º el golpe definitivo de la nueva tiranía que tiene el rostro de las necesidades “económicas”.

Es curioso que el capitalismo se haya abierto a la idea del sacrificio en beneficio de la mayoría, es decir, del estado. Esta idea que procede de los países autoritarios y “socialistas” bolqueviques sí la ha adoptado el capitalismo. Esta voluntad de sacrificio ante las necesidades económicas  por una parte cultivaron unas hermosas granjas donde se hacinaba a los trabajadores en el paraíso socialista de Stalin , por otra, en el reich de Hitler,  justificaron la necesidad de eliminar a todas las personas que no fueran “productivas” para el estado. De este modo  los nazis comenzaron a “asesinar” a todos los pacientes de manicomios, sanatorios y a muchos enfermos, nacidos con defectos físicos o con limitaciones. Bajp este programa de eutanasia, al que se denominó T4, se elimaron a unas 70. 000 personas. El desarrollo posterior del sistema desencadenó el holocausto, ya que, según las teorías raciales de los nazis,  ciertos grupos sólo podían considerarse parásitos y su presencia degradaba a la raza aria, por tanto el estado, para no “invertir” dinero en balde y evitar el “contagio”, los elimaba. Tras varios años de publicidad de las  ”necesidades de estado” hubo millones de personas a las que le pareció razonable el planteamiento y aunque supieron, o sospecharon, lo que ocurría  miraban al horror con absoluta aquiescencia.

A fecha de hoy en nombre de la economía, o, mejor dicho, de un modelo económico, se procede a la reducción del bienestar y se cede en asuntos que años antes hubieran despertado las iras de los que supuestamente velan por una justicia social. ¿Cuál será el siguiente paso? ¿Qué sacrificios se pedirá a nuestras sociedades a mayor gloria de  la economía?

El capitalismo no puede dar más de sí. Los avances que plantea a diario aproximan el modelo político a la tiranía, al tiempo que lo distancian de los términos básicos de la democracia.  La codicia necesita de personas a las que esquilmar y el deseo de superación, la idea de éxito a través del dinero y del reconocimiento social, sólo puede engendrar monstruos, tanto desde el punto de vista humano como desde el laboral y político. Es preciso rehacer y destruir esos ideales ególatras y cretinos desde los cimientos. Es preciso retomar los valores morales legítimos y básicos, la solidaridad, la ayuda y la fraternidad, el reparto equitativo de la riqueza (Sin expropiaciones, sin los abusos del pasado. Y no me refiero a las propiedades modestas de empresarios sino a la riqueza con mayúsculas.), la creación de comercios justos… En definitiva la vuelta a los valores morales “evidentes” que no son propiedad de nunca confesión religiosa ni ideóloga y sí del sentido común. Contra la usura, la explotación (en todos los aspectos del individuo no sólo los más evidentes) y contra el gobierno de un grupo dirigente contaminado por los abusos del dinero, al que aman sobre todas las cosas.

La carcoma

15-Enero-2010

Mahatma Gandhi cuenta en su autobiografía: Historia de mis experiencias con la verdad que se impuso no recurrir a la falacia en el ejercicio de  la abogacía. Gandhi, a lo largo de su libro, demuestra una persistencia absolutamente encomiable en la defensa de sus principios: como el vegetarianismo o la no-violencia. Igualmente, en relación con su profesión de abogado, Gandhi detalla ejemplos de casos judiciales en los que triunfó gracias a su determinación “anti convencional”. En los  casos menos  afortunados  su fidelidad a la verdad redujo sensiblemente la condena de sus clientes. De este modo, Gandhi nos relata que sólo los inocentes terminaron por acercarse a su despacho. Por tanto las personas de dudosa legalidad terminaron por renunciar a solicitar sus servicios. También describe en su libro  el caso  de un amigo íntimo,  culpable de  contrabando, al que le salvó de la cárcel a cambio de una cuantiosa multa. En todo caso,  la pena impuesta por el tribunal fue benigna en relación con las falladas en casos similares a otros culpables.

En el mundo actual estos apuntes de Gandhi resultan incomprensibles para los cuerpos que forman parte del sistema. Todo abogado de hoy sonreirá ante los anhelos de Gandhi y tomará su empeño por una excentricidad  o juzgará, en el mejor de los casos, que esta conducta no arruinó la vida de Gandhi gracias a la casualidad o a un milagro.

La impostura,  el convencimiento de que cualquier medio justifica el fin, la renuncia a unos mínimos valores morales y éticos universales en el ejercicio de algunas profesiones; todos estos horrores se dan por sentado como insalvables para sobrevivir y actuar en nuestro mundo tan civilizado y, según algunos, producto del perfeccionamiento social. ¿Se puede considerar en serio que existe progreso en una sociedad que encumbra y defiende a una profesión que sostiene la mentira como modus vivendi?

Los sofistas griegos enseñaban y practicaban el arte de la dialéctica para defender de una acusación ante la polis al ciudadano. Estos “sabios” además obtenían una retribución económica de sus alumnos por enseñarles este arte. Estos filósofos, antecedentes del sistema de la abogacía actual,  se burlaron de Sócrates cuando supieron que éste repartía sus conocimientos de manera gratuita.

La situación actual nos sitúa varios peldaños por debajo en ese descenso a los infiernos  A los infiernos de la mediocridad del ser humano como tal. Cuando se propaga cierto sonsonete, que todos los cretinos repiten para justificar su propia estulticia, e invocan que la responsabilidad de un cargo se encuentra por encima de criterios morales, incluso de la verdad y de la justicia, ¿qué se está diciendo realmente? ¿Acaso podemos esperar algún bien común ante tal actitud? ¿Puede esperarse de una sociedad mayor decadencia? ¿Esos criterios no suponen a largo plazo el beneficio de unos pocos por encima de una mayoría? ¿Cómo confiar en  una persona que ocupa un puesto de responsabilidad, de cualquier tipo, cuando antepone las obligaciones de su cargo por encima de criterios morales o éticos básicos? ¿A qué obligaciones de cargo nos estamos refiriendo? ¿A destruir injustamente la vida de varias familias procurando despedirles con el mínimo dinero posible sin importarle la situación familiar de la víctima y a sabiendas de que se incurre en un delito? ¿A poner por encima de cualquier otro dilema moral el beneficio empresarial, que suele coincidir con el propio? ¿No se convierte ante tal panorama la injusticia , el abuso de una minoría, en algo innato a  las funciones  de un puesto de gestión, ya sea privado o público? Si los que ostentan tales cargos se conducen de este modo, ¿qué ejemplo ofrecen al resto? ¿Cómo se conducirá el paria al que se le trata injustamente y que se tiene que aceptar los criterios caprichosos de un superior? ¿Acaso no obrará con la misma inmoralidad cuando tenga ocasión?

Los escándalos de corrupción, de los que nos hablan los medios de comunicación, relacionados con la política o el mundo empresarial, no deberían sorprender a nadie, salvo a los hipócritas. Cuando se educa a varias generaciones en la competitividad, en la necesidad de triunfar materialmente por encima de todo dilema o querencia, cuando ciertas organizaciones, que se consideran religiosas o ligadas a ciertos credos, se transforman en corpúsculos que aspiran al poder económico y , en definitiva, a la imposición “sectaria” de unos ideales; cuando alguien defiende que las obligaciones de su cargo están por encima de valores morales, en verdad nos dice que “vendería a su padre como a un mulo en un mercado de tercera” si con eso lograra su objetivo, o el del grupo que representa. Esos razonamientos  sirvan al mequetrefe para aliviarle de su mala conciencia.

Estas posturas beben, no nos engañemos, de algunas de las grandes falacias de hoy: el trabajo como condición ineludible para convertirse en un hombre de bien, léase trabajo como objeto de explotación donde la producción manda, además de la renuncia somarda y aborregada a todo cuestionamiento de los sofismas que la sociedad nos impone respecto a la libertad individual, que no es otra que la esclavitud virtual. Todo ese espíritu manso se transforma con el tiempo en  carcoma que, por un lado, corrompe todos los fundamentos e instituciones de la sociedad y,  por otro, destruye los ideales de los que aspiran a  un mundo mejor, por tanto, más justo.

¿Dónde ha quedado la antigua ley propuesta por la fe judía en la que todo pobre tenía derecho a tomar de un campo todo lo que precisara para sustentarse sin que el dueño tuviera derecho a  reclamar nada? ¿O la normativa legal del Talmud que pone  límites a los intereses  que uno puede obtener a cambio de prestar dinero? Esas normativas morales, o éticas, básicas en la mayoría de las fes religiosas son olvidadas por los mismos beatos que se arrodillan, o se golpean el cráneo hasta desangrarse en las fiestas devocionales. La religión ha quedado en forma, pero del fondo, ¿para qué ocuparse? Por encima de las creencias religiosas de cada uno debemos admitir que esas normas imponían unas maneras de comportamiento infinitamente más justas que las actuales. ¿Dónde está el progreso?

Lorca, el cadáver invisible

30-Diciembre-2009

Al final la familia del poeta tenía razón. El intento de exhumación de Federico García Lorca se ha transformado en una búsqueda insomne de manos epilépticas, palmo a palmo, metro a metro. El desencuentro del cuerpo se añade a la  desaparición de los restos de otros grandes del arte españoles: el cráneo de Goya, la volatilización cuasi mística, pues se le suponía enterrado en un convento de las hermanas Trinitarias y descalzas, del cadáver de Miguel de Cervantes, incluso leí en cierta ocasión que parte de los restos de Antonio Machado desaparecieron (ignoro si se trata de leyenda o verdad, si alguien conoce algo sobre este asunto, nos hará a todos un favor añadiendo los datos pertinentes en los comentarios)…

En el barranco de Víznar se propaga un mar de boquetes  y los especialistas, tanto los rastreadores como los voceadores, más parecen buscadores de petróleo que de un hombre asesinado. Desde un extremo político surgen nuevas teorías sobre el emplazamiento del cadáver, primero fueron las burlas, luego las exigencias y así unos aprovechan el desacierto de la búsqueda y combaten al gobierno. Unos y otros han convertido la muerte de un poeta, como todo donde últimamente posa las manos manchadas la política de este país, en una corrida de toros post mortem. En ella  se enfrentan varios diestros de partidos contrarios contra un animal muerto y desaparecido.

Hace años, en una boda en Granada, un profesor de literatura me reprendió porque le confesé mi admiración por la obra lorquiana. “Casi todos los que juran admirarle han pasado de la lectura de “La casada infiel” y del “Verde que te quiero verde…”  “Por mi parte  sólo he devorado la Obra Completa de Lorca publicada por Aguilar y la posteriormente ampliada, en varios tomos, en Círculo de Lectores”, le repliqué. Pero este profesor tenía razón. La generalidad  de lo que enarbolan la figura y la obra de Lorca lo hacen  por motivos políticos, o de cualquier otro signo, pero casi nadie, salvo  algunos escritores y lectores furibundos, se ha ocupado de su poesía, de su obra literaria y de su vida (la formación de “La Barraca”, la riqueza de sus propuestas artísticas desde las pictóricas a sus conferencias, sus amistades, la recuperación del cancionero popular, etc.).

Si bien la condición de republicano de Lorca tuvo trascendental incidencia en su asesinato, también la tuvo, y no en menor grado, la envidia, esa carcoma tan española a la que he visto cara a cara en otros momentos y contra otros poetas. Al parecer el orgulloso fantoche que detuvo al poeta, un  tal Ramón Ruiz Alonso, despreciado incluso por los compañeros de su partido, la CEDA;  era un antiguo adversario de la familia, un mediocre que participaba, como otros, de cierto disgusto cuando leían en la prensa local que volvía a casa de su familia el ya entonces  famoso poeta Federico García Lorca. También influyó, al parecer, que el cuñado de Lorca fuera entonces alcalde de Granada.

Esa misma envidia fusila hoy a ciertos escritores y artistas  empleando el método del ninguneo, que aísla y entierra desde la tribuna de los suplementos culturales, de las tertulias radiofónicas, de las ayudas oficiales y, también, de la mentira y la patraña. Pero aún me provoca más vergüenza la adhesión lorquiana de estos grupos de poetas y literatos que organizan y dictaminan, como si se tratara de un cortijo, los certámenes, ayudas y publicaciones poéticas del sur de España. Todo esto con el nombre de los poetas andaluces muertos en la boca, como si realmente si los poetastros inquisidores de hoy fueron sus sucesores, aunque sus  actitudes, que transforman a la poesía en facciones y en guerrillas, se encuentran más próximas a los métodos de los que asesinaron a Lorca, que a la fraternal amistad que unió a escritores de diverso signo político hasta la llegada de la guerra civil.

La política fue el contexto en que se produjo la muerte de Federico, pero la envidia, hija de la ignorancia y la mediocridad,  fue el impulso que la ejecutó. Al igual que ocurrió con su amigo José María Hinojosa, destacable poeta, fundador de la revista Litoral, junto con Manuel Altolaguirre, fusilado en Málaga por un grupo de milicianos que afirmaron ser anarquistas el 22 de agosto de 1936. A ambos poetas se les fusiló con tres días diferencia. Y me pregunto, ¿no serán las guerras una excusa para descargar a la sociedad de pensadores y poetas? Al fin y al cabo los creadores suelen dar la lata y , por lo general, resultan muy molestos en cualquier régimen.

Por favor, en medio de este “corral de la Pacheca” en que los políticos y sus acólitos, para los que todo vale en nombre del poder,  han transformado la búsqueda del cuerpo del poeta de FuenteVaqueros, lean a Lorca, allí lo tendrán en cuerpo, sangre y alma. La importancia de Lorca reside en la renovación del teatro español (no sólo en los dramas de tema andaluz sino, sobre todo, en obras como El público y Así que pasen cinco años), en la reelaboración de la escritura popular (que tantos desastres causó en algunos libros de Rafael Alberti) y en su personal interpretación de las llamadas vanguardias de su época en poemarios como Poeta en Nueva York, o en el poema suelto, dedicado a la muerte de la madre de Charlot, recuperado no hace muchos años.

No permitan, mis inteligentes lectores,  que los zánganos les oculten contemplar al poeta. El parque dedicado a su memoria debe continuar siendo homenaje y parque para un poeta porque toda persona, familiar o simplemente admirador, tiene derecho a una porción de materia donde llorar a sus muertos, con independencia de las circunstancias y del signo político al que pertenecieron.

Antonio Machado y Federico García Lorca

Atrapado en un serial

9-Diciembre-2009

Desde hace dos

años, aproximadamente, mi vida se conduce entre tirios y troyanos, entre Pinto y Valdemoro, de Pascuas a Ramos, pero, con una nota novedosa, e inquietante, en ocasiones mi vida oscila de la lumbre de un serial. ¡Sí, señores, damas y caballeros, grandes y pequeños! El serial, cual si fuera una correcta y vespertina producción televisiva del Conde de Montecristo, comenzó a pergeñarse hará unos cinco años, o tal vez algo más. Puesto que la escritura, como me ha recordado recientemente Ramón Gómez de la Serna en la lectura de su Automoribundia: “…no es un medio de comer, pero hay que ir comiendo mientras se escribe la literatura”. Se rumorea que algunos viven de ella y, tal vez, incluso con ella, ignoro si amancebados o en habitaciones estancas. Pero no quisiera adentrarme en este tema,  puesto que me desviaría del principal, que no es otro que mi “serial”.

Siguiendo con el problema planteado por Ramón Gómez de la Serna y con el propósito de sacar algunos cuartos de mi cuerpo serrano, sin caer en el vicio ni en lo ilícito, acepté hacerme cargo de una oficina de un Servicio de Prevención cuyo propietario, amigo de mi padre, parecía hombre de buena planta, limpio y decente. ¡Primer error! No es coprófago todo lo que reluce, pero el que reluce, no lo piensen más, ¡es coprófago! Y, en efecto, el muchacho a los cinco años de mi estancia en aquella oficina, que no era tenebrosa porque la había creado casi a mi imagen y semejanza, comenzó a dar muestras de nerviosismo, de valentía y de cierto coraje. Hasta el momento se había comportado con normalidad, o al menos, de la forma que yo sospecho que los demás entienden por tal, es decir, se manifestaba como un pusilánime.

Como a mi padre la mosca le zumbaba tras la oreja hasta ponérsele rostro de avispa, más que de abeja, decidió fijar una reunión con el sujeto. Y ahora viene la parte farragosa y legalista de mi “serial”. Pero que no les desanime este hecho. El reptil en cuestión, que reptaba hasta el momento y luego se alzó para mostrarse en toda su cretinez, tenía un centro asistencial concertada con la mutua donde mi padre trabajaba y, para postre, el servicio de prevención en el que un servidor prestaba sus servicios. Puesto que mi padre era, hasta hace unos días, responsable del departamento comercial de la zona y era amigo del sujeto en cuestión, comprobó que el muchacho llevaba varios meses, muchos meses, sin realizar los correspondientes pagos a la seguridad social. Que nadie se alarme, todo mutua tiene acceso a estos datos de sus mutualistas. Por orden ministerial de no sé cuántos, de cuyo nombre no puedo acordarme, las mutuas de accidentes deben preocuparse de mantener relaciones comerciales con empresas que se encuentran al día en el pago de la Seguridad Social. Puesto que el sujeto había sacado del tiesto hasta las amígdalas se planteaba un problema. Mi padre una vez reunido con la despierta criatura le puso sobre la mesa el asunto. Pero aquel cuerpecito ligero, tras apelar a su dicharachera familia, e ignoro si también al apóstol Santiago, patrón de España, descubrió para sus faldas que además de lo referido un local, por el que pasaba todos los meses a la mutua citada un alquiler, lo había vendido momentos antes de rubricar dicho contrato y, por consiguiente, se sentía completamente ofendido al comprobar que se le atacaba como a un estafador y que rompía de inmediato su amistad. Digo yo que sería la mala conciencia la que le hizo insuflar el aire de sus pulmones con tales galimatías.

Como el asunto no se resolvía y yo además salí en defensa de una trabajadora a la que la muy querida hermana del individuo, también una lumbrera de alto calado amenazó, como era y es su costumbre, fui sentenciado. Para colmo yo era hijo de mi padre, cosa que luego ha repetido el sujeto en papeles y a través de otras voces hasta la saciedad, y eso era inadmisible. El “mentecato”, como diría mi amigo José María de Montells, aprovechóse de una baja por catarro, que terminó en crisis depresiva al apercibirme por enésima vez de la estulticia humana, para despedirme de manera improcedente.

Tras la catástrofe que suponía para la mutua  mantenerse en línea con semejante fábrica de bellotas y, como supuse que no sería suficiente este problema  para ellos, entregué a mi padre mi currículo por si querían mis servicios. Cosa que luego ha sido comentada, puesto que esta no parece ser una práctica habitual. Al parecer era usual en el Madrid del pasado siglo entregar tal documento a los serenos, la policía montada, los amaestradores de pulgas a o la guardia civil. Pero jamás a un familiar. Yo, que desconocía este proceder, tuve la osadía de hacerlo y en la mutua en cuestión cometieron la imprudencia de contratarme. ¡Virgen Santa!, qué barbaridad. Por este hecho me excuso y prometo que si vuelve a plantearse tal situación entregaré mis miserables papeles a las señoras que van a la compra en el mercado sito frente a mi casa, a las bandas de bomberos cuando se encaminan a apagar un fuego o incluso, a la mismísima mula Francis, si por algún azar del destino, la encuentro por mi ciudad.

Tras dos meses de trabajos forzados -con esto vengo a decir que acometo trabajos por dinero no por masoquismo-, un grupo nos topamos con una demanda por lo penal firmada por el mentecato, incluidos mi padre y yo. Por lo que a mí respecta diré que se me imputaba en el asunto el escaqueo de un disco duro, del que no tenía noticia, días después de ser despedido y en un centro de trabajo situado a varios kilómetros del mío. Con este ejemplo el lector comprenderá lo despierto de la criaturita que interponía la demanda.

Este acontecimiento vino precedido por una misteriosa exclamación de la guardia civil según la cual mi padre se había dedicado a llamar a la santa madre del sujeto para amenazarla de muerte. En otra ocasión, la santa esposa del elemento sintió esos mismas llamadas fantasmales y, para no ser que menos que su suegra, se animó también a realizar la pertinente denuncia. Como no existía ningún dato de llamada de ninguna clase, la cosa y el caso de las telefonistas quedó en nada.

En cambio el muchacho, el antiguo amigo de mi padre, alquilador de inmuebles y pagador de peras, tras romperse el contrato con la mutua de accidentes pues insitía tercamente en no pagar a la seguridad social, y llevado tal vez por un ardor guerrero, o por la inspección de hacienda, dio por perdido un disco duro, acusó a algunos de los despedidos hacía unos meses del robo y reprochó a la mutua de recibir información que ésta utilizó para notificar a las empresas de la zona la ruptura de relaciones con el centro del caballerete. Y el caso es que ese mostrenco, descarriado y ya medio loca, encontró voceros.

Consiguió el vándalo que la prensa publique los nombres y apellidos de los imputados en el asunto. Alborota a los enemigos que uno siempre tiene bajo la axila y la justicia acompaña en el baile: queda claro que una mutua tiene que robar información para saber los datos de sus mutualistas (sic)  y que un servidor se dedicó a levantar información varios días después de su despedido, en un local al que no tenía acceso y ¡a la vista de todos! Por un momento me siento como Lupin, el robador de Europa y un trasunto del inspector Clouseau. Pero claro, esto tiene una doble lectura.

Lo comprendí cuando me vi ante un juez manifestando que si en mi antigua empresa perdían clientes tal vez sería porque eran idiotas y que nunca jamás tuve acceso a un objeto que no conocía, en un tiempo en que no estuve allí y menos en un local al que no tenía acceso. La criatura reconoce durante los preeliminares justicieros que pidió a la mutua, como condición para negociar, ¿para negociar el qué me pregunto?, que despidieran a mi padre, a mi pareja, no sé si a mí también y sospecho que, de paso, también les pediría a los contertulios que abonasen la cuenta del café que se tomaban. Ignoro si los asistentes a esa reunión sintieron la pérdida de su cartera.

Pero mi culebrón alcance el cénit cuando tras un cambio en la directiva de la mutua el nuevo gerente expresa a mi padre que el ministerio quiere despojarle de todo tangible y lo intangibl,e porque está metido en un asunto gravísimo, y saca a relucir el paño del muchacho. Las mutuas trabajan con dinero público y se someten a los designios de lo publico, ahora según parece también al mandato del mismo.

La cosa empieza a semejarse a un serial radiofónico. Uno se pregunta por qué nadie reclamó a la inocente criatura que pagara a la seguridad social, salvo la mutua, ni en que artículo se amparaba para recibir todos los meses un alquiler por un inmueble que había vendido, ni por qué desaparece un aparato de un ordenador en el momento delicado en que una inspección posa su mirada en tal dechado de virtudes.

Al parecer, según ciertos rumores, el actual secretario de Estado posee unas grandes relaciones con una asociación de Servicios de Prevención, la misma a la que nuesetro interesado amigo ha elevado sus plegarias para que se solucione la tamaña injusticia a la que se le ha sometido. Supongo que este rumor será uno de esos datos falsarios que circulan por el mundo. Al fin y al cabo vivimos en una sociedad libre de corrupción, donde el ciudadano honrado no tiene nada que temer y cuya ley le ampara sin fisuras. ¿O no?

Portada_Bayona_gran_solapa

Hace 30 años, un 13 de diciembre, la pianista Pilar Bayona moría atropellada por un automóvil. Podríamos acostarnos sobre las abundantes páginas que podríamos escribir sobre la pianista como la miel que rezuma de los labios, pero no es cosa de abotargar al lector. En los textos sobre su vida insisten en su condición de autodidacta, lo que tampoco es decir mucho, pues poco o nada aprehenderá aquél que ignore las herramientas para adentrase en sí mismo y, sin dar ese paso en falso de los tobillos torturados por las aceras, autoinsuflarse el conocimiento a mares. Queda claro, por tanto, que Pilar Bayona poseyó talento, energía y curiosidad en tamaño suficiente para adentrarse en su época hasta los huesos, no sólo en el aspecto musical, sino también en el artístico en general… De lo siguiente se deduce que también debió ser una conversadora inteligente, ¿cómo sino hubiera encandilado a gentes como Cirlot, Camón Aznar o Ravel?

Durante su trayectoria estrenó obras como el Concierto Valenciano de Lopéz Chavarri (en 1928) , el Cuarteto nº 2 para piano y cuerda de Turina, o la Fantasía Homenaje a Walt Disney de Jesús Guridi que, por cierto, me acompaña en mis viajes encaramada a las tripas de mi reproductor ipod. En sus conciertos abundaron composiciones de autores contemporáneos, tanto españoles como extranjeros. Por otra parte huyó de las obras convencionales para piano de su tiempo, lo que no implica que incluyera a músicos de reconocido prestigio Así, con las premisas referidas, toda una generación escuchó por vez primera ciertas piezas de Ravel, Debussy, Granados, Falla, Esplá, Mompou, Tchaikowsky, Brahms, Balakireff, Moussorgsky, etc, de los dedos de Pilar Bayona.  Por ejemplo Joaquín Achucarro reconoce en su artículo en el libro Piar Bayona. 30 miradas: “La primera vez que oí Ondine de Ravel fue en el piano de casa, de manos de Pilar Bayona”.

El compromiso de Pilar Bayona, que viene a ser lo mismo que decir el amor de Pilar Bayona, por la música, queda patente en el amplio repertorio que elaboró durante su carrera. Por supuesto, como suele ocurrir en estos casos, tal virtud fue en ocasiones empleada por malintencionados con el propósito de trocarla en defecto. Y, claro está, este tipo de de objeciones proceden, a menudo, de los que carecen de esa facilidad para el arte que viene acompañada por una constante entrega al trabajo y al esfuerzo. Si bien es cierto, que la técnica y el empeño pueden poca cosa sino se integran en el oficio, es decir, “si ambas cosas no se transforman en algo tan sencillo para el artista como el respirar”,  Josep Soler dixit.

Pilar Bayona participó en ambientes artísticos tanto en Zaragoza como en el resto de España y en buena parte de Europa. Tabló amistad con Federico García Lorca, Juan Eduardo Cirlot, Luis Buñuel, Pepín Bello,  Luis García Abrines, Honoroy García Condoy (que realizaría un busto de la pianista), Mariano Esquillor y muchos otros. El libro ya referido, publicado con motivo del aniversario de la defunción de la pianista, Pilar Bayona 30 miradas, agrupa retratos y caricaturas que Julián Gómez, del Archivo Pilar Bayona, ha tenido la paciencia de recopilar con acertado tesón. Por otro lado, el volumen se completa con artículos de familiares, amigos y estudiosos.

Pilar Bayona también destacó como catalizadora de ensueños y pasiones, más o menos alteradas por lo sentimental. Lo dicho queda ejemplificado en la abundancia de obras que le dedicaron. En el terreno literario sabemos de poemas de Jardiel Poncela, Tomás Seral y Casas  y Juan Eduardo Cirlot. Este último durante su servicio militar en Zaragoza, le dedicaría un breve poemario completo “Pájaros tristes”, inspirado en la interpretación de la  pianista de la obra homónima de Ravel. O, en el terreno de la música, la “Sonata de Castilla” que le dedicó el maestro Rodrigo. O el dibujo de Benjamin Palencia…

Cuando nació Pilar Bayona, en 1897, por cierto, un año antes que Federico García Lorca, Zaragoza era una ciudad provinciana, bueno, no seamos excesivamente severos, digamos muy provinciana. En tales circunstancias todavía sorprende más que a una joven pianista los ojos se le abrieran, casi se le desgarraran, para reconocer y defender un tipo de música que para muchos oídos de la época resultaría como mínimo desconcertante. Ahora Zaragoza, es otra cosa. Es una ciudad provinciana a medias, depende de la mula que  baile esa noche en la plaza.  Pero lo mejor del caso es que si hoy continuara con nosotros Pilar Bayona, o un trasunto de su persona, y, por tanto, integrara en su repertorio obras de autores contemporáneos equiparables a las de su tiempo, muchos ciudadanos volverían su rostro con despreciativa actitud. Confieso que me hubiera gustado asistir a una de las conversaciones entre la pianista y Cirlot sobre Scriabin, o a una hipotética interpretación de la pieza de Josep Soler Coronación de espinas. Y también me hubiera gustado bucear de su mano por detalles de algunas de sus obras favoritas. O preguntarle por qué no le entusiasmaba demasiado Liszt.

Pilar Bayona fue música andante. ¿Es preciso recordar sus cursos en Jaca junto a Viajó y vivió para la música.  Fue una persona de verdad.

 

Para más información: http://pilarbayona.es/castellano.htm

El esforzado catedrático y poeta y dramaturgo, especialista en la obra de Fernando Arrabal, Paco Torres me invitó a Murcia a participar en unas actividades poéticas. Entre los presentes se encontraba mi amigo, miembro de la “liga de poetas”, además de  brillante editor, Juan Carlos Valera. De su boca escuché, por vez primera, el nombre del que más tarde sería mi amigo, dentro de una duda incuestionable: “¿Cómo? ¿Pero no conoces a Martín Marcos?” La “Liga de poetas”, recién llegada de uno de sus viajes con Fernando Arrabal, en un periplo por EE.UU. y, en concreto, por Chicago, se encontraba en uno de sus puntos álgidos. Varela me comentó: “ Es increíble. Vive en un pueblecito cercano a Burgos y  tiene un mucho talento”.

No recuerdo el momento, ni el lugar, ni el año  de mi primer encuentro con Martín Marcos, pero mi memoria mantiene viva la  extrañeza, que no rechazo, que me produjo. Me resultaba una persona enigmática, al tiempo  que  cercana. Sí recuerdo que entonces, como en tantos encuentros posteriores, le acompañaba José Rivela, “el trotaparnasos”. Mi curiosidad aumentó cuando en un momento de la confabulación gastronómica,  probablemente junto a uno de esos grandes del mundo académico o de los “grandes  xenios de España”, tan diminutos en espíritu al lado de mi nuevo amigo, Martín Marcos elevó su voz, a petición del propio Arrabal, para recitar dos de sus sonetos. Esta escena la vería repetida en diversos momentos y en los lugares más inverosímiles a lo largo de los siguientes años. Los poemas de Martín Marcos despertaron la admiración de grandes artistas, legos y nobles del mundo entero.

Siempre que tuve ocasión, desde ese instante, me procuré la compañía y conversación de mi nuevo amigo. Supe que contactó con Arrabal por correo electrónico, que les unía, además de la amistad, el arte y la literatura, pero, sobre todo, el profundo amor que ambos sentían por el ajedrez. En más de una ocasión participé, cual convidado de piedra, en conversaciones entre ambos donde surgían, como flotadores tras un naufragio, los nombres de ajedrecistas de los que no había oído hablar en mi vida (lo que en mi caso no es extraño, puesto que soy un neófito en tales asuntos). Con el tiempo Martín me instruyó en tales menesteres y llegué, incluso, a seguir con atención las peregrinaciones de ambos amigos por los mundos del tablero.

Jamás hablé a Martín de un autor que él no conociera. En cambió él sí me descubrió a mí algunos. Cuando me inicié en  la lectura de Ernst Jünger, él lo había hecho hacía mucho tiempo. Le comenté a Martín mi deseo de encontrar un libro del autor alemán donde describía sus experiencias con el LSD y su creador Albert Hofmann: Acercamientos: drogas y ebriedad. En nuestro siguiente encuentro me regaló su ejemplar de la obra. No quería  aceptarlo porque se trata de un libro de difícil localización, pero Martín me replicó que él lo había leído hacía tiempo y que, en vistas de mi interés, no le importaba desprenderse de él. Acepté la propuesta, pero le pedí  que me lo dedicara. Así lo hizo. Además incluyó en la primera página del libro uno de sus sonetos de propina. Desde entonces tuve cuidado de no revelarle si tenía tal o cual libro, porque si se encontraba en su poder se empeñaba en regalármelo. Poseía por tanto la más elevada cualidad del sabio: la generosidad.

Martín Marcos encontró el modelo de la  patafísica (ciencia que estudia las excepciones fundada por Alfred Jarry) en su pueblo Vilviestre del Pinar y, en concreto, en el llamado pino-roble. No estoy seguro si era el roble el que contenía al pino, o el pino el que contenía al roble, pero, en cualquier caso, ambos troncos convivían en un mismo espacio como el canguro y su cría. Ese descubrimiento le llenaba de orgullo.  Invitaba a presenciar ese descubrimiento patafísico a todo el que se encontraba en su camino. Nos llevó a muchos. Entre ellos al escritor Michel Houellebecq.

En cierta ocasión, me contó el propio Martín que abandonó la universidad en segundo de Historia porque una cierta necesidad vital le llevó a volver a su pueblo, trabajar en las ocupaciones que pudiera encontrar y dedicar el resto del tiempo a la lectura, el estudio de partidas de ajedrez y, en fin,  al amplio mundo de las artes y la cultura que tanto le fascinaban y que cultivaba a conciencia. El  mundo universitario le ahogaba.

Desde entonces vivió en una casa que heredó de sus padres rodeado de miles de libros (no es una hipérbole), de películas y de su gato. Durante uno de sus periodos de paro laboral  se acercó a un pueblo próximo porque, a cierta hora, los señores se asomaban a la plaza para elegir a los peones que trabajarían ese día para ellos (sí, esto sucede en pleno siglo XXI en España). Una vez en el pueblo  se sentó junto a una fuente para leer un libro mientras daba tiempo al tiempo. Llegada la hora de presentarse a la exhibición de podencos para el trabajo se dio cuenta que le quedaban unas monedas para tomar un café y prefirió pasar el día sumergido en la lectura. No se lleve el lector por esta anécdota  una impresión equivocada. Martín Marcos era un infatigable trabajador, me describió algunos de sus duros trabajos y doy testimonio de ello, pero poseía ese don de la libertad que en nuestro mundo civilizado se va perdiendo en nombre de la producción, ahora de la crisis, eso si no se apela a estancias más altas como la responsabilidad, la madurez y otra serie de tópicos que nada significan para los mismos que los pronuncian para evitar la palabra “esclavo”.

Martín Marcos ahorraba de sus escasos ingresos para acompañar a su amigo Fernando Arrabal en sus viajes. Si no tenía dinero para pagarse una pensión era capaz de dormir al raso en cualquier ciudad, pueblo o lugar del mundo. Y lo hacía sin resignación ni amargura, sino como algo natural. Así vivió Martín Marcos, con naturalidad y elegancia, como un dandy silvestre (ambos términos en el sentido más  positivo). Escribió poemas que se merecen reconocimiento y difusión. Fernando Arrabal en el recuerdo le dedicó en el diario  “El país” hace dos semanas  escribió “será reconocido como el gran poeta de su generación”.

Martín Marcos perdió la vida hace dos semanas con 47 años en un accidente de trabajo. Un quebranto lamentable para el mundo, para la cultura, para la literatura y para los pocos representantes de la dignidad humana que en el mundo quedan. Él me enseñó mucho tanto de la literatura como de la propia vida. Sin duda, sus amigos lo mantendremos en el aire por el que deambulan los dioses. Ahora es urgente recopilar todo lo que escribió para que no desaparezca y se esfume como el humo de una hoguera magnífica. No porque el mundo se merezca sus poemas, sino porque sus poemas y su figura ayudarán a otros  a soportar el mundo.

Hasta que nos veamos de nuevo, amigo.

Miss Morgue

3-Septiembre-2009

En Ciudad Rodrigo, durante la XII feria de teatro de Castilla y León, tuve la oportunidad de asistir a la representación de la obra Miss Morgue de Zanguango Teatro. Y, al revés y de revés a lo que suele hacerse en estos casos, comenzaré este texto por el desenlace o la conclusión: la pieza me resultó muy interesante y me satisfizo tanto la obra, creación colectiva de los miembros de la compañía, como la resolución de la misma.

Mis Morgue una fábula sobre la soledad, la oposición entre muerte y vida, así como una reflexión sobre el significado “profundo” de tales palabras. Mas en escena asistimos tanto a la muerte como a la resurrección, pero a una resurrección alejada de lo dogmático, de Cristo, de Osiris, de los mitos solares, al  menos en principio; una resurrección cercana a los cadáveres desenterrados y reconstruidos cachito a cachito (mío, pedazo de cielo que Dios creó…) del doctor Frankenstein. Durante la primera parte de la obra se escucha la banda sonora del film Frankenstein (1931) de James Whale . No sé si también han introducido algún extracto de La novia de Frankenstein (1935), pero no lo descarto. Así cuando se nos presenta un sujeto en un depósito de cadáveres y la llegada de nuevos cuerpos. a luz de los extractos auditivos del film mencionado, la imaginación de cada espectador añade a lo que sucede sobre las tablas su propia cosecha de miedos y premoniciones. La interrelación sonora con la acción es sobresaliente y la música original del montaje a cargo de Oscar García Villegas resulta soberbia.

El acercamiento a la muerte que propone Zanguango Teatro constituye una osadía necesaria. Vivimos en una sociedad de sublimación científica que esteriliza la muerte al tiempo que la transforma en un tabú, en algo que atemoriza al individuo más que en cualquier otra época. La juventud, la lozanía perpetua, como la cárcel ídem, se ofrecen como ideal estético. Incluso empieza a trasladarse el temor y el silencio sobre la muerte a la vejez. En la vida cotidiana aumentan los detalles que promueven una falsa precaución ante el hecho de la senectud que ocultan vergüenza y temor.

También desde un punto de vista antropológico se evita toda mención a la muerte. Así la gente palidece por miedo o aprensión cuando en una reunión social se habla de la hermosa costumbre de algunos pueblos de la práctica del canibalismo ritual de los cuerpos de  familiares fallecidos, o de su momificación y exposición permanente como miembros del grupo… La muerte y todo lo que la rodea se emparenta con personas morbosas, como si al establecer cualquier vinculación con algo común a todos los mortales, se cometiera un atropello o un gesto de mal gusto.

Con una elaborada dramaturgia en Miss Morgue se ofrece una lección de la pantomima –en el mejor sentido del término, en el que tanto defendió, por ejemplo, para su cine mudo Charlie Chaplin— a través de la piel de tres estupendos actores: Raúl Camino, Begoña Martín Treviño y Miguel Garcés.

La escena de pesadilla donde se recrean los males de la “vida” y las tensiones a las que nuestra sociedad somete a un individuo recrean una narración vital y con abundantes logros plásticos. Las sombras de la locura que desprende este fragmento de la pieza también resultan muy acertadas. En la plasticidad reside otro de los puntos fuertes del montaje con elementos que van desde los ambientes que me recuerdan a Alicia en el país de las maravillas (como el extraordinario acierto del hombre cerdo) hasta delirios propios de una película underground, etc.

Desde mi butaca pensaba en la novia cadáver, en la de Tim Burton y en la de Espronceda; en el romanticismo más desgarrador, en la novela gótica, en las pinturas de Gutiérrez Solana y de Anglada Camarasa, en las danzas de la muerte de la peste negra, en la fiesta de los muertos de México, en los libros de la buena muerte medievales, etc.

El final rotundo de la pieza, a mi juicio, rasga el velo de la tensión y muestra el sentido de festividad que ciertas culturas y grupos sociales encuentran en la muerte: desde los fanáticos religiosos hasta los evangelistas más raciales, o los hermosos entierros bajo el palio de jazz de Nueva Orleáns… Y no pude evitar que repicara en mi cabeza el aforismos de Raimundo Lulio: “Toda muerte que procura la vida, es buena muerte”.

En definitiva un servidor recomienda a Miss Morgue como la próxima miss España. ¿Tal vez la gripe A nos ayude a todos?

Lectura, ¿qué es eso?

17-Julio-2009

PICT5039 “El 40% de los españoles no lee ni por asomo”. Este titular lo encuentro en varios periódicos. Y aunque a mí me parece una noticia excelente resulta que la prensa lo comenta como un hecho terrible. ¿Sólo el 40 por ciento no humedece sus ojos en las letras? ¡Tantos leen! A juzgar por la situación del mundo, las ventas de los libros y la desidia cultural que reblandece al propio calor, un servidor creía que los no lectores ascenderían no a los cielos sino al 99 % y no de los españoles, sino de la raza humana.

Recuerdo, es un decir, porque un servidor no tiene nociones de su existencia por aquel entonces, a los vates que recitaban de memoria poemas, gestas y avatares de un pueblo, de una civilización… Recuerdo a ese ciego en la acrópolis de Atenas con la espalda algo encorvada en sentido inverso, es decir, en dirección al cielo, mientras su boca pespuntaba la ira de Aquiles, los viajes de Ulises, los amores de dioses, hombres y de los elementos… Los que escuchaban tales historias, los que conversaron con filósofos como Antístenes, Platón, Sócrates  o Diógenes se encontraban más próximos a la raíz de lo que llamamos cultura o conocimiento que la mayoría de los indígenas que hoy pululan por universidades y otros lugares de esparcimiento público.

Y otra cosa, ¿qué leen los que no forman parte del 40 por ciento? Porque uno puede dedicarse a rumiar la prensa, a dormitar con el best-seller de turno, a sentirse acompañado en el retrete con una revista del corazón, o a morir en vida con una de esas tediosas lecturas obligatorias de instituto que incrementan (o hinchan) las ventas de algunos autores hasta que la enfermedad, o la hinchazón, alcanza tal purulencia que la enfermedad se extiende por la sociedad y el susodicho autor venden los libros por impulso de los propios lectores. ¡Todo apoyado en la muleta de la publicidad literaria y aerostática si fuera menester!

Y es que, claro, primero en la vida uno tiene que formarse, que estudiar (¿es preciso que les hable del analfabeto latente que se oculta tras todo licenciado –vidriera- ?) , tras el esfuerzo conviene divertirse con la televisión o, mejor aún, con las desternillantes lucecitas de los garitos; además está el trabajo que ocupa el 80 por ciento del tiempo de muchas personas, luego es preciso dormir; con el calor, desde luego, de lecturas ni hablar, o, en todo caso, cosas ligeritas, como la ropa… Y en invierno, con todas las obligaciones, ¡para leer estamos…! Y además, que uno se duerme cuando se recuesta con un libro entre otras cosas porque está acostumbrado a las imágenes de una extrema violencia (me refiero a la velocidad de las mismas). Por otro lado que pensarían nuestros vecinos si nos encontraran acostados con un libro, luego vienen las murmuraciones y los cotilleos. Y, ¿quién va a leer algo en esas condiciones? Por otra parte el deporte es muy sano y tiene una ventaja: no es preciso saber leer para practicarlo.

Un editor  ha tenido una gran idea según supe por la prensa. Ha publicado un libro en un rollo de papel higiénico. ¡Eso sí! La leyenda de Jack Kerouac nos cuenta que él escribió el manuscrito de On the Road en tal soporte. No lean señores, ¿para qué? Así se evitarán problemas de pensamiento, palabra y obra. Ser idiota no puede ser tan malo, sino miren a su alrededor. Ya lo dijo un no-amigo mío. Pero ¡si se puede ser feliz sin leer! Lo que me suscitó la siguiente duda: si se la vida consiste en ser feliz, ¿por qué no nos sometemos en masa a una trepanación cerebral y asunto resuelto?

Ramón

4-Julio-2009

ramon_gomez_de_la_sernaSe ha abusado en manuales de la frase “su obra equivale a toda una literatura”, pero pocas ocasiones tendremos de emplearla con tanta justicia como en el caso de Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 3 de julio de 1888–Buenos Aires, 13 de enero de 1963).

Hijo de un jurista, la personalidad, la vida de Ramón constituye un ejemplo de lo poco que puede hacerse cuando la vocación literaria y poética retumba en un alma.

Publicó Ramón con 17 años según algunas biografías, con 15 según refiere el mismo autor en el prólogo de su libro Pombo,  el título Entrando en fuego. Se ocupó él mismo de su distribución por Madrid. Cuando pasado un tiempo prudencial volvió a las librerías para sumar o restar las ventas del título descubrió que, en la mayoría de los comercios, ¡ni siquiera habían desempaquetado los ejemplares! (Esa misma hermosa experiencia, aunque ahora no venga a cuento y sin querer uno situarse uno a la altura del gran Ramón, la sufrió quien este escribe en sus cárnicas carnes. También coincidimos ambos en la edad: él con quince o dieciséis y un servidor con diecisiete.)

En 1910 bajo pecunia paterna, es decir, que tras la tortura constante del hijo con vocación de escritor sobre un padre agotado, amanece la revista Prometeo bajo las órdenes de Ramón. Según Miguel Pérez  Ferrero: “En esa revista nace la Greguería”.

El intento de clasificar y definir al género de la greguería ha ocupado miles de páginas, tanto del propio autor, como de sus contemporáneos y de los inevitables forjadores de la ortodoxia que alcanza la categoría de materia de estudio. Por mi parte prefiero señalar un par de ejemplos de las mismas: “El rebuzno es un suspiro frenético” y “Los pájaros de pico largo parece que se están fumando el cigarro de su pico”. No piense el lector que he buscado a conciencia los ejemplos, sino que he preferido seleccionarlos bajo el método tan dadaísta de abrir al azar las páginas de un libro donde se incluían una agrupación de las mismas. Con el tiempo esta forma de expresión se convertiría en la máxima representación del autor para los manuales y a los lectores de prensa. El sistema de la greguería lo llevó también a la novela y así “inventó” esa forma suya de novelar donde la acción y los personajes avanzan a golpe de greguería. Véase por ejemplo las novelas El torero caracho o El hombre perdido.

Cuando la editorial Circulo de lectores/Galaxia Gutenberg se propuso, en los años 90 del siglo pasado, la publicación de la Obra Completa de Gómez de la Serna muchos, incluso algunos de los que supervisaban la obra, sonrieron con indulgencia… Ramón escribió tanto y en tan variados soportes, incluso en las revistas más inverosímiles, que la idea de agrupar los escritos “completos” resulta más una aspiración que una realidad. Ramón fue una máquina de escribir.

El humor que demostró en mucha de su literatura, un humor dulzón, o negro, o blanco o de cualquier otro signo, desde ingenio, a la armazón poética más pura, convirtió a Ramón en maestro de la generación del humorismo (no confundir con intrascendencia) que pasó por Edgar Neville, Tono, Jardiel Poncela, y que eclosionó, después de la guerra civil, en la revista “La Codorniz”. Pero, al tiempo, la influencia de Ramón también fue notoria en el grupo del 27: prosistas, periodistas y, por supuesto, en los poetas. En una de las algunas rencillas entre algunos ellos hubo quien manifestó que cierto poemario no era otra cosa que un catálogo de frases que imitaban a las greguerías de Gómez de la Serna.

Ramón fundó la famosa tertulia del Café Pombo donde se dieron cita grandes personalidades literarias de España y también del mundo. Por allí pasaron Eugenio D’ors, Salvador Dalí, Federico García Lorca, Rafael Cansinos-Assens, Tomás Borrás, José Ortega  y Gasset, Miguel de Unamuno, José Bergamín, Jorge Luis Borges, Luis Buñuel, etc, etc.

La tertulia del Pombo fue inmortalizada por uno de los pintores favoritos del propio Ramón: José Gutiérrez Solana, al que le dedicaría un libro.

Y ése es otro asunto. Porque Ramón no sólo se ocupó de la novela, sino que escribió libros sobre temas de cualquier índole, incluidas  biografías,  la mayoría pueden incluirse en la denominación del ensayo pero otros… Francisco Umbral, que tanto bebió del Ramón periodista, le dedicó un libro monográfico donde afirmó: “Escritor sin género, Ramón es el creador de todos los géneros fingidos, hasta que se encuentra a sí mismo en el ramonismo y en sus biografías (que también son biografías fingidas). Sus grandes libros son los inclasificables: El circo, Senos, Pombo, Elucidario de Madrid, El alba, El Rastro, que no son historia ni erudición ni crónica ni reflexión ni ensayo, sino todo eso  y algo más, o sea el ramonismo. Y su Automoribundia, claro, que se inscribe en el género de las memorias, pues las memorias y los diarios íntimos suelen ser los géneros-refugio del escritor sin género”.

La curiosidad, la imaginación y la desenvoltura de Ramón le llevaron a interesarse por las vanguardias artísticas que nacían con el siglo XX y que eclosionaban en el mundo. Y, por esta causa, ha pasado por el introductor de la vanguardia en España.  Se ocupó de la publicación del “Manifiesto del Futurismo” de Marinetti al que incluyó un prólogo, por ejemplo. A pesar de su casticismo y de las anclas madrileñas de su literatura, su personalidad, al tiempo, soplaba como un torbellino que arrastró tras de sí a la entonces llamada “literatura garbancera” y a los restos de un decadente “modernismo”. ¿Una paradoja? También fue uno de los primeros literatos en interesarse por el cine, al que dedicó entre otros el libro Cinelandia. Pero además, en algunos de sus escritos se ocupa de los nuevos héroes, los de la pantalla, como Charlie Chaplin. Ese mismo interés le llevó a participar como actor en las películas de Ernesto Giménez Caballero “Esencia de verbena” y “Noticias de cineclub”, ambas de 1930. También se puede ver a Ramón en el cortometraje rodado por Feliciano Vitores de 1928 “El orador”. Entre lo más curioso de su obra  se citan un nutrido y curioso grupo de guiones cinematográficos.

Además fue un apasionado del circo, lo que le llevó a pronunciar una conferencia a lomos de un elefante o sentado sobre un trapecio… Algo que entonces, como hoy, escandalizaría a los serios y estirados literatos. Entonces las “liendres literatas” lo deploraron porque lo consideraron una extravagancia, ahora los hijos de esas liendres simplemente dirán, de alguien que se proponga tal o cual acción poco “académica”, que eso ya lo hizo Gómez de la Serna y, así, entre tanto, los inmovilistas continúan con sus escrituras perfumadas de decrepitud (a las que disimulan bajo el apelativo de comprensible, de novela tradicional y que, hace unos años, también se perpetraron bajo el epígrafe de “literatura social”).

El día en que Gómez de la Serna se topó por las calles de Madrid con el peculiar poeta y sablista Pedro Luis de Gálvez con dos pistolas al cinto, el bueno de Ramón comprendió que a la mínima le pegarían dos tiros. Y, por este motivo, antes del inicio de la contienda, se exilió a Argentina, a Buenos Aires junto a su esposa Luisa Sofovich. Y continuó con su maratoniano trabajo.

Algunos refieren que al alejarse de Madrid Ramón perdió algo de su chispa, de su “duende”, hubiera escrito Lorca. Sin embargo, un servidor no comparte tal opinión. Lo que ocurrió sucede es que las circunstancias transforman al escritor y, en su caso, le dotaron de unas características tal vez menos “festivas”. Pero no se puede exigir a un autor que el dolor del exilio no se refleje en su obra. A esto cabría sumar su interés por el misticismo y la religión que aflora en sus últimas obras.

Antonio Fernández Molina nos revela en un artículo Mosaico ramoniano: “Por mi trato epistolar con Luisa Sofovich pude conseguir un pequeño libro de Ramón: Caprichos inéditos, para la colección “La esquina”, de Antonio Beneyto. Cuando después se hizo una colección con este título en la editorial Picazo facilité mi ejemplar de El incongruente para que editase ese libro y la nueva edición también apareció con cubierta dibujada por mí, como el anterior. Ramón vivió el arte con entusiasmo de poeta y además de cultivarlo como dibujante, dedicó muchas páginas lúcidas apasionadas al tema. Al arte avanzado de su época y al arte vivo del pasado que actualizara con sus inspirados y audaces comentarios. Bien digno de ser leído por cuantos se interesan por el arte hoy, sin embargo un libro tan famoso e imprescindible como su Ismos no parece que se haya leído con cierta atención por algunos de quienes era de esperar lo hicieran suficientemente bien. Me refiero al artista catalán J, Batllé Planas, quien residió durante muchos años en Argentina (fue profesor de pintura de la gran poeta Alejandra Pizarnik). (…) Posteriormente esa relación epistolar Luisa Sofovich facilitó la publicación de “Mi vida con Ramón”, donde la que fuera esposa del escritor da rienda suelta a sus recuerdos y a la convivencia con el gran Ramón.”

El libro se publicó en Ediciones Libertarias en el año 1994 en edición de Antonio Beneyto.

La influencia de Ramón se mantiene en el grupo del “realismo mágico”, de la “generación del 51” y del Postismo, incluso en el “movimiento pánico” y en la obra de Fernando Arrabal.

Ernesto Giménez Caballero en su libro Retratos españoles recordaba así la última visita de Ramón a España tras la guerra civil: “Ramón volvió en 1949 acompañado de su esposa, la escritora argentina Luisa Sofovich. Le recibió Franco, dimos su nombre a la calle donde nació, la calle de las Rejas, cerca del Palacio de Oriente. Le ofrecimos un banquete en el Ritz y celebró las últimas reuniones de Pombo…” Una leyenda, o un rumor, aseguraban que Franco le preguntó al escritor porque no se quedaba en España, a lo que Ramón replicó: “No soportaría escuchar en las calles de Madrid a los que hablan mal de su excelencia”.

Muchas cosas me dejo en la tinta, en el tintero y en el mutis de las teclas como la pasión por el dibujo de Ramón, algunos de sus libros y artículos más sorprendentes (como aquel en el que relataba su paseo por el Museo del Prado una noche a golpe de linterna), el último de sus libros que al parecer quedó incompleto y que estaba dedicado, como era de esperar, al pintor Salvador Dalí, las historias de su torreón en la calle Velázquez de Madrid que compartía con una muñeca a tamaño natural, su conferencia en el Concurso de Cante Jondo organizado por Falla y Lorca en Granada en el año 1922, su teatro todavía quizá no lo suficientemente valorado (como Los medio seres), etc. ¿No pretenderán que me pase el resto de la tarde escribiendo para ustedes?

Por cierto, el pasado 3 de julio fue el aniversario de su nacimiento. No se detengan en la lectura de los obituarios y ocúpense de sus obras. Morirán más felices.